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La zarevna muerta y los siete guerreros de Alexander Puhkin


La zarevna muerta y los siete guerreros (Сказка о мёртвой царевне и семи богатырях), a veces llamado La princesa muerta y los siete guerreros, es un relato fantástico del escritor ruso Alexander Pushkin, publicado en 1833.







 Сказка о мёртвой царевне и семи богатырях, Alexander Pushkin (1799-1837)

El zar se despidió de la zarina, marchó de viaje y ella se sentó sola, junto a la ventana, para esperar su vuelta. Lo esperaba todo el día hasta que llegaba la noche, mirando siempre al camino. Cansáronse sus ojos de tanto mirar. Pero su esposo no volvía. Desencadenóse entonces una tempestad de nieve, y toda la tierra se cubrió de un blanco manto. Transcurrieron así muchos meses, durante los cuales la zarina no se apartó de la ventana ni dejó de mirar al camino.

Y la víspera de la fiesta de Navidad por la noche, Dios mandó una hijita a la zarina. Por la mañana del mismo día regresó finalmente de su largo viaje el tan esperado zar y padre. Miróle la zarina, suspiró y fue tanta la emoción que le causaba la alegría, que murió de pronto, en el momento en que empezaba la misa. Por mucho tiempo no logró consolarse el zar. Pero ¡qué hacer! Era un pecador como los demás mortales; por lo que, transcurrido un año, se casó con otra mujer. Hay que decir la verdad; su nueva esposa era joven, alta, esbelta, hermosa e inteligente, una zarina de verdad. Pero por desgracia era orgullosa, hipócrita, de un carácter insoportable y, sobre todo, celosa hasta lo increíble.

Recibió como regalo de boda un espejito que tenía una cualidad notable; el don de la palabra. Y la zarina, al poco tiempo, sólo con su espejo llegó a hablar confiadamente; sólo al hablar con él se sentía de buen humor. Y le decía bromeando:

—¡Oh, espejito precioso! Habíame, pero diciéndome toda la verdad: ¿Hay alguna mujer en el mundo que pueda rivalizar conmigo en belleza y cuyo cutis sonrosado pueda compararse al mío?
Y el espejo le contestaba:
—Claro que no. Sin duda eres tú, zarina, la más hermosa, y tu cutis es el más sonrosado que haya tenido jamás una mujer.

La zarina empezaba entonces a reír a carcajadas, a mover los hombros, a hacer contorsiones, a guiñar los ojos y a hacer chasquear los dedos. Y, poniéndose en jarras, se miraba satisfecha y orgullosa en el espejo. Mientras tanto, crecía y florecía la joven zarevna, y llegó por fin a ser una belleza de ojos negros, blanco cutis y carácter bondadoso. Y se encontró en seguida para ella un prometido, el príncipe Elisey. Llegó el ca samiento. Y el padre de la muchacha dio su consentimiento. La dote estaba preparada ya, y consistía en siete ciudades comerciales y ciento cuarenta palacios. La zarina, cuando se vestía para ir a celebrar el acontecimiento, se miró al espejo y habló así con él:

—Dime con franqueza la verdad: ¿Existe una mujer más hermosa que yo, más gentil y de cutis más sonrosado?
Y el espejo le contestó:
—Eres en verdad muy hermosa, pero todavía es más hermosa la zarevna.
La zarina, indignada, levantó la mano, dio un golpe al espejo, tirándolo al suelo, y lo pisoteó.
—¡Maldito pedazo de vidrio! Esto me lo dices para irritarme. ¿Cómo es posible que la zarevna sea más hermosa que yo? ¡Pues sabrá quien soy yo!... ¡Vaya una tonta! ¿No sabe acaso que si es tan blanca es porque su madre no apartaba la vista de la nieve?... En cuanto a ser más hermosa que yo... no lo veo. ¡No, no! ¡Debes reconocer, espejo, que ni en nuestro reino ni en el mundo entero hay mujer más hermosa que yo! ¿Es así o no?

Pero el espejo insistió:
—¡Pienses lo que pienses, la zarevna es la mujer más gentil y la más hermosa del mundo!

Sin saber qué hacer, la zarina, rabiando de celos, tiró el espejo debajo de un banco, llamó a su sirvienta Cherniavka y le ordenó, como criada suya que era, llevar a la zarevna al interior de un bosque, atarla a un pino y dejarla allí para que la devorasen los lobos. ¡Con una mujer iracunda nada podría ni el propio diablo! ¡No hay manera de discutir con ella! Así pues, Cherniavka tuvo que llevarse a la zarevna al bosque, y la condujo tan lejos que la jovencita se dio cuenta de ello, se asustó y empezó a suplicar a la sirvienta:

—Dime querida, ¿qué he hecho yo? ¡No seas la causante de mi perdición! Cuando sea zarina no te olvidaré y te recompensaré con esplendidez.
La criada, que la quería mucho, no la mató ni la ató al árbol, y la dejó marchar diciéndole:
—¡No te preocupes y anda con Dios!
Y regresó pausadamente a casa.
—¿Qué? ¿Lo has hecho? —le preguntó la zarina—. ¿Dónde has dejado a nuestra hermosa zarevna?
—La he dejado en el bosque; y allí deberá de estar ahora, sola y atada al árbol... ¡Ojalá caiga pronto en las garras de cualquier animal salvaje! De este modo moriría y no sufriría tanto.

Pronto se enteraron todos de la desaparición de la hija del zar. El desdichado padre se puso muy triste, y el príncipe Elisey, después de haber rogado fervorosamente a Dios que le ayudara, se preparó para viajar en busca de su tan joven y hermosa prometida. Pero la zarevna, al quedarse sola, se adentró más y más en el bosque, hasta que dio con un palacio. Había un perro, que cuando la vio acercarse empezó a ladrar; pero no tardó en recibirla meneando la cola y acariciándola. La zarevna subió la escalinata y soltó la aldaba de las grandes puertas. Se abrieron éstas silenciosamente y la doncella entró en una soleada estancia. A lo largo de las paredes se veían varios bancos cubiertos de ricos tapices, debajo de los iconos había una gran mesa de roble y en un rincón una estufa de azulejos. La muchacha comprendió en seguida que vivía allí gente buena y que no le harían ningún daño.

Pero parecía no haber nadie en la casa. La zarevna la examinó de arriba abajo, lo puso todo en orden y encendió un cirio ante la imagen del Señor. Encendió también la estufa, subió a la cama y se acostó tranquilamente.

Acercábase la hora de comer, cuando se oyeron pisadas de caballos en el patio, y no tardaron en entrar siete guerreros, mancebos todos, que lucían grandes bigotes. El mayor de ellos dijo:

—¡Qué raro es esto! ¿Cómo es que todo está limpio y ordenado? Alguien debe haberlo puesto en orden, mientras esperaba la llegada de los dueños... ¡Eh! ¿Quién hay aquí? ¡Ven acá! Sal y preséntate sin temor ante nosotros; si eres anciano, serás nuestro superior; si una anciana, nuestra madre serás y madre te llamaremos; y si eres una doncella hermosa, serás para nosotros una hermana.

Bajó entonces la zarevna del lecho y compareció ante ellos saludándolos con respeto; y, ruborizándose, les pidió perdón con mil excusas por haber entrado sin ser invitada. Los demás adivinaron en seguida, por su modo de hablar, que era una zarevna. La invitaron a sentarse en un rincón y le ofrecieron un pastel y una copa de vino, todo en una bandeja. La doncella se negó a beber el vino, pero tomó un bocado del pastel; y, excusándose por estar muy cansada a causa del viaje, expresó su deseo de dormir. Los guerreros la condujeron al piso superior y le señalaron una habitación soleada, tras lo cual la dejaron sola, pues estaba quedándose dormida.

Corrían los días uno tras otro, y la joven zarevna seguía en el bosque, en casa de los siete guerreros, entre los cuales pasaba el tiempo sin aburrirse. Todos los días, al rayar el alba, los siete hermanos salían al campo, tanto para cazar patos como —si se presentaba la ocasión— para soltar la mano derribando del caballo a un forajido, para cortar la cabeza a un tártaro de anchos hombros o para matar a algún cherqués caucasiano que se hubiese escondido en el bosque. La muchacha, corno ama de casa que era, quedábase sola allí arreglando las cosas y preparando la mesa. Y así iban viviendo; ella nos les contradecía, ellos no la molestaban y los días se sucedían uno tras otro.

Los hermanos empezaron a querer mucho a la doncella. Así es que cierto día, al salir el sol, comparecieron los siete en su habitación, y el mayor de ellos habló así:

—¡Oh, doncella! Muy bien sabes que todos nosotros te consideramos una hermanita... Pero todos nos hemos enamorado de ti... Cualquiera de nosotros se sentiría dichoso si pudiera casarse contigo... Pero como que esto no es posible, te rogamos, por el amor de Dios, que decidas por ti misma este asunto; y así la paz continuará reinando entre nosotros. Escoge, pues, a quien desees por marido, que para los demás seguirás siendo una hermana querida... ¿Qué haces? ¿Por qué mueves negativamente la cabeza? ¿Es que no te gusta la proposición, o quizá te parecemos poco para ti?
—¡Honrados mancebos y hermanos queridos! —les contestó la zarevna-. ¡Que Dios me castigue matándome en el acto si no os digo la verdad! ¿Qué puedo hacer si ya estoy prometida? A todos vosotros os quiero mucho; todos sois jóvenes valerosos e inteligentes... pero estoy prometida para siempre a otro... que es el príncipe Elisey.

Los hermanos permanecieron silenciosos y se rascaron la cabeza.

—Preguntar no es pecado. ¡Perdónanos, pues! —dijo el mayor saludándola—. Y si es así, no se hable ya más de ello.
—No me enfado —dijo ella quedamente—. Tampoco yo tengo la culpa de contestaros de este modo.

Los pretendientes volvieron a saludarla y se despidieron. Y continuaron viviendo como antes. Mientras tanto la zarina —malísima mujer— seguía acordándose de la zarevna sin poder perdonarla. Hacía mucho tiempo que estaba enojada contra su espejo; pero un buen día se acordó de él y, al encontrarlo, volvió a contemplarse olvidándose de su enfado. Y dijo sonriendo:

—Buenos días, espejito. Bien. ¿Qué me dirás ahora? ¿Soy o no soy la mujer más hermosa del mundo?
Y el espejo le contestó:
—Eres, sin duda, muy hermosa; pero existe otra mujer, que vive, sin que nadie lo sepa, en casa de los siete guerreros y en el interior de un verde bosque; y aquella mujer es más gentil y hermosa que tú.

Al oír esto la zarina llamó a Cherniavka y prorrumpió en denuestos, gritando:
—¿Cómo te has atrevido a desobedecerme? ¿Por qué me engañaste?
La sirvienta se lo confesó todo, explicándole como había ocurrido. Entonces la zarina, amenazándola con un palo, juró hacer desaparecer a la zarevna, so pena de morir ella misma.

Estaba una vez la joven zarevna hilando sentada junto a la ventana, mientras aguardaba el regreso de los siete hermanos guerreros. Oye de pronto ladrar al perro en la puerta. La muchacha mira y ve que por el patio pasea una mendiga, que intenta alejar al animal con su largo bastón.

—¡Espera, abuelita! —le grita la zarevna desde la ventana—. ¡Espera! Yo misma alejaré al perro y, de paso, te daré algo. Y la mendiga le contesta: —¡Oh, guapa mía, hijita querida! Este maldito perro ha estado a punto de morderme. ¡Mira, mira que furioso se pone! ¡Date prisa en bajar!

La zarevna cogió un trozo de pan y quiso bajar al patio, pero el perro volvió a ladrar echándose a sus pies, impidiéndole acercarse a la vieja y al propio tiempo amenazando a ésta, con el aspecto amenazador de una fiera del bosque.

—¡Qué raro es esto! —exclamó la muchacha—. Probablemente el perro no debe de haber dormido bien y por eso está de mal humor. ¡Toma, pues, abuelita!
Vuela el pan y la vieja lo coge.
—¡Te lo agradezco! —dice—. ¡Que Dios te lo pague! ¡Y tú toma esta manzana, que es madura y sabrosa!

Y vuela hasta la muchacha una manzana de oro. Al ver esto, el perro se enfurece aún más. Ladra, aúlla y salta. Pero la zarevna tiene ya la manzana en sus manos.

—¡Cómetela y así no te aburrirás tanto, hijita mía! ¡Y gracias por el pan! —dijo la vieja.
Saludóla y desapareció.

La muchacha volvió a la casa subiendo la escalinata. El perro la sigue y fija inquietamente la mirada en sus ojos, como queriendo decirle: "tírala". La zarevna procura calmarlo y lo acaricia con su mano suave.

—¿Qué tienes, Sokolka? ¡Quieto! ¡Tranquilízate!

