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No desperteis a los muertos de Ernst Raupach


No desperteis a los muertos (Laβ die Toten Ruhn) -también conocido como Deja a los muertos en paz- es un relato de vampiros del escritor alemán Ernst Raupach, editado en 1823 en la publicación de Leipzig, Minerva.








 Laβ die Toten Ruhn, Ernst Raupach (1784-1852)

Walter suspiraba dolorosamente por el fallecimiento de su amada esposa Brunilda. Era medianoche y estaba junto a su tumba, en la hora en que el espíritu que brama en las tempestades lanza sus malditas legiones de monstruos. Se lamenta todas las noches junto a la cripta, balo los árboles helados, reclinando la cabeza sobre la lápida de su esposa.

Walter era un poderoso caballero de Burgundia. Se había casado con Brunilda en su juventud, cuando los dos se amaban con locura, pero la muerte se la arrebató de los brazos, y sufría todavía a pesar de que se casó otra vez con una bella mujer llamada Swanhilde, rubia, de ojos verdes y un tono rosado en las mejillas, que le había dado un varón y una niña y que era todo lo contrario de la esposa muerta.

Walter no hallaba reposo, seguía amando a Brunilda y deseaba con toda su alma tenerla junto a él. Constantemente comparaba a su esposa viva con la muerta. Swanhilde notaba el cambio en su esposo y se esmeraba por atenderlo; pero de nada servía, ya que la obsesión de Walter era tener a Brunilda otra vez, y esa idea fija, constante, se había apoderado de su alma. Todas las noches visitaba la tumba de su hermosa esposa y le preguntaba con tristeza:

-¿Dormirás eternamente?

Ahí estaba Walter, acostado sobre la tumba. Era medianoche, cuando un hechicero de las montañas entró al cementerio para recoger las hierbas que sólo crecen en las tumbas y que están dotadas de un terrible poder. Se acercó a aquella en que Walter lloraba y le preguntó:

-¿Por qué, infeliz, te atormentas así? No debes lamentarte por los muertos, pues tu también morirás algún día. Al llorar por ellos no los dejas descansar.
-El amor es la fuerza más grande que hay en el universo y yo amaba a la que aquí está pudriéndose. Quisiera que regresara conmigo. -le respondió Walter con pena y necedad.
-¿Crees que va a despertar con tus lamentos? ¿No vez que perturbas su calma?
-¡Vete, anciano, tu no conoces el amor! ¡Si yo pudiera abrir con mis manos la tierra y devolverle la vida a mi querida Brunilda, lo haría a cualquier precio! -le gritó Walter.
-Ignorante, no sabes lo que dices, te estremecerías de horror ante la resucitada. ¿Piensas que el tiempo no degrada los cuerpos? Tu amor se convertiria en odio.
-Antes se caerían las estrellas del cielo. Yo reventaría mis músculos y mis huesos si ella resucitara; jamás podría odiarla.
-Hablas con el corazón caliente y la cabeza hirviendo. No quiero desafiarte a devolvértela: pronto te darías cuenta de que no miento -dijo el anciano.
-¿Resucitarla? -Gritó Walter, arrojándose a los pues del mago- Si eres capaz de tal maravilla, ¡hazlo!, hazlo por estas lágrimas, por el amor que ya casi no vive sobre la Tierra. Harías la mejor obra de bien en tu vida.
-Calma, si decides que así sea, regresa a medianoche; pero, te lo advierto: ¡No desperteis a los muertos!

Walter regresó a su casa, pero no pudo conciliar el sueño. Al día siguiente, justo a medianoche, esperaba al hechicero junto a la tumba.

-¿Haz considerado lo que te dije? -Le pregunto el anciano.
-Si, lo he pensado. Devuélveme a la dueña de mi corazón, te lo suplico. Podría morir esta noche si no cumples tu promesa.
-Bien -Le dijo el viejo- sigue recapacitando y regresa aquí mañana a medianoche. Te daré lo que tu pides, sólo recuerda algo: ¡No desperteis a los muertos!

