El relato de Satampra Zeiros: Clark Ashton Smith

 


El relato de Satampra Zeiros (The Tale of Satampra Zeiros) es un relato de terror del escritor norteamericano Clark Ashton Smith, escrito en 1929 y publicado en la edición de noviembre de 1931 de la revista Weird Tales.






The Tale of Satampra Zeiros, Clark Ashton Smith (1893-1961)

Yo, Satampra Zeiros de Uzuldaroum, escribiré con mi mano izquierda, ya que no me queda otra, cl relato de todo lo ocurrido a Tirouv Ompallios y a mí mismo en el santuario del dios Tsathoggua, lugar abandonado por la devoción humana a los suburbios invadidos por la selva, en las afueras de Commorión, esa capital desierta desde hace años, y que en su día estuviera habitada por los gobernantes de Hyperbórea. Lo escribiré con el jugo violáceo de la palmera suvana, jugo que con los años adquiere un fuerte tono rojizo, sobre una piel resistente confeccionada con cuero de mastodonte, y como aviso para todos los ladrones y aventureros buenos que puedan haber oído acerca de una antigua leyenda sobre los tesoros perdidos de Commorión, y por ello sentirse tentados.

Tirouv Ompallios era mi viejo amigo y fiel compañero de todas las empresas que requerían dedos hábiles y un hábito mental ágil y sagaz. Sin caer en la presunción. puedo decir que juntos, Tirouv Ompallios y yo, realizamos con todo éxito más de un proyecto del que se hubieran retirado ante su fracaso más de un colega de mayor renombre. Me refiero en concreto al robo de las joyas de la reina Cunambria, que se conservaban en una habitación custodiada por dos reptiles venenosos; y la ruptura de la caja de adamantina en Acromí, en la que se conservaban todos los medallones de una dinastía anterior de reyes hyperbóreos. Es cierto que fue difícil y peligroso deshacerse de los medallones, que vendimos después de enormes sacrificios al capitán de un navío bárbaro procedente de la lejana Lemuria; pero a pesar de todo, conseguir forzar la caja fue de por sí toda una hazaña, ya que tenía que hacerse en un silencio total a causa de la cercanía de una docena de guardias armados con tridentes. Utilizamos un ácido poco conocido y muy poderoso... Pero no debo detenerme demasiado tiempo, por grande que sea la tentación de divagar acerca de heroicidades pasadas y gestas audaces o peligrosas.

En nuestro trabajo, como en otros, es preciso considerar con frecuencia las vicisitudes de fortuna, ya que la diosa de la Suerte no siempre se muestra pródiga con los favores que otorga. A esta razón se debe que Tirouv Ompallios y quien esto escribe nos encontrásemos, en el momento de redactar las presentes líneas, en una condición pecuniaria un tanto negativa, y que si bien temporal, no dejaba de ser extrema y, por lo tanto, inconveniente y molesta al producirse en el crepúsculo de una época próspera y que había producido sabrosos beneficios. De un tiempo a esta parte la gente se había vuelto cada vez más desconfiada en lo tocante a sus joyas y otros objetos de valor, colocando rejas dobles en puertas y ventanas, instalando los últimos modelos en cerrajería y contratando vigilantes más alertas o menos dormilones; en pocas palabras, se habían multiplicado todas las dificultades propias de nuestra profesión. Llegó un momento en que nuestro oficio quedó reducido al hurto de mercancía más voluminosa y menos valiosa que la manejada habitualmente. Incluso ahora aún me avergüenzo al recordar la noche que estuvieron a punto de pillarnos con un saco de boniatos rojos; y si menciono este hecho es para demostrar que no me vanaglorio.

Una tarde, caminando por un callejón de uno de los barrios más humildes de Uzuldaroum, nos paramos para hacer un recuento de nuestros recursos inmediatos, y nos dimos cuenta de que entre los dos sólo poseíamos tres pazoors exactamente; lo suficiente para comprar una botella grande de vino de granada o dos hogazas de pan. Discutimos durante un rato el problema de nuestra compra.