Sube a su habitación, cierra la puerta y se sienta junto a la ventana para hilar, aguardando a los hermanos, pero sin perder de vista la manzana. Le parece que ha de ser muy buena. ¡Es madura, jugosa, fresca, aromática, sonrosada y como llena de miel! Es tan transparente que se le ven las semillas. Aunque su intención es comérsela después de la cena, no puede resistir más. La coge, se la lleva a los labios, la muerde y hasta se come un pedacito... De pronto se tambalea, deja caer sus blancas manos; apenas respira; y, soltando la manzana, cierra los ojos, se tumba en el banco debajo de los iconos y queda inmóvil. Regresaron en aquel momento los hermanos de una de sus audaces hazañas. El perro salió a su encuentro, ladrando fuertemente, y les señaló el camino del patio.

—¡Esto es de mal augurio! —dijeron los hermanos—. ¡Por lo visto nos espera una mala noticia!

Se apresuraron a entrar. Entran, y ¿qué ven? Al meterse el perro en la habitación de la zarevna se abalanzó sobre la manzana, la cogió con rabia, la mordió y se la tragó. Pero acto seguido de habérsela tragado cayó muerto. La manzana estaba, sin duda alguna, envenenada. Al ver muerta a la zarevna, los hermanos, sumidos en la más profunda tristeza, permanecieron ante ella con la cabeza caída sobre el pecho. Se levantaron luego murmurando plegarias, la vistieron y se prepararon para enterrarla. Pero no llegaron a hacerlo, pues la zarevna parecía viva y hubiérase dicho que dormía plácidamente; lo único que ocurría era que no respiraba... Esperaron así tres días más; pero ella no despertaba de su sueño. Entonces, después del ritual obligado, la colocaron en un ataúd de cristal y, al llegar la medianoche, la llevaron a una cueva que había en la montaña.

Una vez allí levantaron seis postes, en los cuales sujetaron con cadenas el ataúd, haciéndolo con el mayor cuidado; y cerraron la cueva con una puerta enrejada. Y se inclinaron ante la muerta.

—¡Descansa en paz! —dijo el mayor de los hermanos—. ¡Qué triste es que se haya extinguido tan pronto tu belleza! Pero tu alma será bien recibida en el Cielo. Mucho te queríamos, y te guardábamos, sin embargo, para tu prometido; pero ahora sólo la muerte te posee, nadie más.

Aquel mismo día la zarina, en espera de buenas noticias, sacó el espejo y volvió a hacerle su pregunta acostumbrada:

—Dime: ¿soy la mujer más hermosa del mundo?
Y el espejo le contestó:
—Eres, sin duda, la mujer más gentil y más hermosa.

Entretanto, el príncipe Elisey corre por el mundo en busca de su prometida. Pero no la encuentra en parte alguna. El desdichado prorrumpe en llanto y a todos hace la misma pregunta. Por fin el príncipe se dirige al Sol:

—¡Oh, Sol esplendoroso! Tú que recorres durante el año todo el cielo; tú que opones al invierno la primavera; tú que nos contemplas a todos desde las alturas: ¿Te negarás a decirme si has visto por algún lugar del mundo a la joven zarevna? Soy su prometido.
—¡Oh, valeroso príncipe! —contestó el Sol—. No he visto a la zarevna. Quizá no se cuente entre los vivos. Pero mejor será que se lo preguntes a mi vecina la Luna; quizá ella la haya visto, o haya visto sus huellas por algún camino.

Elisey aguardó ansiosamente le llegada de la noche y, al aparecer la Luna, le hizo la misma pregunta:

—¡Oh, Luna mía, la de los cuernos de oro! ¡Tú que te levantas en la oscuridad! ¡Tú, a quien admiran todas las estrellas a causa de esta buena costumbre! Estoy seguro de que no te negarás a contestar a mi pregunta. ¿Has visto por ventura, en algún lugar del mundo, a la joven zarevna? Soy su prometido.
—¡Oh, querido hermanito! Yo sólo veo lo que pasa ante mis ojos durante mi turno. La zarevna debió de pasar sin duda cuando yo me hallaba ausente.
—¡Qué lástima! —exclamó el príncipe.
Pero la Luna prosiguió:
—¡Espera! Quizá sepa algo el Viento acerca de ella y nos ayude. Habla ahora mismo con él y no te preocupes. ¡Adiós!

El príncipe, esperanzado y más tranquilo, se dirigió al Viento:
—¡Oh, Viento! ¡Tú que con tanta fuerza haces correr las nubes y agitas los mares azulados; tú que vagas libremente por todas partes sin temer a nadie, excepto a Dios! Creo que no te negarás a contestarme: ¿Has visto, por ventura, en algún lugar del mundo, a la joven zarevna? Soy su prometido.
Y el Viento contestó:
—Espera. Allí, detrás de aquel río de aguas apacibles, hay una montaña, y en ella una profunda cueva. En aquella cueva triste y sombría se balancea un ataúd de cristal sujeto a unos postes con cadenas. El lugar es desierto y no se ven huellas en derredor. Allí está tu prometida.

El Viento se alejó veloz y el príncipe se puso a sollozar. Encaminóse luego directamente a aquel lugar desierto para ver por última vez a su hermosa prometida. Así iba caminando, hasta que dio con una montaña escarpada. El lugar era desierto. En la base de la montaña se veía una entrada oscura. El príncipe se encaminó hacia allí... Y en la triste oscuridad se ofreció a sus ojos un ataúd de cristal que oscilaba entre seis postes. En aquel ataúd dormía la joven zarevna su sueño de muerte. El príncipe, desesperado, cayó ante ella y dio un fuerte e involuntario golpe al ataúd, que se hizo pedazos.

Y he aquí que la princesa se despertó. Miró sorprendida en torno suyo y, balanceándose en las cadenas, respiró profundamente y dijo:

—¡Oh! ¡Cuánto tiempo hace que estoy durmiendo!...
Levantóse entonces y saltó al suelo... Lanzó un grito de sorpresa... Y ambos empezaron a llorar de alegría. El príncipe la cogió en brazos y la sacó a la luz del sol. Y emprendieron el viaje de regreso conversando animadamente. Y todo el pueblo se enteró de lo acontecido, y exclamó:

—¡La hija del zar está viva!

La perversa madrastra estaba sentada, en aquel momento sin hacer nada, ante el espejo y le preguntaba como siempre:

—Dime: ¿soy la mujer más gentil y más hermosa del mundo?
Y el espejo le contestó:
—Eres, en verdad, muy gentil y muy hermosa... pero la zarevna lo es todavía más.

Entonces la madrastra tiró el espejo, que se rompió en mil pedazos, y se precipitó hacia la puerta, en la que encontró a la zarevna. Y al verla, fue tan grande la desesperación de la madrastra, que murió de repente. Inmediatamente después de haberla enterrado se organizó un gran festín y el príncipe Elisey se casó con la zarevna. Y nadie, desde la creación del mundo, asistió a un festín como aquél.

Y yo estuve allí; me ofrecieron cerveza, vino y miel, que me pasaron muy cerca de la boca y sólo me mojaron el bigote.

Alexander Pushkin (1799-1837)

La Tempestad de Alexander Pushkin


La Tempestad (Метель, Metyel) es un relato romántico del escritor ruso Alexander Pushkin. Fue publicado como el segundo relato de la antología Los cuentos del tardío Iván Petrovich Belkin (Povesti pokoynogo Ivana Petrovicha Belkina).







(Метель, Metyel) Alexander Pushkin (1799-1837)

Por colinas, caballos veloces
aplastaban la nieve profunda...
A un lado un templo sagrado
solitario asomaba al camino.
De pronto estalló la nevasca,
y la nieve cayó a grandes copos.
En el ala azabache un silbido,
sobrevuela un cuervo el trineo.
¡El gemido auguraba desdichas!
Los caballos de andar presuroso
oteaban las sombras lejanas,
y alzando sus crines...


A finales de 1811, en tiempos de grata memoria, vivía en su propiedad de Nenarádovo el bueno de Gavrila Gavrílovich R. Era famoso por su hospitalidad y carácter afable; los vecinos visitaban constantemente su casa, unos para comer, beber, o jugar al boston a cinco kopeks con su esposa, y otros para ver a su hija, María Gavrílovna, una muchacha esbelta, pálida y de diecisiete años. Se la consideraba una novia rica y muchos la deseaban para sí o para sus hijos.

María Gavrílovna se había educado con las novelas francesas y, por consiguiente, estaba enamorada. El elegido de su amor era un pobre alférez del ejército que se encontraba de permiso en su aldea. Sobra decir que el joven ardía en igual pasión y que los padres de su amada, al descubrir la mutua inclinación, prohibieron a la hija pensar siquiera en él, y en cuanto al propio joven, lo recibían peor que a un asesor retirado.

Nuestros enamorados se carteaban y todos los días se veían a solas en un pinar o junto a una vieja capilla. Allí se juraban amor eterno, se lamentaban de su suerte y hacían todo género de proyectos. En sus cartas y conversaciones llegaron a la siguiente (y muy natural) conclusión: si no podemos ni respirar el uno sin el otro y si la voluntad de los crueles padres entorpece nuestra dicha, ¿no podríamos prescindir de este obstáculo? Por supuesto que la feliz idea se le ocurrió primero al joven y agradó muchísimo a la imaginación romántica de María Gavrílovna.

Llegó el invierno y puso término a sus citas, pero la correspondencia se hizo más viva. En cada carta Vladímir Nikoláyevich suplicaba a su amada que confiara en él, que se casaran en secreto, se escondieran durante un tiempo y luego se postraran a los pies de sus padres, quienes, claro está, al fin se sentirían conmovidos ante la heroica constancia y la desdicha de los enamorados y les dirían sin falta:

-¡Hijos, venid a nuestros brazos!

María Gavrílovna dudó largo tiempo; se rechazaron muchos planes de fuga. Pero al final aceptó: el día señalado debía no cenar y retirarse a sus habitaciones bajo la excusa de una jaqueca. Su doncella estaba en la conspiración; las dos tenían que salir al jardín por la puerta trasera, tras el jardín llegar hasta un trineo listo para partir y dirigirse a cinco verstas de Nenarádovo, a la aldea de Zhádrino, directamente a la iglesia, donde Vladímir las estaría esperando. En vísperas del día decisivo María Gavrílovna no durmió; arregló sus cosas, recogió sus vestidos, escribió una larga carta a una señorita muy sentimental, amiga suya, y otra a sus padres. Se despedía de ellos en los términos más conmovedores, justificaba su acto por la invencible fuerza de la pasión, y acababa diciendo que el día en que se le permitiera arrojarse a los pies de sus amadísimos padres lo consideraría el momento más sublime de su vida.

Tras sellar ambas cartas con una estampilla de Tula, en la que aparecían dos corazones llameantes con una inscripción al uso, justo antes del amanecer, se dejó caer sobre la cama y se quedó adormecida. Pero también entonces a cada instante la desvelaban imágenes pavorosas. Ora le parecía que en el momento en que se sentaba en el trineo para ir a casarse, su padre la detenía, la arrastraba por la nieve con torturante rapidez y la lanzaba a un oscuro subterráneo sin fondo, y ella se precipitaba al vacío con un inenarrable pánico en el corazón. Ora veía a Vladímir caído sobre la hierba, pálido y ensangrentado. Y éste, moribundo, le imploraba con gritos estridentes que se apresurara a casarse con él. Otras visiones horrendas e insensatas corrían una tras otra por su mente.

Por fin se levantó, más pálida que de costumbre y con un ya no fingido dolor de cabeza. Sus padres se apercibieron de su desasosiego; la delicada inquietud e incesantes preguntas de éstos -¿Qué te pasa, Masha? Masha, ¿no estarás enferma?- le desgarraban el corazón. Ella se esforzaba por tranquilizarlos, por parecer alegre, pero no podía.

Llegó la tarde. La idea de que era la última vez que pasaba el día entre su familia le oprimía el corazón. Estaba medio viva: se despedía en secreto de todas las personas, de todos los objetos que la rodeaban. Sirvieron la cena. Su corazón se puso a latir con fuerza. Con voz temblorosa anunció que no le apetecía cenar y se despidió. La besaron y la bendijeron, como era su costumbre: ella casi se echa a llorar. Al llegar a su cuarto se arrojó sobre el sillón y rompió en llanto. La doncella la convencía de que se calmara y recobrara el ánimo. Todo estaba listo. Dentro de media hora Masha debía dejar para siempre la casa paterna, su habitación, su callada vida de soltera...

Afuera nevaba. El viento ululaba, los postigos temblaban y daban golpes; todo se le antojaba una amenaza y un mal presagio. En la casa todo calló y durmió. Masha se envolvió en un chal, se puso una capa, tomó su arqueta y salió. La sirvienta tras ella llevaba dos hatos. Salieron al jardín. La ventisca no amainaba; el viento soplaba de cara, como si se esforzara por detener a la joven fugitiva. A duras penas llegaron hasta el final del jardín. En el camino las esperaba el trineo. Los caballos, ateridos de frío, no paraban quietos; el cochero de Vladimir se movía ante las varas, reteniendo a los briosos animales. Ayudó a la señorita y a su doncella a acomodarse y a colocar los bultos y la arqueta, tomó las riendas, y los caballos echaron a volar. Tras encomendar a la señorita al cuidado del destino y al arte del cochero Terioshka, prestemos atención ahora a nuestro joven enamorado.