A la noche siguiente apareció el hechicero y dijo:

-Espero que hayas pensado bien la situación. Regresar a un muerto a la vida no es cosa de juego. Esta será la última vez que te lo diga: ¡No desperteis a los muertos!
-¡Basta, mi amada no tendrá paz en esa tumba helada, tienes que regresármela, me lo haz prometido! -le gritó Walter lleno de ansiedad.
-¡Recapacítalo, no podrás separarte de ella hasta la muerte, aunque la repugnancia y el odio se apoderen de tu corazón! Solo habría un medio espantoso de lograrlo y no creo que tu quieras oír hablar de eso.
-¡Anciano imbécil, devuélveme a Brunhilda! ¿Cómo podría odiar lo que más he amado? -aulló Walter con desesperación.
-Está bien. Puesto que así lo quieres, ¡sea!¡retrocede!

El hechicero dibujó un círculo alrededor de la tumba y una tempestad se desató. Alzó los brazos al cielo y comenzó a gritar frases en una lengua que no era humana. Los búhos comenzaron a volar de los árboles. Las estrellas se ocultaron detrás de las nubes. La lápida que cubría la tumba comenzó a moverse y se abrió paso hacia la superficie. En el hoyo, el anciano tiró varias hierbas mientras seguía murmurando con los ojos en blanco. Un viento rápido y helado salió del sepulcro al mismo tiempo que cientos de gusanos escalaban la tierra. De pronto las nubes se apartaron y la luna bañó la sepultura vacía. Sobre ella, el hechicero vertió sangre fresca contenida en una calavera y exclamó:

-Bebe, tú que duermes, bebe esta sangre caliente para que tu corazón pueda latir otra vez.

Como volcán que hace erupción, se levantó Brunilda, empujada por una fuerza invisible, de la noche eterna en la que estaba sepultada. Tenía el pelo negro como la tormenta, ojos azules y una piel muy blanca. El anciano hechicero la tomó de la mano y la llevó hasta Walter.

-Recibe otra vez a la que amas. ¡Espero que nunca vuelvas a necesitar mi ayuda! De ser así, me encontrarás en las noches de luna llena en las montañas, donde los caminos se cruzan -diciendo esto, se alejó con paso lento.
-¡Walter! -exclamó Brunilda- llévame pronto al castillo en las montañas.

Walter saltó sobre el caballo y, tomando a su amada, galopó en dirección a las montañas solitarias, donde tenía un castillo oculto. Ahí había vivido con Brunilda. Sólo el viejo criado los vio llegar. Fue amenazado de inmediato por el patrón, quien le ordenó guardar silencio.

-Aquí estaremos bien -dijo Brunilda -hasta que mis ojos puedan ver la luz nuevamente.

Mientras residían en el castillo, los pocos criados ignoraban por completo que su antigua ama hubiera resucitado. Sólo el viejo sirviente sabía la verdad y era el que les llevaba agua y la comida. Los primeros siete días vivieron a la luz de las velas, con todas las cortinas cerradas; los siguientes siete se abrieron las ventanas más altas, de modo que sólo entraba la tenue claridad del amanecer o del anochecer. Walter nunca se apartaba de su querida Brunilda. No obstante, sentía un escalofrío que le impedia tocarla y no sabía por qué, pero tan grande era su amor que no le importaba. Estaba seguro de que esto era mejor que el pasado. Su esposa era aún mas bella que cuando estaba viva la primera vez, su voz era más dulce, sus palabras fluían con emoción y toda ella lo fascinaba hasta la locura.

Brunilda constantemente hablaba de los amores que habían tenido en el pasado, haciendo a Walter emocionantes promesas que pronto realizarían. Su amor sería el amor más grande que hubiera conocido el mundo. Así embriagaba a su amado de esperanzas para el futuro. Sólo cuando hablaba del cariño que sentía por él, dejaba aparecer la parte terrenal; de otro modo discutía sin cesar de asuntos espirituales, eternos y proféticos.

Todos los días dormían juntos. Walter sentía la necesidad de enamorar a su esposa, compenetrarse con ella como lo hacía antes, pero Brunilda se apartaba bruscamente de la cama y le explicaba:

-Así no querido. ¿Cómo podría yo, que he regresado de la muerte, para estar contigo, ser tu amante mientras tienes una sucia mujer que se hace llamar tu esposa?