—El pan —argumentaba Tirouv Ompallios— nutrirá nuestros cuerpos, prestará una fuerza nueva a nuestros miembros agotados y destreza a nuestros dedos destrozados por el trabajo.
—El vino de granada —respondí— ennoblecerá nuestros pensamientos, inspirará e iluminará nuestras mentes, y quizá nos revele una fórmula que nos permita salir de nuestro atolladero actual.

Sin mayores protestas, Tirouv Ompallios cedió ante mi sensato razonamiento, y penetramos en una taberna cercana. El vino no era de la mejor calidad en cuanto al sabor, pero nada más podía pedirse de la cantidad y fuerza. Tomamos asiento en el concurrido local y bebimos lentamente, hasta que el fuego del brillante liquido rojo se adueñó de nuestros cerebros. Como por obra de la luz de destellos rosáceos, se iluminaron la oscuridad e inseguridad de nuestro futuro, a la vez que se suavizaban las asperezas de la vida. En ese instante maravilloso, tuve una inspiración.

—Tirouv Ompallios —dije—, ¿existe algún impedimento para que tú y yo, hombres valientes y en ningún momento víctimas de los miedos y supersticiones que asustan a las muchedumbres, nos apropiemos de los tesoros reales de Commorión? Sólo un día de viaje desde esta aburrida ciudad, unas agradables vacaciones en el campo, una mañana o una tarde de investigación arqueológica, y... ¿quién con sabe lo que encontraremos?
-Hablas con sabiduría y bravura, estimado amigo —respondió Tirouv Ompallios—. Es cierto, no existe razón alguna para que no repongamos nuestras escasas finanzas a costa de algunos reyes y dioses muertos.

Como todo el mundo sabe, Commorión quedó deshabitada hace muchos siglos a causa de la profecía de la Sibila Blanca de Polarión, quien predijo un destino indescriptible y abominable para todos los mortales que se atreviesen a permanecer dentro del recinto. Añadió que dicha suerte constituiría una pestilencia procedente de los desiertos septentrionales, y que llegaría a través de los caminos trazados por las tribus salvajes; en ocasiones, adoptaría una forma de locura. El caso es que nadie, ni rey, ni sacerdote, ni mercader, ni labriego, ni ladrón permaneció en Commorión para celebrar su llegada, sino que se marcharon en unitaria emigración, con el propósito de fundar la nueva capital, Uzuldaroum, a una distancia de una jornada de camino. Tan numerosos como extraños eran los relatos que corrían acerca de horrores y terrores jamás imaginados, que invadieron para siempre los mausoleos, santuarios y palacios de Commorión. Tan gloriosa ciudad permanece aún en pie, prolija en mármoles y magnífica en sus granitos, coronada de agujas, cúpulas y obeliscos que se mezclan con los poderosos árboles de la cercana jungla, incapaces todavía de superarlos en altura, pero abundantes en el fértil valle interior de Hyperbórea. Cuentan las gentes que en las ocultas bóvedas se encuentra el rico tesoro, completo y sin expoliar, que perteneciera a los antiguos monarcas; que en las tumbas grandiosas permanecen enterrados junto a las momias valiosas gemas y abundante electrón, y por último, que aún subsisten los copones y ajuares religiosos de oro, y que los ídolos lucen todavía piedras preciosas en sus orejas, bocas, narices y ombligos.

Creo que deberíamos habernos puesto en camino aquella misma noche, de habernos animado e inspirado otra botella de vino de granada. En definitiva, decidimos iniciar nuestro viaje al amanecer: el hecho de no disponer de fondos para nuestro viaje carecía de importancia, ya que a menos que nos fallase nuestra habilidad anterior, podríamos reunir el producto de un tributo involuntario a costa de los incautos campesinos. Mientras, nos retiramos a nuestros aposentos, donde nos recibió el casero con un saludo poco amistoso, junto con una petición de dinero. Pero la dorada promesa del mañana nos armó de valor para afrontar cualquier molestia trivial, y empujamos a un lado al incisivo individuo, dejándole sorprendido, si bien no aplacado.