Vladimir estuvo todo el día de un lado a otro. Por la mañana fue a ver al sacerdote de Zhádrino, consiguió persuadirlo, luego se fue a buscar padrinos entre los terratenientes del lugar. El primero a quien visitó, el corneta retirado Dravin, un hombre de cuarenta años, aceptó de buen grado. La aventura decía que le recordaba los viejos tiempos y las calaveradas de los húsares. Convenció a Vladimir de que se quedara a comer con él y le aseguró que con los otros dos testigos no habría problema. Y, en efecto, justo después de comer se presentaron el agrimensor Schmidt, con sus bigotes y sus espuelas, y un muchacho de unos dieciséis años, hijo del capitán jefe de la policía local, que hacía poco había ingresado en los ulanos. Ambos no sólo aceptaron la propuesta de Vladimir sino incluso le juraron estar dispuestos a dar la vida por él. Vladímir los abrazó lleno de entusiasmo y se marchó a casa para hacer los preparativos. Hacía tiempo que ya era de noche. Vladimir envió a su fiel Terioshka con la troika a Nenarádovo con instrucciones detalladas y precisas, y para sí mismo mandó preparar un pequeño trineo de un caballo, y solo, sin cochero, se dirigió a Zhádrino, donde al cabo de unas dos horas debía llegar también María Gavrílovna. Conocía el camino y sólo tendría unos veinte minutos de viaje.

Pero, en cuanto Vladimir dejó atrás las casas para internarse en el campo, se levantó viento y se desató una nevasca tal que no pudo ver nada. En un minuto el camino quedó cubierto de nieve, el paisaje desapareció en una oscuridad turbia y amarillenta a través de la que volaban los blancos copos; el cielo se fundió con la tierra. Vladimir se encontró en medio del campo y quiso inútilmente retornar al camino; el caballo marchaba a tientas y el trineo volcaba a cada momento. Vladimir no hacía otra cosa que esforzarse por no perder la dirección que llevaba. Pero le parecía que ya había pasado media hora y aún no había alcanzado el bosque de Zhádrino. Pasaron otros diez minutos y el bosque seguía sin aparecer. Marchaba por un llano surcado de profundos barrancos. La ventisca no amainaba, el cielo seguía cubierto. El caballo empezaba a agotarse, y el joven, a pesar de que a cada momento se hundía en la nieve hasta la cintura, estaba bañado en sudor. Al fin Vladimir se convenció de que no iba en la buena dirección. Se detuvo, pensó, intentando recordar, hacer conjeturas, y llegó a la conclusión de que debía doblar a la derecha. Torció a la derecha. Su caballo apenas avanzaba. Ya llevaba más de una hora de camino. Zhádrino no debía estar lejos. Marchaba y marchaba, y el campo no tenía fin. Todo eran montones de nieve y barrancos: el trineo volcaba sin parar y él lo enderezaba una y otra vez. El tiempo pasaba; Vladimir comenzó a preocuparse de veras.

Por fin algo oscuro asomó a un lado. Vladímir dio la vuelta hacia allá. Al acercarse vio un bosque. Gracias a Dios, pensó, ya estamos cerca. Siguió a lo largo del bosque con la esperanza de llegar en seguida a la senda conocida o de rodearlo; Zhádrino se encontraba justo detrás. Encontró pronto la pista y se internó en la oscuridad de los árboles que el invierno había desnudado. Allí el viento no podía campar por sus fueros, el camino estaba liso, el caballo se animó y Vladimir se sintió más tranquilo. Y sin embargo, seguía y seguía, y Zhádrino no aparecía por ninguna parte: el bosque no tenía fin. Vladimir comprobó con horror que se había internado en un bosque desconocido. La desesperación se apoderó de él. Fustigó el caballo, el pobre animal primero se lanzó al trote, pero pronto comenzó a aminorar la marcha y al cuarto de hora, a pesar de todos los esfuerzos del desdichado Vladimir, avanzó al paso.

Poco a poco los árboles comenzaron a clarear y Vladimir salió del bosque: Zhádrino no se veía. Debía de ser cerca de la medianoche. Las lágrimas saltaron de sus ojos, y marchó a la buena de Dios. El temporal se calmó, las nubes se alejaron, ante él se extendía una llanura cubierta de una alfombra blanca y ondulada. La noche era bastante clara. Vladimir vio no lejos una aldehuela de cuatro o cinco casas y se dirigió hacia ella. Junto a la primera isba saltó del trineo, se acercó corriendo a la ventana y llamó. Al cabo de varios minutos se levantó el postigo de madera y un viejo asomó su blanca barba.

-¿Qué quieres?
-¿Está lejos Zhádrino?
-¿Si está lejos Zhádrino?
-¡Sí, sí! ¿Está lejos?
-No mucho. Habrá unas diez verstas.
Al oír la respuesta Vladimir se agarró de los pelos y se quedó inmóvil, como un hombre al que hubieran condenado a muerte.
-¿Y tú, de dónde eres? -prosiguió el viejo.
Vladimir no estaba para preguntas.
-Oye, abuelo -le dijo al viejo-. ¿No podrías conseguirme unos caballos hasta Zhádrino?
-¿Nosotros, caballos? -dijo el viejo.
-¿Podrías al menos conseguirme un guía? Le pagaré lo que pida.
-Espera -dijo el viejo soltando el postigo-. Te mandaré a mi hijo; él te acompañará.

Vladímir se quedó esperando. No pasó un minuto que llamó de nuevo a la ventana. El postigo se levantó y apareció la barba.

-¿Qué quieres?
-¿Qué hay de tu hijo?
-Ahora sale. ¿No te habrás helado? Entra a calentarte.
-Te lo agradezco. Manda cuanto antes a tu hijo.

Las puertas chirriaron: salió un muchacho con un perro que echó a andar por delante, unas veces indicando el camino, otras buscándolo entre los montones de nieve que lo habían cubierto.

-¿Qué hora es? -le preguntó Vladimir.
-Pronto ha de amanecer -respondió el joven mujik, y Vladimir ya no dijo ni una sola palabra más.

Cantaban los gallos y había amanecido cuando lograron llegar a Zhádrino. La iglesia estaba cerrada. Vladimir pagó al guía y se dirigió a casa del sacerdote. Ante la casa no estaba su troika. ¡Qué noticia le aguardaba! Pero volvamos a los buenos señores de Nenarádovo y veamos que ocurría allí.

Nada. Los viejos se levantaron y fueron al salón. Gavrila Gavrílovich, con su gorro de dormir y chaquetón de paño, y Praskovia Petrovna, con su bata guateada. Sirvieron el samovar, y Gavrila Gavrílovich mandó a la muchacha que se fuera a enterar de cómo se encontraba de salud María Gavrílovna y si había descansado bien. La muchacha regresó e informó a los señores que la señorita había dormido mal, pero que ahora decía que se encontraba mejor y que al rato vendría al salón. Y, en efecto, la puerta se abrió y María Gavrílovna se acercó a saludar a su padre y a su madre.

-¿Qué tal tu cabeza, Masha? -preguntó Gavrila Gavrílovich.
-Mejor, papá. -respondió Masha.
-Seguro que ayer te atufaste -dijo Praskovia Petrovna.
-Puede ser, mamá -contestó Masha.

El día pasó felizmente, pero por la noche Masha se encontró muy mal. Mandaron a por el médico a la ciudad. Éste llegó al anochecer y encontró a la enferma delirando. Se le declararon unas fuertes calenturas, y la pobre enferma estuvo durante dos semanas al borde de la muerte. Nadie en la casa sabía del intento de fuga. Las cartas que escribió fueron quemadas: su doncella, temiendo la ira de los señores, no dijo nada. El sacerdote, el corneta retirado, el agrimensor de bigotes y el pequeño ulano fueron discretos, y no en vano. Terioshka el cochero nunca decía nada de más, ni siquiera cuando estaba bebido. De modo que la media docena larga de conjurados guardaron bien el secreto. Pero la propia María Gavrílovna, que deliraba sin parar, lo ponía al descubierto. Sin embargo, sus palabras eran tan confusas que la madre, que no se apartaba de su lado, sólo pudo deducir de ellas que su hija estaba locamente enamorada de Vladimir Nikoláyevich y que, probablemente, el amor era la causa de su dolencia.

La mujer consultó con su marido, con algunos vecinos, y, finalmente, todos llegaron a la unánime conclusión de que, al parecer, aquel era el sino de María Gavrílovna, que contra el destino todo es inútil, que la pobreza no es pecado, que no se vive con el dinero sino con el compañero, y así sucesivamente. Los proverbios morales son asombrosamente útiles en los casos en que, por mucho que lo intentemos, no se nos ocurre nada para justificarnos.

Entretanto, la señorita empezó a reponerse. A Vladimir hacía mucho tiempo que no se le veía en casa de Gavrila Gavrílovich. El joven estaba escarmentado por los recibimientos de rigor. Decidieron mandar a buscarlo y anunciarle la inesperada y feliz decisión: el consentimiento para la boda. ¡Pero cuál no sería el asombro de los señores de Nenarádovo cuando, en respuesta a la invitación, recibieron de él una carta más propia de un loco! En ella les informaba que jamás volvería a poner los pies en aquella casa, y les rogaba que se olvidaran de él, pues para un hombre tan desdichado como él no quedaba más esperanza que la muerte. Al cabo de unos días se enteraron que Vladimir se había incorporado al ejército. Esto sucedía en 1812.

Durante largo tiempo nadie se atrevió a informar del hecho a la convaleciente Masha. Ésta nunca mencionaba a Vladimir. Al cabo ya de varios meses, al descubrir su nombre entre los oficiales distinguidos y gravemente heridos en la batalla de Borodinó, Masha se desmayó, y se temió que le retornaran las calenturas. Pero, gracias a Dios, el desmayo no tuvo consecuencias.

Otra desgracia cayó sobre ella: falleció Gavrila Gavrílovich, dejándola heredera de toda la propiedad. Pero la herencia no la consoló; compartió sinceramente el dolor de la pobre Praskovia Petrovna y juró no separarse nunca de ella. Ambas dejaron Nenarádovo, lugar de tristes recuerdos, y se marcharon.

También aquí los pretendientes revoloteaban en torno a la hermosa y rica joven: pero ella no daba la más pequeña esperanza a nadie. A veces su madre insistía en que debía elegir al compañero de su vida, pero María Gavrílovna negaba con la cabeza y se quedaba pensativa. Vladimir ya no existía: había muerto en Moscú, en vísperas de la entrada de los franceses. Su recuerdo era sagrado para Masha; al menos la joven guardaba todo lo que pudiera recordarle: los libros que un día él había leído, sus dibujos, las partituras y los versos que él había copiado para ella. Los vecinos, enterados de todo, se asombraban de su constancia y esperaban con curiosidad al héroe que debería, al fin, acabar venciendo la desdichada fidelidad de la virginal Artemisa.

Entretanto la guerra había acabado gloriosamente. Nuestros regimientos retornaban de las fronteras. El pueblo salía corriendo a su encuentro. Se entonaban las canciones conquistadas: Vive Henri-Quatre, valses tiroleses y arias de la Joconde. Los oficiales, que habían partido a la guerra siendo casi unos muchachos, regresaban, templados en el aire del combate, hechos unos hombres y cubiertos de cruces. Los soldados, en sus alegres charlas, entremezclaban a cada momento palabras alemanas y francesas. ¡Qué tiempo inolvidable! ¡Días de gloria y de entusiasmo! ¡Con qué fuerza latía el corazón ruso ante la palabra patria! ¡Qué dulces las lágrimas en los encuentros! ¡Con qué unanimidad se fundía en nosotros el sentimiento del orgullo nacional con el amor al soberano! ¡Y para él, qué momento sublime!

Las mujeres, las mujeres rusas no tuvieron rival en aquel tiempo. Su habitual frialdad desapareció. Su entusiasmo era auténticamente embriagador cuando al recibir a los vencedores gritaban: ¡Hurra! Y al aire sus cofias lanzaban. ¿Qué oficial de aquel entonces no reconoce que debe a la mujer rusa la condecoración más noble y preciosa? En aquel tiempo esplendoroso María Gavrílovna vivía con su madre en la provincia y no podía ver cómo las dos capitales celebraban el regreso de las tropas. Pero en los distritos y en los pueblos el entusiasmo general era tal vez aún mayor. La aparición de un oficial por aquellos lugares era para éste un auténtico paseo triunfal, y el enamorado vestido de frac lo pasaba mal a su lado.

Ya hemos dicho que, a pesar de su frialdad, María Gavrílovna seguía como antes rodeada de pretendientes. Pero todos debieron ceder su lugar cuando en el castillo de la doncella apareció el coronel de húsares Burmín, herido, con una cruz de San Jorge en el ojal y de una interesante palidez, como decían las damiselas del lugar. Tenía alrededor de veintiséis años. Había venido de permiso a su propiedad, vecina a la aldea de María Gavrílovna. María Gavrílovna le prestaba un interés particular. Ante él su acostumbrado semblante pensativo se animaba. No se podría decir que coqueteara con él, pero el poeta, ante el modo de comportarse de la joven, hubiera dicho: Se amor non è, che dunque?