Walter había enloquecido y estaba dispuesto a todo. Un día, arrebatado por la pasión, abandonó el castillo y cabalgó con furia por entre los bosques y las montañas hasta que llegó a su casa, donde su esposa Swanhilde lo recibió con cariños y palabras bellas, al igual que sus hijos. Pero nada pudo calmarlo ni reprimir su cólera. Expuso a su esposa que lo mejor era que se separaran para que cada quien pensara las cosas con calma y vieran si realmente se querían o no. Swanhilde, llena de comprensión, le dijo que estaba bien.

Al otro día, Walter había conseguido el acta de separación que decía que ella debería regresar a casa de sus padres. Los niños se quedarían en el castillo. Entonces Swanhilde le dijo:

-Sospecho que me dejas por el amor de Brunilda, a quien no puedes olvidar. Te he visto ir al cementerio y rondar su tumba. ¿No me digas Walter, que has osado juntar a los vivos con los muertos? ¡Eso causaría tu destrucción!

Walter recordó que lo mismo le había sentenciado el hechicero, pero no lo tomó en cuenta. Hizo redecorar el palacio al gusto de la nueva dueña. La resucitada ingresó por segunda vez a su mansión como esposa. Walter les dijo a todos los criados del palacio que era una nueva novia que había traído de tierras lejanas, pero los habitantes del castillo veían el extraño parecido que había entre la señora y su antigua ama Brunilda. Sus almas se llenaron de espanto, pues esperaban lo peor y, entre la servidumbre, corría el rumor de que su amo había desenterrado a la antigua esposa de su tumba y con poderes mágicos la había hecho vivir nuevamente.

La nueva ama nunca llevaba otro vestido que no fuera su túnica gris pálido, no usaba joyas de oro como las grandes señoras, sino turbias alhajas de plata de manera de cinturón y aretes; opacas perlas cubrían su pecho. Brunilda sólo salía en los atardeceres e impuso mano dura a todos los criados que la rodeaban. Era una mujer cruel que castigaba sin pretexto y por placer. Tenía el poder de la vida o la muerte sobre ellos.

En otro tiempo el castillo estuvo poblado de alegría, pero ahora sus moradores tenían la cara demacrada por el temor; se estremecían cada vez que se cruzaban con Brunilda. Muchos criados cayeron enfermos y murieron. Aquellos que la veían a los ojos se convertían en esclavos de sus caprichos. La mayoría intentó huir del castillo. Sólo algunos eran conservados con vida, los ancianos.

Los poderes que el hechicero había dado a Brunilda con el alimento humano había recompuesto su cuerpo corrupto. Sólo una bebida mágica podía conservarla con vida, una opción maldita: sangre humana, bebida aún caliente de venas jóvenes.

Ya deseaba comenzar a beber esa sangre, la de Walter, pero tenía que esperar hasta que fuera la noche de luna llena. Una tarde, repleta de ansiedad, vagaba por el bosque y se encontró con un pequeño niño de cachetes rosados. Lo atrajo hacia ella con caricias y regalos y lo llevó a una estancia apartada de la vista humana para succionar la sangre de su pecho. Después de esa indigna acción, ya nadie estuvo a salvo de sus ataques. Todo humano que se acercaba a ella era narcotizado con la fragancia de su aliento. Niños, jóvenes y doncellas se marchitaban como flores. Los padres resentían horror ante aquella plaga que hacía estragos en la vida de sus hijos.

Pronto empezaron a circular rumores. Se creía que ella era la causante de la peste mortífera, pero en las víctimas no había huella alguna que la incriminara y nadie la había visto haciendo esas aberraciones. Entonces el remedio radical: los padres abandonaron el pueblo, dejando sus casas vacías y las tierras sin trabajar. El castillo quedó desolado y el pueblo también, sólo permanecieron los ancianos decrépitos y sus esposas.