Dormimos hasta muy tarde, y cuando el sol brillaba alto desde el azul del cielo, abandonamos las puertas de Uzuldaroum, y nos dirigimos hacia la ruta del norte que nos conduciría a Commorión. Nos desayunamos abundantemente con dorados melones y un faisán robado que guisamos en el bosque, para después reemprender nuestro camino. A pesar del cansancio que se apoderó de nosotros a la caída de la tarde, nuestro viaje resultó muy agradable, encontrando en el camino numerosos motivos de entretenimiento en los paisajes y pueblos que cruzábamos. Estoy seguro de que algunos de estos últimos nos recordarán con aprensión, ya que no nos privamos de nada que nos gustase o apeteciese.

Sin duda se trataba de una región agradable, poblada de granjas, huertas, corrientes de agua y frondosos bosques. Por fin, en el curso del atardecer, llegamos al viejo camino, en desuso desde tiempo atrás y totalmente invadido por la maleza, que partía desde la carretera hasta Commorión a través de una vieja selva. Nadie nos vio llegar al camino, y a partir de entonces tampoco nos encontramos con nadie. De un solo paso, dejamos atrás la vida humana; parecía como si el silencio que nos rodeaba en pleno bosque hubiese permanecido intacto de pisadas humanas desde que se marchara el legendario rey con su pueblo muchos siglos antes. Nunca habíamos visto árboles tan gigantescos: se entrelazaban con volúmenes laberínticos e infinitos, formando enredaderas casi tan viejas como ellos mismos. Las flores eran desmesuradamente grandes, y el perfume que despedían, poderosamente dulce o fétido, mientras que sus pétalos tenían una palidez mortal o bien eran de un rojo casi sanguinario. Las frutas que nos encontramos a lo largo del viaje también eran de gran tamaño, de ricos tonos violeta, naranja y rosa, pero que por alguna razón no nos atrevimos a comer.

A medida que avanzábamos se espesaba el bosque, y los caminos, aunque pavimentados con bloques de granito, se hacían cada vez más y más impracticables, ya que los árboles habían echado raíces en los resquicios, separando a veces los bloques pétreos. A pesar de que el sol no tocaba aún el horizonte, se intensificaron las sombras que se proyectaban sobre nosotros desde los árboles gigantescos, y nos vimos obligados a movernos en una penumbra crepuscular verdeoscura, y en una atmósfera opresora por la exuberante vegetación y la putrefacción de las hojas caídas. No había ni pájaros ni otros animales, como hubiera sido de esperar en cualquier bosque de esa densidad; pero a veces nos encontrábamos con alguna víbora que otra de pálida y pesada cola, que se arrastraba lejos de nuestros pies entre los matorrales que había a un lado y otro del camino, mientras que en otras ocasiones nos sobrevolaba alguna araña gigantesca, con motas barrocas y multicolores, y desaparecía en la profunda selva. Por encima nuestro, a media luz, se elevaban, al presentir nuestra presencia, enormes murciélagos violáceos cuyos ojos parecidos a diminutos rubíes se apartaban de sus manjares para posarse sobre nosotros, llenos de perversas intenciones, y desaparecer silenciosamente en el aire. Por alguna razón inexplicable, teníamos la sensación de ser observados por seres ajenos a nosotros e invisibles. No tardó en invadirnos una especie de asombro, mezclado con un miedo extraño producido por la jungla monstruosa: nuestras conversaciones fueron menos frecuentes, bajaron de tono, y cuando nos comunicábamos lo hacíamos en susurros.