Burmín era realmente un joven muy agradable. Poseía justamente esa inteligencia que gusta a las mujeres: el saber del decoro y de la observación, carente de toda pretensión y dotado de una despreocupada ironía. Su actitud hacia María Gavrílovna era sencilla y libre; pero, cualquier cosa que dijera o hiciera ella, el alma y la mirada del joven no dejaban de seguirla. Parecía de un carácter callado y discreto, y si bien los rumores aseguraban que en su tiempo fue un terrible calavera, ello no empañaba su imagen ante María Gavrílovna, que (como todas las jóvenes en general) perdonaba de buen grado las travesuras que evidenciaban valentía y carácter encendido.

Pero sobre todo (más que su delicadeza y agradable conversación, más que la interesante palidez, más que el brazo vendado), lo que alimentaba sobremanera su curiosidad e imaginación era el silencio del joven húsar. María Gavrílovna no podía ignorar que ella le gustaba mucho: probablemente, también él, con su inteligencia y saber, ya podía haber notado que ella le distinguía. ¿A qué se debía entonces que ella no lo hubiera visto postrado a sus pies ni oído su declaración de amor? ¿Qué lo retenía? ¿La timidez, inseparable de todo verdadero amor, el orgullo, o la coquetería de un astuto conquistador? Era para ella un enigma. Tras meditarlo bien, llegó a la conclusión de que la única razón para tal comportamiento era la timidez; se propuso animarlo mostrando hacia él mayor interés y, según las circunstancias, ternura incluso. Se preparaba para el desenlace más inesperado y aguardaba con impaciencia el momento de la romántica declaración de amor, pues el secreto, sea éste el que fuere, es siempre un peso difícil de llevar para el corazón de una mujer. Sus movimientos estratégicos lograron el éxito deseado: al menos Burmín se sumió en un estado de ensimismamiento tal y sus ojos negros se detenían en María Gavrílovna con tanto fuego, que el momento decisivo parecía próximo. Los vecinos ya hablaban de la boda como de una cosa hecha, y la buena Praskovia Petrovna se mostraba contenta de que, por fin, su hija hubiera encontrado un novio digno de ella. Una día la anciana se hallaba sola en el salón haciendo un solitario, cuando Burmín entró en la habitación y al punto preguntó por María Gavrílovna.

-Está en el jardín -dijo la anciana-. Vaya a verla, que yo lo esperaré aquí.

Burmín salió, y la anciana se santiguó y se dijo: ¡Ojalá hoy se decida todo! Burmín encontró a María Gavrílovna junto al estanque, bajo un sauce, con un libro en las manos y vestida de blanco, como una verdadera heroína de novela. Tras las primeras preguntas María Gavrílovna dejó adrede de sostener la conversación, ahondando de este modo el embarazo mutuo y del cual tal vez sólo se podría salir con una repentina y decisiva declaración de amor. Y así sucedió: Burmín, sintiendo lo difícil de su situación, le dijo que hacía tiempo que buscaba el momento para abrirle su corazón y le rogó un minuto de su atención. María Gavrílovna cerró el libro y bajó la mirada en señal de asentimiento.

-La amo -dijo Burmín-, la quiero con pasión... -María Gavrílovna enrojeció y dejó caer aún más la cabeza-. He sido un imprudente al entregarme a una dulce costumbre, al hábito de verla y escucharla cada día... Ahora ya es tarde para luchar contra mi destino; el recuerdo de usted, su imagen querida e incomparable será a partir de ahora un tormento y una dicha para mi existencia; pero aún me queda un duro deber, descubrirle un horrible secreto y levantar así entre nosotros un insalvable abismo...
-Éste siempre ha existido -lo interrumpió vivamente María Gavrílovna-. Nunca hubiera podido ser su esposa...
-Lo sé -le dijo él en voz baja-. Sé que en un tiempo usted amó, pero la muerte y tres años de dolor... ¡Mi buena, mi querida María Gavrílovna! No intente privarme de mi único consuelo, de la idea de que usted hubiera aceptado hacer mi felicidad si... Calle, por Dios se lo ruego, calle. Me está usted torturando. Sí, lo sé, siento que usted hubiera sido mía, pero... soy la criatura más desgraciada del mundo... ¡estoy casado!

María Gavrílovna lo miró con asombro.

-¡Estoy casado -prosiguió Burmín-; hace más de tres años que lo estoy y no sé quién es mi mujer, ni dónde está, ni si la volveré a ver algún día!
-Pero ¿qué dice? -exclamó María Gavrílovna-. ¡Qué extraño! Siga, luego le contaré... pero siga, hágame el favor.
-A principios de 1812 -contó Burmín-, me dirigía a toda prisa a Vilna, donde se encontraba nuestro regimiento. Al llegar ya entrada la noche a una estación de postas, mandé enganchar cuanto antes los caballos, cuando de pronto se levantó una terrible ventisca, y el jefe de postas y los cocheros me aconsejaron esperar. Les hice caso, pero un inexplicable desasosiego se apoderó de mí; parecía como si alguien no parara de empujarme. Mientras tanto la tempestad no amainaba, no pude aguantar más y mandé enganchar de nuevo y me puse en camino en medio de la tormenta. Al cochero se le ocurrió seguir el río, lo que debía acortarnos el viaje en tres verstas. Las orillas estaban cubiertas de nieve: el cochero pasó de largo el lugar donde debíamos retomar el camino, y de este modo nos encontramos en un paraje desconocido. La tormenta no amainaba; vi una lucecita y mandé que nos dirigiéramos hacia ella. Llegamos a una aldea: en la iglesia de madera había luz. La iglesia estaba abierta, tras la valla se veían varios trineos: por el atrio iba y venía gente.

-¡Aquí! ¡Aquí! -gritaron varias voces- Pero, por Dios, ¿dónde te habías metido? -me dijo alguien- La novia está desmayada, el pope no sabe qué hacer; ya nos disponíamos a irnos. Entra rápido.

Salté en silencio del trineo y entré en la iglesia débilmente iluminada con dos o tres velas. La joven se sentaba en un banco, en un rincón oscuro de la iglesia; otra muchacha le fregaba las sienes.
-Gracias a Dios -dijo ésta-, al fin ha llegado usted. Casi nos consume usted a la señorita.
Un viejo sacerdote se me acercó para preguntarme:
-¿Podemos comenzar?
Empiece, empiece, padre, le dije distraído. Pusieron en pie a la señorita. No me pareció fea... Una ligereza incomprensible, imperdonable, sí... Me coloqué a su lado ante el altar: el sacerdote tenía prisa: los tres hombres y la doncella sostenían a la novia y no se ocupaban más que de ella. Nos desposaron.
-Bésense- nos dijeron.
Mi esposa dirigió hacia mí su pálido rostro. Yo quise darle un beso... Ella gritó:
-¡Ah, no es él! ¡no es él!
Y cayó sin sentido. Los padrinos me dirigieron sus espantadas miradas. Yo me di la vuelta, salí de la iglesia sin encontrar obstáculo alguno, me lancé hacia la kibitka y grité: ¡En marcha!
-¡Dios mío! -exclamó María Gavrílovna-. ¿Y no sabe usted qué pasó con su pobre esposa?
-No lo sé -dijo Burmín-, no sé cómo se llama la aldea en que me casé, no recuerdo de qué estación de postas había salido. Por entonces le di tan poca importancia a mi criminal travesura, que, al dejar atrás la iglesia, me dormí y desperté al día siguiente por la mañana, ya en la tercera estación de postas. Mi sirviente, que entonces viajaba conmigo, murió durante la campaña, de manera que ahora no tengo ni la esperanza siquiera de encontrar a la mujer a la que gasté una broma tan cruel y que ahora tan cruelmente se ha vengado de mí.

-¡Dios mío, Dios mío! -dijo María Gavrílovna agarrándole la mano-. ¡De modo que era usted! ¿No me reconoce?

Burmín palideció y se arrojó a sus pies.

Alexander Pushkin (1799-1837)

La Reina de Picas de Alexander Pushkin


La Reina de Picas (Pikovaya dama) es un relato del escritor ruso Alexander Pushkin. Fue escrito durante 1833 y publicado en 1834 en la revista literaria Biblioteka dlya chteniya; convirtiéndose inmediatamente en un clásico de la literatura rusa del romanticismo.







Pikovaya dama; Alexander Pushkin (1799-1837)

La dama de picas significa malevolencia secreta.
Novísimo tratado de cartomancia
I.
Y en los días de lluvia se solían reunir a menudo.
Y—¡que Dios les perdone!—
apostaban a cien la jugada.
Y a veces ganaban,
apuntaban con tiza las deudas.
De este modo ocupaban, en los días de lluvia,
su tiempo.

Un día en casa del oficial de la Guardia Narúmov jugaban a las cartas. La larga noche de invierno pasó sin que nadie lo notara; se sentaron a cenar pasadas las cuatro de la mañana. Los que habían ganado comían con gran apetito; los demás permanecían sentados ante sus platos vacíos con aire distraído. Pero apareció el champán, la conversación se animó y todos tomaron parte en ella.

—¿Qué has hecho, Surin?—preguntó el amo de la casa.
—Perder, como de costumbre. He de admitir que no tengo suerte: juego sin subir las apuestas, nunca me acaloro, no hay modo de sacarme de quicio, ¡y de todos modos sigo perdiendo!
—¿Y alguna vez no te has dejado llevar por la tentación? ¿Ponerlo todo a una carta?... Me asombra tu firmeza...
—¡Pues ahí tenéis a Guermann!—dijo uno de los presentes señalando a un joven oficial de ingenieros—. ¡Jamás en su vida ha tenido una carta en las manos, nunca ha hecho ni un pároli, y, en cambio, se queda con nosotros hasta las cinco a mirar cómo jugamos!
—Me atrae mucho el juego—dijo Guermann—, pero no estoy en condiciones de sacrificar lo imprescindible con la esperanza de salir sobrado.
—Guermann es alemán, cuenta su dinero, ¡eso es todo! —observó Tomski—. Pero si hay alguien a quien no entiendo es a mi abuela, la condesa Anna Fedótovna.
—¿Cómo?, ¿quién?—exclamaron los contertulios.
—¡No me entra en la cabeza —prosiguió Tomski—, cómo puede ser que mi abuela no juegue!
—¿Qué tiene de extraño que una vieja ochentona no juegue? —dijo Narúmov.
—¿Pero no sabéis nada de ella?
—¡ No! ¡ De verdad, nada!
—¿No? Pues, escuchad:

Debéis saber que mi abuela, hará unos sesenta años, vivió en París e hizo allí auténtico furor. La gente corría tras ella para ver a la Vénus moscovite; Richelieu estaba prendado de ella y la abuela asegura que casi se pega un tiro por la crueldad con que ella lo trató. En aquel tiempo las damas jugaban al faraón. Cierta vez, jugando en la corte, perdió bajo palabra con el duque de Orleáns no sé qué suma inmensa. La abuela al llegar a casa, mientras se despegaba los lunares de la cara y se desataba el miriñaque, le comunicó al abuelo que había perdido en el juego y le mandó que se hiciera cargo de la deuda. Por cuanto recuerdo, mi difunto abuelo era una especie de mayordomo de la abuela. La temía como al fuego y, sin embargo, al oír la horrorosa suma, perdió los estribos: se trajo el libro de cuentas y, tras mostrarle que en medio año se habían gastado medio millón y que ni su aldea cercana a Moscú ni la de Saratov se encontraban en las afueras de París, se negó en redondo a pagar. La abuela le dio un bofetón y se acostó sola en señal de enojo.

Al día siguiente mandó llamar a su marido con la esperanza de que el castigo doméstico hubiera surtido efecto, pero lo encontró incólume. Por primera vez en su vida la abuela accedió a entrar en razón y a dar explicaciones; pensaba avergonzarlo, y se dignó a demostrarle que había deudas y deudas, como había diferencia entre un príncipe y un carretero. ¡Pero ni modo! ¡El abuelo se había sublevado y seguía en sus trece! La abuela no sabía qué hacer. Anna Fedótovna era amiga íntima de un hombre muy notable. Habréis oído hablar del conde Saint-Germain, de quien tantos prodigios se cuentan. Como sabréis, se hacía pasar por el Judío errante, por el inventor del elixir de la vida, de la piedra filosofal y de muchas cosas más. La gente se reía de él tomándolo por un charlatán, y Casanova en sus Memorias dice que era un espía. En cualquier caso, a pesar de todo el misterio que lo envolvía, Saint-Germain tenía un aspecto muy distinguido y en sociedad era una persona muy amable. La abuela, que lo sigue venerando hasta hoy y se enfada cuando hablan de él sin el debido respeto, sabía que Saint-Germain podía disponer de grandes sumas de dinero, y decidió recurrir a él. Le escribió una nota en la que le pedía que viniera a verla de inmediato.

El estrafalario viejo se presentó al punto y halló a la dama sumida en una horrible pena. La mujer le describió el bárbaro proceder de su marido en los tonos más negros, para acabar diciendo que depositaba todas sus esperanzas en la amistad y en la amabilidad del francés.

Saint-Germain se quedó pensativo.