El único que no veía la muerte a su alrededor era Walter. Estaba entregado a su pasión, por sobre todas las cosas, por Brunilda, quien lo amaba con una ternura que nunca antes había mostrado. Hasta ahora no había necesitado de su sangre; pero ella no dejaba de advertir con pesadez que sus fuentes de vida se agotaban; pronto ya no habría sangre fresca y joven, excepto la de Walter y sus hijos. Al regresar al castillo, Brunilda había sentido el rechazo por los hijos de una extraña y los había dejado relegados a los cuidados de una sirvienta vieja. Pero la necesidad hizo que pronto se ganara el amor de los niños; los dejaba dormirse en su pecho, les contaba historias, jugaba con ellos y los adormecía con la mirada y el aliento.

Lentamente iba extrayendo de los infantes el flujo vital que la mantenía viva y hermosa. Poco a poco las fuerzas de los chiquillos fueron desapareciendo, sus risas alegres se habían transformado en débiles sonrisas. Las nodrizas estaban preocupadas y temían que todos los rumores fueran verdad. No se atrevían a decirle nada a su patrón. El varoncito murió primero. Después su hermanita lo acompañó a la tumba. Walter se llenó de pena por la muerte de sus hijos y su tristeza disgustó fuertemente a Brunilda, que lo regañaba:

-¿Por qué lamentarse tanto? ¡Seguramente te recuerdan a su madre! ¿O ya estás harto de mí? -le decía la hermosa mujer con los ojos inyectados de odio.

Walter era un esclavo. Perdonó las ofensas de su esposa y le pidió disculpas. Pronto volvían a vivir en la locura del amor de la muerte. Con todo, sólo quedaban él para saciar la sed de aquella bestia infernal. Las criadas eran demasiado viejas y su sangre no servía. Brunilda lo sabía y no le importaba, pues pensaba que al morir Walter, conquistaría a otros hombres e irían a nuevos pueblos en búsqueda de sangre jóven.

En las noches, cuando dormía profundamente narcotizado, ella adhería los colmillos a su pecho. Walter resentía la falta de sangre y salía a dar largos paseos por la montaña buscando reponer su salud. Atribuía su debilidad a la falta de alimentación; nada sospechaba. Un día estaba tumbado a la sombra de un árbol y un raro pájaro pasó volando, dejando caer una raíz seca, rosácea, a sus pies. Tenía un aroma delicioso e irresistible. La masticó y sintió que su boca se llenaba de hiel amarga, entonces arrojó lejos la raíz que pudo haberlo salvado del hechizo en el que lo sumía su esposa.

Esa misma tarde, Walter regresó al castillo. El mágico perfume de Brunilda no surtió efecto alguno sobre el hombre y por primera vez en muchos meses durmió un sueño natural. Comenzó a sentir un agudo dolor en el pecho, abrió los ojos y vio la imagen más horrible y aterradora de su vida: los labios de Brunilda succionando la sangre caliente que salía de su pecho. Gritó con horror y Brunilda se apartó con la sangre escurriéndole por la boca.

-¡Demonio! ¿Así es como me amas? -rugió Walter.
-Te amo como aman los muertos -respondió con frialdad la mujer.
-Sangriento monstruo, ahora lo comprendo. Tú mataste a mis hijos, tú eres esa peste de la que hablaba el pueblo.
-Yo no los he asesinado. Tuve que sacrificar sus vidas para satisfacer tus placeres. ¡Tu eres el asesino! -gritó Brunilda con los ojos helados.

Las sombras amenazadoras de todos los muertos fueron convocadas ante los ojos de Walter por las terribles y verdaderas palabras de Brunilda.

-Querías amar a una muerta, acostarte con ella. ¿Que esperabas?
-Maldita! -gritó y echó a correr fuera del cuarto mientras se maldecía.

Al amanecer, Walter despertó en los brazos de Brunilda. Una larga cabellera negra envolvía su cuerpo, la fragancia de su aliento lo condenaba al estupor. Enseguida se olvidó de todo y se dedicó al placer con la muerta en vida. Cuando el efecto del hechizo pasó, el terror era diez veces más fuerte. Como era de día, Brunilda dormía. El hombre se refugió en las montañas, lejos de la vampira. ¡Pero era en vano! Cuando despertó, estaba en brazos de Brunilda, comprendiendo que asi seria para siempre.