Entre otras muchas cosas, nos habíamos procurado a lo largo de nuestro trayecto una gran botella de piel llena de licor de palmera. En más de una ocasión nos servimos de algunas gotas del ardiente licor para animar el tedio del viaje; ahora recurríamos al mismo para recobrar fuerzas y valor. Bebimos respectivamente un buen trago, y al poco rato la jungla se nos figuró menos aterradora, hasta el punto que nos preguntamos por qué habíamos permitido que el silencio y la oscuridad, los vigilantes murciélagos y la densidad de la atmósfera dejasen sentir su peso sobre nosotros durante el corto intervalo; después del segundo trago, comenzamos a cantar.

Con el crepúsculo, y mientras una luna encerada lucía desde lo alto después de que descendiera el astro solar, nos encontramos tan poseídos de fervor aventurero, que decidimos proseguir y llegar a Commorión aquella misma noche. Cenamos con los restos de la comida que arrebatamos a los campesinos, y la bota de vino pasó varias veces entre nuestras manos. Poco después, considerablemente repuestos, y pletóricos de la energía y valor propios de tamaña empresa, reanudamos nuestra aventura.

Pero pronto terminaría nuestro viaje. Mientras discutíamos, presas de un ardor que nos hacía olvidar las largas horas de camino, acerca del rico botín que tendríamos que escoger de entre todos los míticos tesoros de Commorión, vimos a la luz de la luna el resplandor de las cúpulas de mármol que sobresalían por encima de las copas de los árboles y los pálidos pilares de los sombríos pórticos que se vislumbraban a través de las ramas y troncos. Avanzamos unos pasos y nos encontramos en calles pavimentadas que discurrían transversalmente desde el camino principal que habíamos seguido hacia los bosques frondosos y altos que se encontraban a cada lado, y donde el follaje de las palmeras gigantes cubría los tejados de las viejas casas.

Nos paramos, y una vez más el silencio de una vieja desolación selló nuestros labios. Las casas yacían blancas y silenciosas como sepulcros, y las profundas sombras que las envolvían eran tan frías, siniestras y misteriosas como la sombra de la muerte. Parecía como si el sol no hubiese brillado allí en muchos siglos, como si nada más cálido que los espectrales rayos de la cadavérica luna hubiesen tocado el mármol y el granito desde que la profecía de la Sibila Blanca de Polarión provocara la emigración de toda la población.

—Me gustaría que ya fuese de día —murmuró Tirouv Ompallios. El tono bajo de su voz resonó como un extraño silbido, inaudible en la quietud mortal.
—Tirouv Ompallios —repliqué—. confío en que no te dejes llevar por la superstición. Me desagradaría pensar que estás sucumbiendo a las imaginaciones infantiles propias de las masas. Pero echemos otro trago.

Aligeramos considerablemente la bota de vino, con generosos tragos que nos devolvieron la alegría, hasta el punto que comenzamos a explorar una avenida de la margen izquierda que, a pesar de tener un trazado prácticamente matemático, se perdía a los pocos metros entre los frondosos árboles. Una vez aquí nos encontramos ante un pequeño templo cuya antigua traza arquitectónica parecía ser anterior al resto de los edificios; además, dicho templete se encontraba en una plazoleta, aún respetada por la selva y alejada de las casas cercanas. Por otro lado, se diferenciaba de estas últimas no sólo arquitectónicamente, sino también en cuanto al tipo de material de construcción empleado; se trataba de una especie de piedra basáltica, muy oscura, incrustada una sobre otra, con plantas musgosas de una gran antigüedad. Tenía una planta cuadrada, sin cúpulas ni agujas, la fachada carecía de columna, y el único adorno lo constituían unas cuantas ventanas estrechas, a gran altura desde el suelo. Templos de ese estilo no solían ser frecuentes en la Hyperbórea actual, pero en seguida nos dimos cuenta que se trataba de un santuario dedicado a Tsathoggua, uno de los dioses más antiguos, cuyo culto ya no se practicaba, pero ante cuyos altares derruidos cuenta la tradición que en ocasiones se ha visto a las bestias feroces y furtivas de la jungla, al mono, a la marmota gigante y al tigre de largos colmillos, arrodillarse y aullar sus incomprensibles oraciones.