—Yo puedo proporcionarle esta suma—le dijo—, pero como sé que usted no se sentiría tranquila hasta no resarcirme la deuda, no querría yo abrumarla con nuevos quebraderos de cabeza. Existe otro medio: puede usted recuperar su deuda.
—Pero, mi querido conde—le dijo la abuela—, si le estoy diciendo que no tenemos nada de dinero. —Ni falta que le hace—replicó Saint-Germain—: tenga la bondad de escucharme.

Y entonces le descubrió un secreto por el cual cualquiera de nosotros daría lo que fuera...
Los jóvenes jugadores redoblaron su atención. Tomski encendió una pipa, dio una bocanada y prosiguió su relato:
—Aquel mismo día la abuela se presentó en Versalles, au jeu de la Reine. El duque de Orleáns llevaba la banca; la abuela le dio una vaga excusa por no haberle satisfecho la deuda, para justificarse se inventó una pequeña historia y se sentó enfrente apostando contra él. Eligió tres cartas, las colocó una tras otra: ganó las tres manos y recuperó todo lo perdido.
—¡Por casualidad!—dijo uno de los contertulios.
—¡Esto es un cuento! —observó Guermann.
—¿No serían cartas marcadas? —añadió un tercero.
—No lo creo—respondió Tomski con aire grave.
—¡Cómo!—dijo Narúmov—. ¿Tienes una abuela que acierta tres cartas seguidas y hasta ahora no te has hecho con su cabalística?
—¡Qué más quisiera!—replicó Tomski—. La abuela tuvo cuatro hijos, entre ellos a mi padre: los cuatro son unos jugadores empedernidos y a ninguno de los cuatro les ha revelado su secreto; aunque no les hubiera ido mal, como tampoco a mí, conocerlo.

Pero oíd lo que me contó mi tío el conde Iván Ilich, asegurándome por su honor la veracidad de la historia. El difunto Chaplitski—el mismo que murió en la miseria después de haber despilfarrado sus millones—, cierta vez en su juventud y, si no recuerdo mal, con Zórich, perdió cerca de trescientos mil rublos. El hombre estaba desesperado. La abuela, que siempre había sido muy severa con las travesuras de los jóvenes, esta vez parece que se apiadó de Chaplitski. Le dio tres cartas para que las apostara una tras otra y le hizo jurar que ya no jugaría nunca más. Chaplitski se presentó ante su ganador; se pusieron a jugar. Chaplitski apostó a su primera carta cincuenta mil y ganó; hizo un pároli y lo dobló en la siguiente jugada, y así saldó su deuda y aún salió ganado... Pero es hora de irse a dormir: ya son las seis menos cuarto.

En efecto, ya amanecía: los jóvenes apuraron sus copas y se marcharon.

II.
Il paraît que monsieur est décidément pour les suivantes.
Que voulez-vous, madame? Elles sont plus fraîches.

La vieja condesa ••• se hallaba en su tocador ante el espejo. La rodeaban tres doncellas. Una sostenía un tarro de arrebol; otra, una cajita con horquillas, y la tercera, una alta cofia con cintas de color de fuego. La condesa no pretendía en lo más mínimo verse hermosa, su belleza hacía tiempo que se había marchitado, pero conservaba todos los hábitos de sus años jóvenes, seguía rigurosamente la moda de los setenta y se vestía con la misma lentitud, con el mismo esmero de hace sesenta años. Junto a la ventana se sentaba ante su labor una señorita, su pupila.

—Buenos días, grand'maman—dijo al entrar un joven oficial—. Bonjour, mademoiselle Lise. Grand' maman, he venido a pedirle un favor.
—¿Qué, Paúl?
—Quisiera presentarle a uno de mis compañeros para que lo invite usted a su baile el viernes.
—Tráelo directamente a la fiesta y allí me lo presentas. ¿Estuviste ayer en casa de •••?
—¡Cómo no! Fue una fiesta muy alegre; bailamos hasta las cinco. ¡Yelétskaya estuvo encantadora!
—¡Qué dices, querido! ¡Qué tiene de encantadora esa muchacha? Ni comparar con su abuela, la princesa Daria Petrovna... Por cierto, ¿la princesa Daria Petrovna se verá muy envejecida?
—¿Cómo, envejecida?—respondió distraído Tomski—, si se murió hará unos siete años.

La señorita levantó la cabeza e hizo una seña al joven. Éste recordó que a la vieja condesa le ocultaban la muerte de las mujeres de su edad y se mordió el labio. Pero la condesa escuchó la noticia, nueva para ella, con gran indiferencia.

—¡Ha muerto! —dijo—. Y yo sin saberlo. Pues cuando nos hicieron damas de honor a las dos, su majestad...
Y por centésima vez empezó a contar la anécdota a su nieto.
—Bien Paúl—dijo luego—, ahora ayúdame a levantarme. Liza, ¿dónde está mi tabaquera?
La condesa se dirigió con sus doncellas detrás del biombo para acabar de arreglarse y Tomski se quedó con la señorita.
—¿A quién le quiere presentar? —preguntó en voz baja Lizaveta Ivánovna.
—A Narúmov. ¿Lo conoce?
—¡No! ¿Es militar o civil?
—Militar.
—¿Ingeniero?
—No. De caballería. ¿Y por qué ha creído usted que era ingeniero?
La señorita se rió, pero no dijo ni palabra.
—¡Paúl!—gritó la condesa desde detrás del biombo—, mándame alguna novela nueva, pero, por favor, que no sea de las de ahora.
—¿Cómo es eso, grand'maman?
—Quiero decir, una novela en la que el héroe no estrangule a su padre o a su madre, y en la que no haya ahogados. ¡Tengo un pánico terrible a los ahogados!
—Novelas así hoy ya ni existen. ¿No querrá una novela rusa?
—¿Pero es que hay novelas rusas?... ¡Pues mándame una, querido, te lo ruego, mándamela!
—Le ruego que me excuse, grand'maman: tengo prisa... Perdone, Lizaveta Ivánovna. Pero, ¿por qué ha pensado usted que Narúmov era ingeniero?
Y Tomski abandonó el tocador.

Lizaveta Ivánovna se quedó sola: abandonó su labor y se puso a mirar por la ventana. Al poco, a un lado de la calle, desde la casa de la esquina, apareció un joven oficial. Un rubor cubrió las mejillas de la señorita, que retornó a su labor e inclinó la cabeza hasta la misma trama. En este momento entró la condesa ya del todo arreglada.

—Liza —se dirigió a la señorita—, manda que enganchen la carroza, vamos a dar un paseo.
Liza se levantó y se puso a recoger su labor.
—¡Pero, por Dios, chiquilla, ¿estás sorda?!—gritó la condesa—. Manda que enganchen cuanto antes la carroza.
—¡Ahora mismo! —respondió con voz queda la señorita y echó a correr hacia el recibidor.
Entró un sirviente y entregó a la condesa unos libros de parte del príncipe Pável Aleksándrovich.
—¡Bien! Que le den las gracias —dijo la condesa—. ¡Liza, Liza! Pero ¿adónde vas corriendo?
—A vestirme.
—Ya tendrás tiempo, chiquilla. Siéntate aquí. Abre el primer tomo; lee en voz alta...
La señorita tomó el libro y leyó varias líneas.
—¡Más alto! —dijo la condesa—. ¿Qué te pasa, chiquilla? ¿Has perdido la voz, o qué?... Espera; acércame el banco un poco más... ¡más cerca!
Lizaveta Ivánovna leyó dos páginas más. La condesa bostezó.
—Deja ese libro—dijo—, ¡qué estupidez! Devuélvele eso al príncipe Pável y di que se lo agradezcan de mi parte... Pero, ¿qué pasa con la carroza?
—Ya está lista—dijo Lizaveta Ivánovna lanzando una mirada hacia la ventana.
—¿Y qué haces que no estás vestida? —dijo la condesa—. ¡Siempre hay que esperarte! Chiquilla, esto resulta insoportable.

Liza corrió a su habitación. No pasaron ni dos minutos que la condesa se puso a tocar la campanilla con todas sus fuerzas. Las tres doncellas entraron corriendo por una puerta, y el ayuda de cámara, por otra.
—¿Qué pasa que no hay modo de que vengáis cuando se os llama?—les dijo la condesa—. Decidle a Lizaveta Ivánovna que la estoy esperando.
Entró Lizaveta Ivánovna, con la capa y el sombrero.
—¡Por fin, muchacha! —dijo la condesa—. ¡Qué emperifollada! ¿Para qué?... ¿A quién quieres engatusar?... ¿Y el tiempo, qué tal? Parece que haga viento.
—¡De ningún modo, excelencia! ¡Todo está en calma! —replicó el ayuda de cámara.
—Siempre habláis sin ton ni son. Abrid la ventanilla. Lo que yo decía: ¡hace viento! ¡Y helado!
¡Que desenganchen la carroza! No vamos a salir, Liza, te está bien por disfrazarte tanto.
«¡Qué vida!», pensó Lizaveta Ivánovna.

En efecto Lizaveta Ivánovna era una criatura desdichada. Amargo sabe el pan ajeno, dice Dante, y pesados los escalones de una casa extraña, ¿y quién mejor que la pobre pupila de una vieja aristócrata para conocer la amargura de la dependencia? La condesa ••• no tenía mal corazón, por supuesto, pero era antojadiza, como toda mujer mimada por la alta sociedad, avara y llena de frío egoísmo, como toda la gente mayor, que tras haber agotado en su tiempo el amor, hoy vive de espaldas al presente. Participaba en todas las vanidades del gran mundo, asistía a los bailes, donde se sentaba en un rincón, con la cara pintada y vestida a la vieja moda, igual que un ornamento deforme e imprescindible del salón; los invitados al llegar se le acercaban entre profundas reverencias, como si lo mandara el ceremonial, pero luego ya nadie se ocupaba de ella. Recibía en su casa a toda la ciudad, observando la más rigurosa etiqueta y no reconocía a nadie por la cara. Su numerosa servidumbre, que engordaba y encanecía en su antesala y en el cuarto de las doncellas, hacía lo que le venía en gana y desplumaba a cuál más a la moribunda anciana.

Lizaveta Ivánovna era la mártir de la casa. Ella servía el té y recibía las reprimendas por el excesivo gasto de azúcar; leía en voz alta las novelas y era la culpable de todos los errores del autor; acompañaba a la vieja en sus paseos y respondía del tiempo y por el estado del empedrado. Se le había asignado un sueldo que nunca le acababan de pagar; en cambio, se le exigía que fuera vestida como todas, es decir, como muy pocas. En sociedad desempeñaba el papel más lamentable. Todos la conocían, pero nadie notaba su presencia; en las fiestas sólo bailaba cuando faltaba alguien para un vis-à-vis y las damas se la llevaban del brazo siempre que, para recomponer algo de sus atuendos, debían ir al tocador. Tenía mucho amor propio, se apercibía vivamente de su condición y miraba a su alrededor esperando con impaciencia a su salvador. Pero los jóvenes calculadores en su despreocupada vanidad, no le prestaban atención, aunque Lizaveta Ivánovna era cien veces más hermosa que las descaradas y frías muchachas casaderas en cuyo derredor aquellos revoloteaban. ¡Cuántas veces, tras abandonar imperceptiblemente el aburrido y suntuoso salón, se retiraba a llorar a su modesto cuarto con un biombo empapelado, una cómoda, un pequeño espejo y una cama pintada, y donde la vela de sebo ardía mortecina sobre una palmatoria de bronce!

En cierta ocasión—esto sucedía a los dos días de la velada descrita al comienzo del relato y una semana antes de la escena en que nos hemos detenido—, Lizaveta Ivánovna, sentada junto a la ventana con su bastidor, miró casualmente a la calle y vio a un joven oficial de ingenieros que inmóvil mantenía fija la mirada en su ventana. La joven bajó la cabeza y retornó a su labor; al cabo de cinco minutos miró de nuevo: el joven oficial seguía en el mismo lugar. Como no tenía costumbre de coquetear con cualquier oficial, dejó de mirar al exterior y estuvo bordando cerca de dos horas sin levantar la cabeza. Llamaron a comer. La joven se levantó, comenzó a recoger el bastidor y, al echar un vistazo casual a la calle, de nuevo vio al oficial. El hecho le pareció bastante extraño. Después de comer se acercó a la ventana con sensación de cierto desasosiego, pero el oficial ya no estaba, y se olvidó de él... Al cabo de dos días, al salir con la condesa a tomar la carroza, lo vio de nuevo. Estaba justo delante del portal, con la cara cubierta con un cuello de piel de castor: sus ojos negros centelleaban bajo el gorro. Lizaveta Ivánovna, ella misma sin saber por qué, se asustó y subió a la carroza con un temblor inexplicable.

Al regresar a casa, corrió a la ventana: el oficial estaba donde siempre, con la mirada fija en ella. La joven se apartó venciendo la curiosidad, turbada por un sentimiento completamente nuevo para ella. Desde entonces no había día en que el joven, a la misma hora, no apareciera bajo las ventanas de la casa. Entre ambos se estableció una relación inadvertida. Sentada junto a su labor, ella notaba su llegada, levantaba la cabeza y lo miraba cada vez más largo rato. El joven parecía estarle agradecido por ello: la muchacha, con la aguda mirada de la juventud, veía cómo un repentino rubor cubría las pálidas mejillas del oficial cada vez que sus miradas se encontraban. Al cabo de una semana ella le sonrió...