Sin embargo, intentaba huir todos los días, luchando contra la muerte. Walter se refugió en uno de los rincones mas oscuros del bosque, donde la luz nunca llega. Escaló una roca mientras llovía intensamente y las nubes le enseñaban las caras de las víctimas de su esposa. En ese instante la luna emergió de las altas montañas y aquella visión le recordó al hechicero. Se dirigió con decisión a aquel lugar donde se juntan los caminos; no estaba lejos. Cuando llegó, encontró al anciano sentado en una roca, lleno de paz. Walter le gritó, tirándose al piso:

-¡Sálvame, por piedad, sálvame de ese monstruo que sólo sabe sembrar la muerte!
-¿Comprendes ahora cuán importante era mi advertencia de dejar a los muertos descansar? -le dijo el anciano.
-¿Por qué no impusiste ante mis ojos todos los horrores que iban a suceder, todos los asesinatos y la maldad que estaban desencadenando? -preguntó Walter, sollozando.
-¿Es que acaso escuchabas algo que no fuera tu propia voz, tu pasión desmedida?
-Es verdad. Pero ahora te pido, por lo que más quieras, que me ayudes -suplicaba Walter agonizando.
-Bien, te voy a decir lo que debes hacer. Es terrible. Sólo en las noches de luna llena duerme un vampiro el sueño humano. En ese momento pierde todos sus poderes y esa noche... ¡deberás matarla!.Lo harás con una afilada estaca que yo mismo te daré. Renunciarás para siempre a ella, jurando al cielo no volver a invocar su recuerdo ni mencionar su nombre o, de lo contrario, la maldición se repetirá, ¿esta claro? -preguntó el anciano hablando con autoridad.
-Lo haré, noble hechicero, haré todo lo que tú me digas para librarme de ese monstruo, pero ¿cuando sera luna llena?
-Faltan 15 días.
-¡Oh, imposible! Sus poderes me arrastraran hasta ella y me matará.
-Te esconderé en esta cueva, aquí te quedarás los quince días. En este tiempo tendrás techo y comida; por ningún motivo debes asomarte fuera de aquí. Yo volveré la noche de luna llena.

Pasó Walter el tiempo convenido en la cueva, sin moverse de su sitio, pues el inmenso temor que sentía paralizaba sus miembros. Todas las noches se le aparecía Brunilda como en sueños llamándolo por su nombre, prometiéndole que todo iba a cambiar, pidiéndole que regresara. De ese modo lo abrumaba, sumiendo a Walter en la locura. Hasta que por fin llegó la luna nueva. El hechicero entró en la caverna alumbrado por el astro y tomó a Walter por el brazo. Se dirigieron caminando al castillo en medio de la noche. Todas las puertas del palacio se abrían sin necesidad de tocarlas, tal era la magia del hechicero. Llegaron al aposento de Brunilda. Dormía, bella, hermosa, con un sueño ligero. ¿Quién podria pensar que aquella adorable criatura era un pavoroso vampiro?

Walter tenía los ojos llenos de amor. Levantó la estaca sobre su cabeza y, asestando un golpe tremendo, la hundió en el pecho de la vampira hasta atravesarla por completo, mientras le gritaba:

-¡Te condeno para siempre!
Brunilda alcanzó a abrir los ojos y decirle a Walter.
-Conmigo te condenas.

El hombre colocó su mano sobre el pecho de la mujer pronunciando el juramento que le había dicho el anciano:
-Jamás evocaré tu amor, jamás pronunciaré tu nombre... te condeno.
-Muy bien -le dijo el hechicero -todo ha terminado. Ahora debemos devolverla a donde pertenece y de donde no debió haber salido. Nunca olvides tu juramento. No volverás a verme jamás -y diciendo esto, desapareció de improviso ante los ojos del hombre.

La espantosa difunta estaba otra vez en su tumba, pero su imagen perseguía a Walter sin descanso, convirtiendo su vida en un eterno combate. La muerta le decía todo el tiempo:

-¿Perturbaste mi sueño eterno para asesinarme?

Walter siempre debía responderle: "Te condeno para siempre". Pero la imagen no se iba y aquel juramento estaba todo el tiempo sobre sus labios. Vivía afligido por el miedo de despertar un día y verse en brazos de la vampira. Además de esto, las imágenes de las víctimas de Brunilda se le aparecían gritándole:

-¡Conmigo te condenas!