El templo, como los demás edificios, se encontraba en un estado perfecto de conservación; las únicas señales de ruina las presentaba el dintel tallado de la puerta, que se había derrumbado y resquebrajado en varios lugares. La propia puerta, de bronce fundido y completamente cubierta de verdín, se encontraba entreabierta. Seguros de encontrar en su interior un ídolo de ricas joyas, así como otros utensilios de altar de no menos valor, nos apresuramos a entrar. Considerando que requeriría no poca fuerza abrir la puerta cubierta de verdín, bebimos copiosamente y comenzamos la tarea. Como era de suponer, los goznes estaban enroñados, y sólo después de empujones poderosos comenzó por fin a moverse la puerta. Al reanudar nuestros esfuerzos, se abrió despacio hacia dentro rechinando hasta producir un chirriar casi gutural, dando la sensación de que eran producidos por algún ser infrahumano. Ante nosotros quedó el oscuro interior del templo, de donde salía un olor de humedad vieja combinada con un extraño y desconocido hedor. Pero con la excitación del momento no prestamos la debida atención a este hecho.

Con mi acostumbrada previsión, me había procurado poco antes un trozo de madera resinosa, pensando que nos podría servir de antorcha para cualquier exploración nocturna por Commorión. Encendí la improvisada antorcha y penetramos en el santuario. El suelo estaba pavimentado con inmensas losas de piedra octogonales, del mismo material que las paredes. Se hallaba prácticamente vacío, a excepción de la imagen del dios entronizado, que se encontraba en la pared del fondo, y una curiosa pila de bronce en un trípode que estaba en medio del recinto. Con una rápida mirada hacia la pila, seguimos hacia el fondo e iluminé con la antorcha el rostro del ídolo.

Nunca había visto una imagen de Tsathoggua, pero no tuve dificultad en reconocerle después de las descripciones que anteriormente escuchara. Tenía un aspecto chaparro, de panza abultada y redonda, y su cara se parecía más a la de un sapo monstruoso que a la de una deidad. Todo su cuerpo estaba cubierto por una imitación de pelaje corto, dando la sensación de una mezcla de murciélago y de marmota. Sus somnolientos párpados caían semicerrados sobre sus ojos globulares, mientras de sus gruesos labios salía la punta de una extraña lengua. En honor a la verdad, no se trataba de un dios acogedor, y por ello no me sorprendía que se hubiese extinguido su culto, atractivo sólo para hombres primitivos y de instintos brutales.

Tirouv y yo comenzamos a jurar simultáneamente sobre los nombres de divinidades más urbanas y civilizadas, cuando de repente nos dimos cuenta de que no había a la vista ni la más corriente de las piedras semipreciosas, ni encima, ni dentro de ninguno de los miembros de la horripilante imagen. Con una tosquedad sin parangón, también los ojos habían sido tallados en la misma piedra opaca; y la boca, nariz, oídos y demás orificios carecían de adornos. No sabíamos si ello se debía a la pobreza o a la avaricia de los autores de semejante horror.

Dado que nuestras mentes ya no estaban absortas en la esperanza de riquezas inmediatas, pudimos apreciar con mayor interés el lugar donde nos encontrábamos. Nos llamó particularmente la atención el desconocido hedor que mencionara más arriba, y que ahora se había hecho más denso. Advertimos que emanaba de la pila de bronce, adonde nos dirigimos creyendo que nuestro examen resultaría beneficioso e incluso agradable.