Cuando Tomski vino a pedir permiso a la condesa para presentarle a su amigo, el corazón de la pobre muchacha latió con fuerza. Pero, al enterarse de que Narúmov no era un oficial de ingenieros, sino de caballería, lamentó que con aquella indiscreta pregunta hubiera descubierto al alocado Tomski su secreto.

Guermann era hijo de un alemán afincado en Rusia que había dejado a su hijo un pequeño capital. Firmemente convencido como estaba de la necesidad de afianzar su independencia, Guermann no tocaba siquiera los intereses del dinero, vivía de su paga y no se permitía el menor de los caprichos. Pero dado su carácter reservado y ambicioso, sus compañeros rara vez tenían ocasión de burlarse de su desmedido sentido del ahorro. Era un hombre de fuertes pasiones y con una desbocada imaginación, pero su entereza lo había salvado de los acostumbrados extravíos de la juventud. Así, por ejemplo siendo en el fondo de su alma un jugador, nunca había tocado unas cartas, pues estimaba que su fortuna no le permitía (como solía decir) sacrificar lo imprescindible con la esperanza de salir sobrado, y, entretanto, se pasaba noches enteras en torno a las mesas de juego y seguía con frenesí febril cada una de las evoluciones de la partida.

La anécdota de las tres cartas impresionó poderosamente su imaginación y en toda la noche no le salió de la cabeza.
«¡Qué pasaría si la vieja condesa me descubre su secreto! —pensaba en la tarde del día siguiente vagando por Petersburgo—, ¡o si me indica las tres cartas de la suerte! ¿Por qué no puedo yo probar fortuna?... Podría presentarme a ella, ganarme su favor, tal vez convertirme en su amante; aunque para todo esto se necesita tiempo, y la vieja tiene ochenta y siete años, puede morirse en una semana, ¡o dentro de dos días!... Y la historia misma... ¿Se puede creer en ella?... ¡No! ¡Las cuentas claras, la moderación y el amor al trabajo: éstas son mis tres cartas de la suerte! ¡Esto es lo que triplicará, lo que multiplicará por siete mi capital y me permitirá alcanzar el sosiego y la independencia!»

Pensando de este modo se encontró en una de las calles principales de Petersburgo, ante una casa de estilo antiguo. El paseo estaba abarrotado de coches, las carrozas se detenían una tras otra ante el iluminado portal. De ellas a cada instante asomaba o la esbelta pierna de una bella joven, o una estruendosa bota, ya una media a rayas, ya los botines de un diplomático. Abrigos de piel y capotes se deslizaban ante un majestuoso portero. Guermann se detuvo.

—¿De quién es esta casa?—preguntó al guardia de la garita de la esquina.
—De la condesa •••—contestó el de la garita.

Guermann se estremeció. De nuevo en su imaginación se dibujó la asombrosa historia. Se puso a rondar junto a la casa pensando en su dueña y en su mágico don. Regresó tarde a su humilde rincón, tardó mucho en dormirse, y cuando le venció el sueño se le aparecieron unas cartas, una mesa verde, montañas de billetes y montones de monedas. Tiraba una carta tras otra, doblaba las apuestas con decisión, ganaba sin parar, recogía el oro a manos llenas y atestaba de billetes los bolsillos.

Al despertar, tarde ya, suspiró ante la pérdida de su fantástica fortuna, se marchó a vagar de nuevo por la ciudad y otra vez se encontró ante la casa de la condesa •••. Al parecer, una fuerza invisible lo atraía hacia el lugar. Se detuvo y se puso a mirar a las ventanas. En una de ellas vio una cabecita de cabellos morenos, inclinada seguramente sobre algún libro o una labor. La cabecita se alzó. Guermann vio un rostro fresco y unos ojos negros. Aquel instante decidió su suerte...

No había tenido tiempo Lizaveta Ivánovna de quitarse la capa y el sombrero que ya la condesa la había mandado llamar para ordenarle que engancharan de nuevo los caballos. En el preciso momento en que dos lacayos levantaban a la vieja y la introducían a través de las portezuelas en la carroza, Lizaveta Ivánovna vio junto a la misma rueda a su ingeniero; él la asió de la mano, ella no pudo reaccionar del susto, y el joven desapareció: en la mano de la muchacha quedó una carta. La escondió dentro del guante y durante todo el paseo ni vio ni oyó nada.

En la carroza la condesa tenía la costumbre de hacer preguntas sin parar: ¿quién es ese que se ha cruzado con nosotros?, ¿cómo se llama este puente?, ¿qué dice ese anuncio? En esta ocasión Lizaveta Ivánovna contestaba sin ton ni son y a destiempo a las preguntas y enojó a la condesa.
—¡¿Qué te ocurre, chiquilla?! ¿O es que te ha dado un pasmo? ¿Qué pasa, no me oyes o no me entiendes?... ¡Gracias a Dios que no soy tartamuda ni he perdido la razón!

Lizaveta Ivánovna no la escuchaba. De regreso a casa corrió a su cuarto, sacó del guante la carta: no estaba sellada. Lizaveta Ivánovna la leyó. La nota contenía una declaración de amor: unas palabras tiernas, respetuosas y tomadas letra por letra de una novela alemana. Pero Lizaveta Ivánovna no sabía alemán y quedó muy satisfecha. Y, sin embargo, la carta, que ella había aceptado, la dejó sumamente preocupada. Era la primera vez que entablaba una relación secreta y estrecha con un hombre joven. El atrevimiento de éste la horrorizaba. Se reprochaba su imprudente conducta y no sabía qué hacer: ¿dejar de sentarse junto a la ventana y, con su desdén, enfriar en el joven oficial su afán de proseguir con el acoso?, ¿devolverle la carta?, ¿o bien responderle en tono frío y decidido? No tenía a quién pedir consejo, ni una amiga, o mentora. Lizaveta Ivánovna optó por contestar.

Se sentó a la mesa del escritorio, tomó pluma y papel y se puso a pensar. Comenzó la carta varias veces y la rompió otras tantas: unas su tono le parecía demasiado condescendiente, otras en exceso cruel. Por fin logró escribir varias líneas de las que se sintió satisfecha:

Estoy convencida de que sus intenciones son honestas —escribía—y que con este paso irreflexivo no ha querido usted ofenderme; pero nuestro trato no debería dar comienzo de este modo. Le devuelvo la carta esperando no tener motivos para lamentar en el futuro una inmerecida falta de respeto por su parte.

Al día siguiente, al ver pasar a Guermann, Lizaveta Ivánovna se levantó abandonando su labor, entró en la sala, abrió la ventanilla y, confiando en la destreza del joven oficial, arrojó la carta a la calle. Guermann se lanzó hacia el lugar, recogió el sobre y entró en una confitería. Arrancando el sello encontró su carta y la respuesta de Lizaveta Ivánovna. Era justo lo que esperaba, y muy absorto en su intriga regresó a su casa.

Tres días después, una mademoiselle jovencita y de ojos vivarachos trajo de una tienda de modas una nota para Lizaveta Ivánovna. Ésta la abrió preocupada temiendo encontrarse con algún pago que le reclamaban, pero, de pronto, reconoció la letra de Guermann.

—Se ha equivocado usted, jovencita —dijo—; esta nota no es para mí.
—No. ¡Es para usted, seguro!—respondió la valiente chica sin esconder una sonrisa maliciosa—. ¡Tenga la bondad de leerla!
Lizaveta Ivánovna recorrió la hoja de papel. Guermann le pedía una cita.
—¡No puede ser! —dijo Lizaveta Ivánovna asustada tanto por lo apremiante de la petición como por el método empleado para hacerla—. ¡Seguro que no es para mí! —y rompió la carta en pequeños pedacitos.
—Si no era para usted, entonces ¿por qué ha roto la carta?—dijo la mademoiselle—. Se la habría devuelto a quien la ha mandado.
—Le ruego, jovencita —replicó Lizaveta Ivánovna ruborizándose ante aquella observación—, que en adelante no me traiga más notas. Y a quien la envía dígale que debería darle vergüenza...
Pero Guermann no se dio por vencido. Lizaveta Ivánovna, de un modo o de otro, recibía notas suyas cada día. Ya no eran cartas traducidas del alemán. Guermann las escribía inspirado por la pasión, hablaba con sus propias palabras: en ellas se expresaba tanto lo irrenunciable de su deseo, como el desorden de su desbocada imaginación. Lizaveta Ivánovna abandonó la idea de devolver las cartas: se embriagaba con ellas; comenzó a contestarlas, y sus notas por momentos se tornaban más largas y más tiernas. Por fin le arrojó por la ventanilla la carta siguiente:

Hoy se celebra un baile en casa del embajador de •••. La condesa irá. Nos quedaremos hasta las dos. He aquí la ocasión para verme a solas. En cuanto la condesa se haya marchado, lo más probable es que los sirvientes también se vayan; en el zaguán se queda el conserje, pero acostumbra a encerrarse en su cuartucho. Venga usted hacia las once y media. Diríjase directamente a la escalinata. Si se encuentra a alguien en el recibidor pregunte usted si la condesa está en casa. Le dirán que no y, ¡qué le vamos a hacer!. deberá usted marcharse. Pero es probable que no encuentre usted a nadie. Las doncellas se recluyen todas en su alcoba. Del recibidor diríjase hacia la izquierda, siga todo recto hasta el dormitorio de la condesa. Allí, tras el biombo verá usted dos pequeñas puertas. La de la derecha da al despacho, donde la condesa no entra nunca; la de la izquierda, a un pasillo, allí verá una estrecha escalera de caracol. La escalera conduce a mi cuarto.

Guermann se estremecía como un tigre, en espera del momento señalado. A las diez de la noche ya se encontraba ante la casa de la condesa. El tiempo era horroroso: aullaba el viento, una nieve húmeda caía a grandes copos, las farolas ardían mortecinas, las calles estaban desiertas. De vez en cuando se arrastraba un coche de alquiler con su flaco jamelgo en busca de algún cliente rezagado. Guermann permanecía de pie, sólo con su levita, sin notar ni el viento ni la nieve.

Por fin apareció la carroza de la condesa. Guermann vio cómo los lacayos sacaron a la encorvada dama llevándola del brazo, envuelta en un abrigo de marta cebellina, y cómo, tras ella, cubierta por una capa liviana, con la cabeza adornada de flores naturales, se deslizó su pupila. Se cerraron las portezuelas. La carroza arrancó pesadamente por la fláccida nieve. El conserje cerró la puerta. La luz de las ventanas se apagó.

Guermann echó a andar junto a la casa vacía; se acercó a una farola, miró el reloj, eran las once y veinte. Se quedó junto a la farola con los ojos clavados en la aguja del reloj esperando que transcurrieran los minutos restantes.

Justo a las once y media Guermann pisó el porche de la condesa y subió al zaguán brillantemente iluminado. El conserje no estaba. Guermann subió corriendo por la escalinata, abrió la puerta y vio a un criado que dormía bajo la lámpara en un sillón vetusto y manchado. Con paso ligero y firme Guermann pasó junto a aquel. El salón y el recibidor estaban a oscuras. La lámpara los iluminaba débilmente desde la entrada.

Guermann entró en el dormitorio. En el rincón de los iconos, repleto de imágenes antiguas, ardía tenue una lamparilla de oro. Unos desteñidos sillones y divanes damasquinos con cojines de plumas y dorados desgastados se disponían en triste simetría junto a las paredes cubiertas de seda china. En una de ellas colgaban dos retratos pintados en París por madame Lebrun. Un cuadro representaba a un hombre de unos cuarenta años, sonrosado y grueso, con uniforme verde claro y una estrella; el otro, a una joven belleza de nariz aguileña, las sienes peinadas hacia arriba y una rosa en el empolvado cabello. Por todas partes asomaban pastorcillas de porcelana, un reloj de mesa obra del célebre Leroy, cofrecillos, yoyós, abanicos y diversos juguetes de señora inventados a finales del siglo pasado a la par que el globo de los Montgolfier y el magnetismo de Mesmer.

Guermann se dirigió detrás del biombo. Tras éste se encontraba una pequeña cama de hierro; a la derecha se veía una puerta que conducía al despacho; a la izquierda, otra, que daba a un pasillo. Guermann la abrió y vio la estrecha escalera de caracol que conducía al cuarto de la pobre pupila... Pero regresó y entró en el oscuro despacho.