Como ya he dicho, la pila era grande; tanto es así, que tenía seis pies de diámetro y tres de profundidad, mientras que el borde estaba a la altura del hombro de una persona de elevada estatura. Las patas del trípode que le servía de apoyo eran macizas y estaban curvadas, terminando en unos pies que parecían garras felinas mostrando sus talones. Cuando nos acercamos para mirar por encima del borde, vimos que la pila estaba llena de una sustancia viscosa y semilíquida, muy opaca y de un color tiznoso. De aquí salía el desagradable olor; un olor que, a pesar de ser verdaderamente fétido, sin embargo no era putrefacto, sino que más bien parecía el tufo de algún ser sucio que habitase los marjales. Resultaba casi imposible soportar el olor, y estábamos a punto de marcharnos cuando advertimos una cierta ebullición en la superficie, como si algún animal u otra criatura sumergida agitase el ceniciento líquido.

La ebullición aumentó rápidamente, el centro se hinchó como si fuera levadura, y nos quedamos mirando, presas del pánico, cómo emergía gradualmente una cabeza amorfa e indescriptible abriendo camino a un cuello indefinido, mientras su rostro nos miraba fijamente con un marcado acento de perversidad en el semblante. Acto seguido, surgieron pulgada a pulgada dos brazos —si es que se les podía llamar así—. hasta que nos dimos cuenta de que no se trataba de una criatura sumergida en el líquido, como pensábamos, sino que el propio líquido había dado forma a la horrible cabeza y cuello, así como a los brazos que se estiraban hacia nosotros con tentáculos en vez de garras o manos.

Un miedo que no habíamos experimentado hasta entonces ni en sueños, ni en nuestras salidas nocturnas más peligrosas, nos privó del habla, si bien no nos impidió actuar. Retrocedimos algunos pasos de la pila, y a medida que nos apartábamos crecían el horrible cuello y los brazos. Entonces comenzó a levantarse toda la masa del negro fluido, y con una rapidez superior a la del jugo de suvana en mi pluma cuando escribo, se desparramó por el borde de la pila como un torrente negro que a medida que llegaba al suelo adquiría una forma ondulante, que a su vez se desarrollaba inmediatamente en más de una docena de patas cortas.

¡Qué indescriptible horror de vida protoplasmática, qué derramamiento espantoso de viscosidad primitiva se interponía ante nosotros!; pero no nos paramos para considerar el hecho y sacar conclusiones. La monstruosidad era demasiado horrorosa como para dedicarle ni siquiera una mirada de más; por otro lado, sus intenciones eran claramente hostiles, evidenciando inclinaciones antropofágicas, dado que se deslizaba hacia nosotros con una rapidez increíble, a la vez que abría una boca desdentada de una capacidad asombrosa. Cuando cayó sobre nosotros, dejando ver una lengua que se desenroscaba como una serpiente larga, sus fauces se hicieron más grandes con la misma elasticidad que acompañaba cada uno de sus movimientos. Advertimos que nuestra huida de las garras de Tsathoggua se hacía imperativa, y dando la espalda a todas las abominaciones del santuario, cruzamos el umbral de un solo salto y corrimos a la luz de la luna por los suburbios de Commorión. Doblamos todas las esquinas posibles, retrocedimos sobre nuestros pasos detrás de los palacios de nobles perdidos en el olvido, y de los almacenes de comerciantes pretéritos, escogiendo preferentemente los lugares donde los intrusos árboles de la jungla aparecían más altos y espesos. Por último, cuando llegamos a un camino secundario desde donde ya no se veían las casas, nos atrevimos a pararnos y mirar hacia atrás.