El tiempo pasaba lentamente. Todo estaba en silencio. En el salón sonaron doce campanadas; en todas las habitaciones, uno tras otro, los relojes dieron las doce, y de nuevo todo quedó en silencio. Guermann esperaba de pie, apoyado en la fría estufa. Estaba sereno, su corazón latía acompasado, como el de un hombre decidido a una empresa peligrosa, pero necesaria. Los relojes dieron la una, luego las dos de la madrugada, y el joven oyó el lejano ruido de la carroza. Le dominó una emoción incontenible. La carroza se acercó a la casa y se detuvo. Guermann oyó el ruido del estribo al bajar. La casa se puso en movimiento. Los criados echaron a correr, sonaron voces y la casa se iluminó. Entraron corriendo en la habitación las tres viejas doncellas, y apareció la condesa que, más muerta que viva, se dejó caer en el sillón Voltaire. Guermann miraba a través de una rendija: Lizaveta Ivánovna pasó a su lado. Guermann oyó sus apresurados pasos subiendo por la escalera. En su corazón brotó y se apagó de nuevo algo parecido a un remordimiento. El joven estaba petrificado.

La condesa comenzó a desvestirse ante el espejo. Le desprendieron las agujas de la cofia adornada de rosas; le quitaron la empolvada peluca de su cabeza canosa y de pelo muy corto. Los alfileres volaban como una lluvia a su alrededor. El vestido amarillo, bordado de plata, cayó a sus pies hinchados. Guermann era testigo de los repugnantes misterios de su tocador; por fin la condesa se quedó en camisón y gorro de dormir; con este atuendo, más propio de sus muchos años, parecía menos horrorosa y deforme.

Como toda la gente mayor, también la condesa padecía de insomnio. Una vez desvestida, se sentó junto a la ventana en su sillón Voltaire y despidió a las doncellas. Se llevaron las velas y de nuevo la habitación quedó sólo iluminada con la mariposa. La condesa, toda amarilla, sentada en su sillón, meneaba sus labios fláccidos balanceándose a izquierda y derecha. En su turbia mirada se reflejaba la ausencia de todo pensamiento; al verla se podría pensar que el balanceo de la espantosa vieja, más que deberse a su propia voluntad, era fruto de un oculto galvanismo. De pronto su rostro muerto se alteró de manera indescriptible. Sus labios dejaron de moverse, la mirada cobró vida: ante la condesa se encontraba un desconocido.

—¡No se asuste, por Dios, no se asuste! —dijo éste con voz clara y queda—. No tengo la intención de hacerle daño; he venido a implorarle que me conceda una merced.

La vieja lo miraba en silencio y parecía como si no lo oyera. Guermann pensó que era sorda e, inclinándose hasta casi tocar su oreja le repitió las mismas palabras. La vieja seguía callada.

—Usted puede hacerme feliz para el resto de mi vida —prosiguió Guermann—, y no le va a costar nada: yo sé que usted puede adivinar tres cartas seguidas...
Guermann calló. La condesa, al parecer, comprendió lo que querían de ella; se diría que buscaba las palabras para responder.
—¡Aquello fue una broma! —dijo al fin—. ¡Se lo juro! ¡Una broma!
—¡Con cosas así no se bromea! —replicó enojado Guermann—. Acuérdese de Chaplitski, al que ayudó usted a recuperar su deuda.
La condesa pareció turbarse. Los rasgos de su cara reflejaron una poderosa emoción en su alma pero en seguida la anciana se sumergió en la impasividad de antes.
—¿Puede usted indicarme estas tres cartas seguras?—añadió Guermann.
La condesa seguía callada; Guermann prosiguió:
—¿Para quién quiere usted guardarse su secreto? ¿Para los nietos? ¿Qué falta les hace si ya son ricos? Si ni siquiera conocen el valor del dinero. A manirrotos como ellos sus tres cartas no les serán de ayuda. Quien no sabe cuidar de la herencia paterna, por muchas artes diabólicas que tenga a su alcance, de todos modos ha de morir en la miseria. Pero yo no soy un derrochador; yo sé el valor del dinero. Conmigo sus tres cartas no caerán en saco roto. ¡¿Y bien?!...
Guermann calló y esperó anhelante la respuesta. La condesa callaba; Guermann se arrodilló.
—Si alguna vez—dijo—su corazón ha conocido el sentimiento del amor, si recuerda usted cuánta emoción el amor depara, si ha sonreído siquiera una vez ante el primer llanto de su hijo recién nacido, si algún sentimiento humano ha palpitado en su pecho, le imploro a usted, por su amor de esposa, de amante y de madre, por lo más sagrado que haya en este mundo, ¡no rechace mi súplica! ¡Descúbrame su secreto! ¿Qué más le da a usted?... ¿Quizá el secreto entrañe un pecado horrible, la pérdida de la dicha eterna, un pacto con el diablo?... Piénselo; usted ya es vieja, no le queda mucho de vida; yo, en cambio, estoy dispuesto a cargar con su pecado. Lo único que le pido es que me revele su secreto. Piense que la felicidad de un hombre se halla en sus manos, que no sólo yo, sino mis hijos, mis nietos y biznietos bendecirán su nombre y honrarán su memoria como a una santa...

La vieja no decía ni palabra.
Guermann se levantó.
—¡Vieja bruja! —dijo apretando los dientes—. ¡Yo te haré hablar!...
Dicho esto, sacó del bolsillo una pistola.
Al ver el arma, la condesa mostró de nuevo en su rostro una poderosa emoción. Movió de arriba abajo la cabeza y levantó una mano como si se protegiera del disparo... Después cayó hacia atrás y se quedó inmóvil.
—Déjese de chiquilladas—dijo Guermann tomándola de la mano—. Se lo pregunto por última vez: ¿quiere usted decirme sus tres cartas? ¿Sí o no?
La condesa no contestaba. Guermann vio que estaba muerta.

IV.
7 Mai 18••
Homme sans moeurs et sans religion!
LIZAVETA Ivánovna, sentada en su habitación aún con el vestido de baile, se hallaba sumida en profundos pensamientos. Al llegar a casa, se apresuró a despedir a la soñolienta doncella que le había ofrecido con desgana sus servicios, diciéndole que ella misma se desvestiría, entró temblorosa en su cuarto con la esperanza de ver allí a Guermann y deseando no encontrarlo. Comprobó a primera vista su ausencia y agradeció al destino por el contratiempo que había impedido aquella cita. Se sentó sin quitarse el vestido y se puso a rememorar todas las circunstancias que en tan poco tiempo tan lejos la habían llevado.

No habían pasado ni tres semanas desde que viera por primera vez tras la ventana a aquel joven, y ya mantenía con él correspondencia, ¡y éste ya le había arrancado una cita nocturna! Sabía su nombre sólo porque algunas de sus cartas iban firmadas; nunca le había dirigido la palabra, no conocía su voz y no había oído hablar de Guermann... hasta aquella misma noche. ¡Qué raro!

Justo aquella noche, en el baile, Tomski, enojado con la joven princesa Polina ••• que, en contra de lo habitual, coqueteaba con otro, quiso vengarse de ella mostrándose indiferente: invitó a Lizaveta Ivánovna y bailó con ella una interminable mazurca. Durante todo el rato se burló de su interés por los oficiales de ingenieros. Le confesó que sabía muchas más cosas de las que ella podía suponer, y algunas de sus bromas fueron tan atinadas que Lizaveta Ivánovna pensó varias veces que Tomski conocía su secreto.

—¿Por quién se ha enterado de todo esto? —le preguntó ella entre risas.
—Por un compañero de quien usted sabe—contestó Tomski—, ¡una persona muy notable!
—¿Y quién es esta persona notable?
—Se llama Guermann.
Lizaveta Ivánovna no dijo nada, pero las manos y los pies se le helaron...
—Este Guermann —prosiguió Tomski— es un personaje en verdad romántico: tiene el perfil de Napoleón y el alma de Mefistófeles. Creo que sobre su conciencia pesan al menos tres crímenes. ¡Cómo ha palidecido usted!
—Me duele la cabeza... ¿Qué es lo que le decía su Guermann, o como se llame?...
—Guermann está muy disgustado con su compañero: dice que en su lugar él se hubiera comportado de muy otro modo... Yo supongo, incluso, que el propio Guermann le ha echado a usted el ojo; al menos escucha sin perder detalle las expansiones amorosas de su amigo.
—¿Y dónde me habrá visto?
—En la iglesia, tal vez... en algún paseo... ¡El diablo lo sabe! A lo mejor, en su habitación, mientras usted dormía: él es capaz...

Tres damas se acercaron a ellos con la preguntar «oubli ou regret?» e interrumpieron aquella charla que aguijoneaba cada vez de modo más torturante la curiosidad de Lizaveta Ivánovna. La dama elegida por Tomski fue la propia princesa •••. Esta se tomó el tiempo suficiente para aclarar sus malentendidos en las varias vueltas que dio y en el largo camino que recorrió con él hasta la silla, de modo que Tomski al regresar a su lugar ya no pensaba ni en Guermann ni en Lizaveta Ivánovna. Ella quería reanudar sin falta la charla interrumpida, pero la mazurca había llegado a su fin y al poco rato la condesa decidió irse.

Las palabras de Tomski no eran otra cosa que pura palabrería de salón, pero calaron muy hondo en el alma de la joven soñadora. El retrato esbozado por Tomski se asemejaba al que se había formado ella, y, gracias a las novelas más recientes, este rostro entonces ya vulgar espantaba y atraía a la vez su imaginación.

Se hallaba sentada con los brazos cruzados inclinando sobre el pecho descubierto su cabeza aún adornada de flores... De pronto la puerta se abrió y entró Guermann. Lizaveta Ivánovna se echó a temblar...
—Pero, ¿dónde estaba usted?—preguntó ella en un susurro espantado.
—En el dormitorio de la vieja condesa—respondió Guermann—; ahora vengo de verla. La condesa está muerta.
—¡Dios santo!... ¿Qué dice usted?
—Y, al parecer—prosiguió Guermann—, yo soy la causa de su muerte.
Lizaveta Ivánovna lo miró y las palabras de Tomski resonaron en su alma: «¡Este hombre lleva sobre su conciencia tres crímenes al menos!» Guermann se sentó en el alféizar de la ventana y se lo contó todo.

Lizaveta Ivánovna lo escuchó llena de horror. De modo que todas aquellas apasionadas cartas, aquellos encendidos ruegos, aquella persecución osada y tenaz, ¡todo eso no era amor! ¡Dinero: he aquí lo que ansiaba aquella alma! ¡La pobre pupila no era otra cosa que la ciega cómplice de un bandido, del asesino de su anciana protectora!...

La joven lloró amargamente en un acceso de tardío y torturado arrepentimiento. Guermann la miraba en silencio: también su corazón se sentía desgarrado, pero ni las lágrimas de la desdichada muchacha ni la asombrosa belleza de su amargura conmovían su espíritu severo. Guermann no sentía remordimientos de conciencia ante la idea de la vieja muerta. Sólo una cosa lo llenaba de espanto: la irreparable pérdida del secreto con el que había soñado enriquecerse.
—¡Es usted un monstruo! —dijo al fin Lizaveta Ivánovna.
—Yo no quería matarla —dijo Guermann—. La pistola no estaba cargada.
Ambos callaron.

Llegaba el amanecer. Lizaveta Ivánovna apagó la vela mortecina: una luz pálida iluminó la habitación. Se enjugó los ojos llorosos y alzó la mirada hacia Guermann: éste seguía sentado en el alféizar de la ventana, las manos cruzadas y el severo ceño fruncido. En esta postura recordaba asombrosamente el retrato de Napoleón. Su parecido sorprendió incluso a Lizaveta Ivánovna.
—¿Cómo podrá salir de la casa?—dijo finalmente Lizaveta Ivánovna—. Pensaba conducirlo por una escalera secreta, pero hay que pasar por el dormitorio, y me da miedo.
—Dígame cómo encontrar esta escalera y me iré.
Lizaveta Ivánovna se levantó, sacó de la cómoda una llave, se la entregó a Guermann y le hizo una detallada descripción del camino. Guermann estrechó su fría e insensible mano. Besó su cabeza inclinada y salió.

Bajó por la escalera de caracol y entró de nuevo en el dormitorio de la condesa. La vieja muerta seguía sentada, su rostro petrificado expresaba una serenidad profunda. Guermann se detuvo ante ella, la miró largamente, como si quisiera cerciorarse de la horrible verdad; por fin entró en el despacho, encontró a tientas tras el tapizado de la pared una puerta y comenzó a bajar por una oscura escalera, abrumado por extrañas sensaciones.

«Tal vez por esta misma escalera —pensaba— hará unos sesenta años, a este mismo dormitorio y a la misma hora, con un caftán bordado, peinado à l'oiseau royal, estrechando contra el pecho un sombrero de tres picos, se habría deslizado el joven afortunado que desde hace tiempo se pudre en su tumba; en cambio, ha sido hoy cuando el corazón de su anciana amante ha dejado de latir...»

A final de la escalera Guermann encontró una puerta que abrió con la llave, y se encontró en un largo corredor que lo condujo a la calle.

V.
Aquella noche se me apareció
la difunta baronesa von V•••.
Iba toda vestida de blanco, y me dijo:
«¡Buenas noches, señor consejero!»
SWEDENBORG
TRES días después de la fatídica noche, a las nueve de la mañana, Guermann se dirigió al monasterio de •••, donde debían celebrarse los funerales de la difunta condesa. Sin sentirse arrepentido, no podía sin embargo ahogar del todo la voz de su conciencia que le repetía: ¡eres el asesino de la vieja! No era hombre de verdadera fe, pero sí muy supersticioso. Creía que la condesa muerta podía ejercer un influjo maléfico sobre su vida, y para conseguir de ella el perdón decidió presentarse al entierro.