Nuestros exhaustos pulmones parecían a punto de estallar después del esfuerzo heroico que acabábamos de realizar, mientras que las numerosas fatigas del día comenzaban a dejarse sentir; pero cuando vimos a nuestros talones al monstruo negro, que nos perseguía con una facilidad serpenteante y ondulante, cual torrente que se desliza por una pendiente, se reanimaron milagrosamente nuestras piernas aladas, y desaparecimos de la traidora luz lanzándonos en la intrincada jungla, con la esperanza de poder eludir a nuestro perseguidor en el laberinto de matorrales, parras y hojas gigantes. Tropezamos con raíces y troncos caídos; nos desgarramos los vestidos y laceramos nuestra piel con las ramas; chocamos en la oscuridad contra troncos enormes y pimpollos que se doblaban hacia nosotros, y oímos el silbido de las culebras enroscadas en los árboles, desde donde nos escupían su veneno, así como los aullidos y gruñidos de animales invisibles a medida que les pisábamos en nuestra precipitada huida. Pero ya no nos atrevíamos a paramos para mirar atrás.

Debimos continuar nuestra indefinida peregrinación durante horas y horas. La luna, que hasta entonces nos había iluminado pálidamente a través del espeso follaje, descendió cada vez más entre las frondosas palmeras gigantes y las espesas enredaderas. Pero cuando por fin se hundió, sus últimos rayos nos impidieron caer en una marisma ruidosa con montículos y almohadillas de rica hierba, viéndonos obligados a correr peligrosamente bordeándolos, sin poder pararnos a descansar, o por lo menos a mirar dónde poníamos el pie, ya que nuestro maldito perseguidor estaba casi en nuestros talones.

Una vez que la luna desapareció por completo, nuestra huida se hizo más arriesgada y alocada; era un verdadero delirio de terror, cansancio, confusión, y desesperadamente difícil entre tantos obstáculos cuya naturaleza ni siquiera nos paramos a considerar en medio de una noche que se aferraba a nosotros, adhiriéndose como una carga de maldad, o como las telarañas de una araña monstruosa. Parecía como si la criatura que nos perseguía nos hubiera podido alcanzar en cualquier momento gracias a sus facultades anormales; pero todo parecía indicar que deseaba prolongar la caza. Y así, en medio de horrores que nunca concluían, seguía avanzando la noche. Pero nunca nos atrevimos a paramos y mirar hacia atrás.

Lejano y tenue, comenzó a aparecer un crepúsculo titubeante entre los árboles —un preludio de la tragedia oculta—. Completamente agotados, y ansiosos de cualquier reposo y seguridad, aunque fuese en la tumba misma, corrimos hacia la luz y salimos de la jungla para encontrarnos en una calle pavimentada que corría entre edificios de mármol y granito. Bajo el peso de nuestro cansancio, advertimos, en medio de nuestro atontamiento, que habíamos estado dando vueltas alrededor de los suburbios de Commorión. Ante nosotros, y a una distancia no superior al lanzamiento de una jabalina, se encontraba el oscuro templo de Tsathoggua.

Esta vez nos atrevimos a volver la cabeza y vimos el elástico monstruo, cuyas patas se habían alargado y bajo las cuales nos encontrábamos, como si estuviésemos debajo de una torre; su boca se había agrandado de tal manera que nos hubiera podido engullir a los dos a la vez. Nos seguía, deslizándose sin esfuerzo alguno, con una horrible seguridad de movimiento, mientras que sus intenciones eran de un cinismo insoportable. Corrimos hacia el templo de Tsathoggua, cuya puerta permanecía abierta como nosotros la dejáramos, y cerrándola tras nosotros, con una rapidez propulsada por el miedo, conseguimos correr uno de los cerrojos roñosos tras un ímprobo esfuerzo fruto de nuestra desesperación.

Entonces, mientras la tenebrosidad gélida del amanecer descendía a través de las altas ventanas, intentamos tranquilizarnos con una resignación verdaderamente heroica, y aguardar lo que el destino nos tuviese reservado. Durante nuestra espera, el dios Tsathoggua nos contemplaba con mayor estupidez y maldad que la que advirtiéramos a la luz de la antorcha.

Creo haber mencionado que el dintel de la puerta se había resquebrajado y hundido en varios sitios. De hecho, el proceso ruinoso había hecho tres boquetes, por donde se filtraba ahora la luz del día, lo suficientemente grandes como para permitir la entrada de animales pequeños o de serpientes grandes. Por alguna extraña razón, nuestros ojos no se apartaban de los boquetes. No llevábamos mucho tiempo mirando, cuando se oscureció la luz que penetraba por las hendiduras; una masa negra entraba por las mismas a manantiales, formando un triple arroyuelo por las losas de piedra, donde recobró la inusitada forma que nos persiguiera la noche anterior.

—¡Adiós. Tirouv Ompallios! —grité, con el escaso aliento que me restaba. Acto seguido, corrí a esconderme detrás de la imagen de Tsathoggua, que por lo menos era lo suficientemente grande como para quedar totalmente a cubierto, aunque por desgracia sólo podía cobijar a una sola persona. Sin duda Tirouv Ompallios me habría precedido, movido por la misma idea de autoconservación, pero fui más rápido que él. Y entonces, al ver que no había sitio para los dos detrás de Tsathoggua, mi compañero se despidió igualmente de mí y se introdujo dentro de la pila de bronce, único sitio donde podría esconderse en el desierto recinto.

Escudriñando desde mi escondite detrás del desagradable dios, cuyo único mérito residía en la amplitud de su abdomen y caderas, me dediqué a observar los restos del monstruo. Tan pronto como Tirouv Ompallios hubo desaparecido dentro del trípode, la indescriptible monstruosidad se levantó corno si fuera una columna y se acercó a la pila. La cabeza había cambiado de lugar y forma, hasta el punto de que sólo quedaban ligeros rasgos impresos en medio de un cuerpo exento de brazos, piernas y cuello. El deforme ser se asomó a la pila durante un instante, recogiendo toda su masa sobre una especie de cola, y entonces, como si fuera una ola gigante, cayó dentro de la pila de bronce encima de Tirouv Ompallios. Al hundirse y desaparecer de la vista, todo su cuerpo pareció convertirse en una inmensa boca.

Incapaz de respirar ante semejante horror, esperé, si bien no pude distinguir ningún ruido ni movimiento procedentes de la pila, ni siquiera una queja de Tirouv Ompallios. Por último, y con infinito cuidado y precaución, me atreví a salir de detrás de Tsathoggua, y pasando al lado de la pila de puntillas conseguí llegar hasta la puerta.

Pero para conseguir la tan ansiada libertad tenía que descorrer el cerrojo y abrir la puerta, lo cual me daba mucho miedo a causa del ruido. Consideraba que sería imprudente molestar al ser que se encontraba en la pila mientras digería a Tirouv Ompallios; pero por otro lado no había otra manera de abandonar semejante antro.

En el momento en que descorría el cerrojo, sentí que mi muñeca izquierda quedaba mortalmente atrapada por un tentáculo que con una rapidez infernal había surgido de la pila, estirándose a través de la habitación hasta la puerta. Su contacto era totalmente nuevo para mí; se trataba de algo viscoso y escurridizo, muy frío y suave, pero tan afilado como un metal cortante, y con poder de succión y constricción tal que me obligó a lanzar un grito a medida que el tentáculo se hincaba en mi carne cortándome como si fuera un cuchillo. En el forcejeo por liberarme, abrí la puerta y quedé tendido ante el umbral. Después de un momento de profundo dolor, advertí que me había librado de su presa. Pero inmediatamente pude darme cuenta de que desapareciera mi mano, en cuyo lugar sólo quedaba un sanguinolento muñón. Entonces, mirando hacia atrás, hacia el interior del santuario, vi que el tentáculo se retraía hasta desaparecer dentro de la pila, llevándose consigo mi mano junto con lo que quedase de Tirouv Ompallios.

Clark Ashton Smith (1893-1961)

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