La iglesia estaba llena. Guermann logró a duras penas abrirse paso entre la multitud. El féretro se alzaba sobre un rico catafalco bajo un baldaquino de terciopelo. La difunta yacía en el ataúd, las manos cruzadas sobre el pecho, con una cofia de encaje y un vestido de raso blanco. A su alrededor se encontraban los suyos: la servidumbre, en caftanes negros con cintas blasonadas sobre el hombro y sosteniendo los candelabros; los familiares: hijos, nietos y biznietos, de luto riguroso. Nadie lloraba; las lágrimas hubieran sido une affectation. La condesa era tan vieja que su muerte ya no podía extrañar a nadie, y desde hacía tiempo, los familiares la veían como más del otro mundo que de éste.

Un joven prelado pronunció la oración fúnebre. Glosó con expresiones sencillas y emotivas el tránsito de la hija de Dios por este mundo, cuyos largos años de vida habían sido un callado y conmovedor preparativo para una cristiana muerte.

—El ángel de la muerte la ha tomado en plena vigilia—dijo el orador—, entregada a la piadosa reflexión y en espera del novio de la medianoche.

El servicio se desarrolló con la tristeza y el decoro merecido. Los familiares fueron los primeros en dirigirse a dar el último adiós a la difunta. Tras ellos se puso en movimiento la numerosa muchedumbre reunida para inclinarse ante la dama que desde hacía tantos años había sido partícipe de sus mundanas diversiones. Después también siguió toda la servidumbre. Finalmente se acercó el ama de llaves de la señora, una anciana de sus mismos años. Dos jóvenes doncellas la conducían sujetándola de los brazos. No tuvo fuerzas para inclinarse hasta el suelo, y fue la única en dejar caer unas cuantas lágrimas al besar la fría mano de su señora.

Tras ella, Guermann se decidió a acercarse al féretro. Hizo una reverencia hasta tocar el suelo y permaneció varios minutos sobre las frías losas cubiertas de ramas de abeto. Al fin se levantó, pálido como la propia difunta, subió los escalones del catafalco y se inclinó... En aquel instante le pareció que la muerta lo miró con expresión burlona y le guiñó un ojo. Guermann retrocedió con premura, tropezó y cayó de espaldas sobre el suelo. Lo levantaron. En aquel mismo instante sacaron al exterior a Lizaveta Ivánovna desmayada.

El episodio perturbó por varios minutos la solemnidad de la lúgubre ceremonia. Entre los asistentes se alzó un sordo rumor, y un escuálido chambelán, pariente cercano de la difunta, le susurró al oído a un inglés que se encontraba a su lado que el joven oficial era un hijo natural de la condesa, a lo que el inglés respondió con frialdad: ¿Oh?

Todo el día Guermann se sintió extraordinariamente disgustado. Durante el almuerzo en una apartada hostería, en contra de su costumbre, bebió muchísimo con la esperanza de ahogar su desasosiego interior. Pero el vino enardecía aún más su imaginación. Al regresar a casa, se dejó caer sin desnudarse sobre la cama y se durmió profundamente.

Se despertó cuando ya era de noche: la luna iluminaba su habitación. Miró el reloj: eran las tres menos cuarto. Le había abandonado el sueño; se sentó en la cama y se quedó pensando en el entierro de la vieja condesa. En aquel momento alguien miró desde la calle a través de la ventana y se retiró al instante. Guermann no prestó atención alguna al hecho. Al cabo de un minuto oyó que abrían la puerta de la entrada. Guermann pensó que su ordenanza, borracho como de costumbre, regresaba de un paseo nocturno. Pero oyó unos pasos desconocidos: alguien andaba arrastrando silenciosamente los zapatos. La puerta se abrió, entró una mujer vestida de blanco. Guermann la tomó por su vieja aya y se asombró de verla en casa a aquellas horas. Pero la mujer de blanco, en un abrir y cerrar de ojos, de pronto apareció ante él, ¡y Guermann reconoció a la condesa!

—He venido a verte en contra de mi voluntad —dijo la condesa con voz firme—. Pero se me ha mandado que cumpla tu deseo. El tres, el siete y el as, uno tras otro, te harán ganar; pero, con una condición: que no apuestes más de una carta al día y que en lo sucesivo no juegues nunca más. Te perdono mi muerte con tal de que te cases con mi protegida Lizaveta Ivánovna...
Tras estas palabras se dio la vuelta en silencio, se dirigió hacia la puerta y desapareció arrastrando los zapatos. Guermann oyó cómo resonó la puerta en el zaguán y vio que alguien lo miró de nuevo por la ventana.

Guermann tardó mucho rato en recobrarse. Salió a la habitación contigua. Su ordenanza dormía en el suelo; Guermann lo despertó a duras penas. El ordenanza, como de costumbre, estaba borracho, de modo que no pudo sacar de él nada en claro. La puerta del zaguán estaba cerrada. Guermann regresó a su cuarto, encendió una vela y anotó su visión.

VI.
—Attendez !
¡Cómo se atreve a decirme attendez?
—Perdón, excelencia, he dicho: attendez-vous!

Dos ideas fijas no pueden existir al mismo tiempo en el ámbito de lo moral, de igual modo que en el mundo físico dos cuerpos no pueden ocupar idéntico lugar. El tres, el siete y el as pronto desplazaron en la mente de Guermann la imagen de la vieja muerta. El tres, el siete y el as no salían de su imaginación y le brotaban constantemente en los labios. Al ver a una joven, decía:

—¡Qué esbelta es!... Un auténtico tres de corazones.
Le preguntaban la hora y contestaba:
—Faltan cinco minutos para... un siete.

Cualquier hombre barrigudo le recordaba a un as. El tres, el siete y el as lo perseguían en sueños adoptando todos los aspectos posibles: el tres florecía ante sus ojos en forma de suntuosa magnolia; el siete se le aparecía como un portal gótico, y el as, como una enorme araña. Y todos sus pensamientos confluían en uno: cómo sacar provecho del secreto que tan caro le había costado. Comenzó a pensar en pedir el retiro, en marchar de viaje. Quería hacerse con el tesoro de la encantada fortuna en alguna casa de juegos de París. Pero una ocasión le ahorró los quebraderos de cabeza.

En Moscú se había formado una sociedad de ricos jugadores bajo la presidencia del célebre Chekalinski, un hombre que se había pasado la vida jugando a las cartas y que en su tiempo había amasado millones ganando con talones y perdiendo en dinero contante y sonante. Los largos años de experiencia le granjearon la confianza de sus compañeros, y la casa siempre abierta, su famoso cocinero y el trato amable y jovial le proporcionaron el respeto del público. Chekalinski se instaló en Petersburgo. Los jóvenes inundaron sus salones abandonando los bailes por las cartas y prefiriendo las tentaciones del faraón al atractivo del galanteo. Allí llevó Narúmov a Guermann. Atravesaron una serie de salas espléndidas llenas de corteses camareros. Varios generales y consejeros privados jugaban al whist; los jóvenes se sentaban recostados en mullidos sofás, comían helado y fumaban en pipa. En el salón, tras una larga mesa alrededor de la cual se agolpaban unos veinte jugadores, se sentaba el dueño, que llevaba la banca. Era un hombre de unos sesenta años, de la más respetable apariencia; unas canas plateadas cubrían su cabeza; su cara oronda y fresca era todo afabilidad; sus ojos, animados de una constante sonrisa, brillaban. Narúmov le presentó a Guermann. Chekalinski le estrechó amistosamente la mano, le rogó que se sintiera como en su casa y siguió tallando.

La partida duró largo rato. Sobre el tapete había más de treinta cartas. Chekalinski se detenía tras cada tirada para dar tiempo a los jugadores a que hicieran sus apuestas; apuntaba las pérdidas, atendía cortésmente las reclamaciones y con aún mayor cortesía alisaba más de un pico doblado por alguna mano distraída. Finalmente terminó la partida. Chekalinski barajó las cartas y se dispuso a tallar de nuevo.

—Permítame jugar una mano —dijo Guermann alargando su brazo de detrás de un señor gordo que estaba jugando. Chekalinski sonrió, inclinó en silencio la cabeza en señal de sumiso asentimiento. Narúmov felicitó entre risas a Guermann por haber roto su largo ayuno y le deseó un buen comienzo.
—¡Voy! —dijo Guermann tras escribir con tiza la apuesta en su carta.
—¿Cuánto?—preguntó entornando los ojos el de la banca—. Perdone, no lo veo bien.
—Cuarenta y siete mil—contestó Guermann.
Al oír aquellas palabras, al instante, todas las cabezas y todas las miradas se dirigieron hacia Guermann. «¡Se ha vuelto loco!», pensó Narúmov.
—Permítame advertirle—dijo Chekalinski con su imborrable sonrisa—, que juega usted muy fuerte; aquí nunca nadie ha apostado más de doscientos setenta y cinco a una sola carta.
—¿Y bien?—replicó Guermann—. ¿Acepta usted mi carta a no?
Chekalinski inclinó la cabeza con el aspecto de sumiso asentimiento de siempre.
—Sólo quería informarle—dijo—que la confianza con que me honran los compañeros no me permite jugar con nada que no sea dinero en efectivo. Por mi parte, claro está, estoy seguro de que con su palabra basta, pero, para el buen orden del juego y de las cuentas, le ruego que coloque la suma sobre la carta.

Guermann extrajo del bolsillo un billete de banco y lo entregó a Chekalinski, quien, tras echarle un simple vistazo, lo colocó sobre la carta de Guermann. Lanzó dos cartas. A la derecha cayó un nueve, a la izquierda un tres.
—¡La mía gana!—dijo Guermann mostrando su carta.
Entre los jugadores se alzó un murmullo. Chekalinski frunció el ceño, pero al momento la sonrisa retornó a su cara.
—¿Desea retirar sus ganancias?—le preguntó a Guermann.
—Si tiene la bondad.

Chekalinski sacó del bolsillo varios billetes de banco y saldó la deuda al punto. Guermann tomó su dinero y se alejó de la mesa. Narúmov no podía recobrarse de su perplejidad. Guermann se bebió un vaso de limonada y se marchó a casa. Al día siguiente por la noche se presentó de nuevo en casa de Chekalinski. El dueño llevaba la banca. Guermann se acercó a la mesa; los jugadores en seguida le hicieron sitio. Chekalinski lo saludó con una cariñosa reverencia. Guermann esperó la nueva partida, colocó su carta poniendo sobre ella sus cuarenta y siete mil rublos y lo ganado el día anterior.

Chekalinski lanzó las cartas. A la derecha cayó un valet, a la izquierda un siete.
Guermann descubrió su siete.
Todos lanzaron un ¡ah! Chekalinski se turbó visiblemente. Contó noventa y cuatro mil rublos y los entregó a Guermann. Este los tomó impasible y al punto se alejó.
A la noche siguiente Guermann apareció de nuevo ante la mesa. Todos lo esperaban. Los generales y consejeros privados abandonaron su whist para ver aquella inusitada partida. Los jóvenes oficiales saltaron de sus divanes; todos los camareros se reunieron en el salón. Todos rodeaban a Guermann. Los demás jugadores abandonaron sus cartas impacientes por ver cómo acabaría aquel joven. Guermann, de pie junto a la mesa, se disponía a apuntar él solo contra el pálido pero todavía sonriente Chekalinski. Cada uno desempaquetó una baraja de cartas. Chekalinski barajó. Guermann tomó y colocó su carta cubriéndola de un montón de billetes de banco. Aquello parecía un duelo. Reinaba un profundo silencio.

Chekalinski lanzó las cartas, las manos le temblaban. A la derecha se posó una dama, a la izquierda un as.
—¡El as ha ganado! —dijo Guermann y descubrió su carta.
—Han matado a su dama—dijo cariñoso Chekalinski.
Guermann se estremeció: en efecto, en lugar de un as tenía ante sí una dama de picas. No daba crédito a sus ojos, no comprendía cómo había podido confundirse.
En aquel instante le pareció que la dama de picas le guiñó un ojo y le sonrió burlona. La inusitada semejanza lo fulminó...
—¡La vieja! —gritó lleno de horror.
Chekalinski se acercó los billetes. Guermann seguía inmóvil. Cuando se apartó de la mesa, se alzó un rumor de voces.
—¡Una jugada divina! —comentaban los jugadores.
Chekalinski barajó de nuevo las cartas; el juego siguió su curso.

Epílogo:
Guermann ha perdido la razón. Está en la clínica Obújov, en la habitación número 17. No contesta a ninguna pregunta y murmura con inusitada celeridad: «¡Tres, siete, as! ¡Tres, siete, dama!...»
Lizaveta Ivánovna se ha casado con un joven muy afable que sirve en alguna parte y posee una fortuna considerable: es el hijo del que fuera el administrador de la difunta condesa. Lizaveta Ivánovna tiene de pupila a una pariente pobre.
Tomski ha ascendido a capitán y se ha casado con la princesa Polina.

Alexander Pushkin (1799-1847)