El castillo de Walter estaba desierto y en ruinas, como si la guerra y la peste hubieran pasado por ahí. En medio de su soledad, quiso pedir perdón a Swanhilde y regresar con ella, pero la bella dama sabía que sus hijos habían muerto y lo despreciaba con rencor. Así, Walter solo como un perro, vagaba día y noche por los alrededores del castilllo.

Una mañana vio pasar a varios jinetes cabalgando. A la cabeza iba una bella mujer montada en un caballo negro y detrás de ella venían con alegría damas y caballeros. Walter los llamó y, después de saludarlos con agrado, los invito a comer al castillo. Aceptaron gustosos. Parecía que la vida había regresado al palacio. Todo era júbilo y gozo. Walter insistió en que se quedaran con él una semana; ya había contratado un nuevo ejército de criados que cuidaban todos los caprichos de cada invitado, e igualmente no dudaron en decirle que sí. Walter sentía tanta confianza por la mujer del caballo negro, que le había contado su historia y la de Brunilda. Ella lo consoló con toda clase de palabras y frases de afecto. Así transcurrieron los días, hasta que le pidió a la extraña que se casara con él. Ella accedió de inmediato y siete días después celebró la boda con una gran fiesta, que duró cuatro días con sus noches.

El castillo se vio envuelto en un salvaje desenfreno de alcohol y lujuria. Parecía que el demonio mismo asistía a aquella celebración. Walter condujo a su mujer al cuarto. Cuando la recostó sobre la cama, ella transformó sus brazos en una gigantesca serpiente que con sus siete anillos envolvió el cuerpo del pobre hombre triturándole los huesos, al tiempo que comenzaba el fuego en la habitación.

Pronto quedó en llamas, la torre del castilllo se desmoronó sepultando bajo sus escombros al agonizante Walter y, cuando estaba a punto de morir, una voz atronadora gritó:

!No desperteis a los muertos!

Ernst Raupach (1784-1852)

Los elfos de Johann Tieck

Los elfos (Die elfen) es un relato fantástico del escritor alemán Johann Ludwig Tieck, publicado en la colección de cuentos de 1812: Phantasus.

Los elfos nos relata la historia de María, quien visita la tierra de los elfos durante solo un día. Al retornar, la muchacha descubre que su estancia en el país de los elfos se traduce en siete años en el mundo de los hombres. Ludwig Tieck explora aquí una especie de convivencia entre los hombres y los elfos.





Die elfen, Johann Ludwig Tieck (1773-1853)

—¿Dónde está nuestra pequeña María?
—Está jugando en el prado con el hijo de nuestro vecino contestó la mujer.
—No vayan a perderse —dijo el padre, preocupado—, son tan atolondrados.
La madre echó un vistazo a los pequeños y les llevó su merienda a la mesa.
—¡Qué calor hace! —dijo el muchacho mientras la niña se abalanzaba sobre las rojas cerezas.
—Tengan cuidado, niños —dijo la madre—, no vayan muy lejos de casa ni se adentren en el bosque; su papá y yo vamos al campo.
El joven Andrés contestó:
—¡Oh, no hay por qué preocuparse! El bosque nos asusta y vamos a quedarnos sentados cerca de la casa, donde hay gente.

Al momento, la mujer se retiró y salió acompañada de su esposo. Cerraron ambos la puerta de la casa y se dirigieron al campo y los prados para inspeccionar a los peones y, al mismo tiempo, la cosecha de heno. La casa se situaba en una pequeña y verde loma, rodeada por un declive con empalizadas que abarcaban también los huertos y los invernaderos; un poco más abajo, se extendía el pueblo, y a lo lejos se elevaba el palacio ducal. Martin arrendaba la propiedad señorial y vivía con su esposa y su única hija, contento porque cada año ahorraba con la perspectiva de hacerse, a costa de su trabajo, un hombre rico ya que la tierra era fértil y el señor conde más bien benévolo. Al caminar junto a su mujer en dirección de los campos, miró con alegría en torno suyo y dijo:

—Qué distinta es esta región de la otra en que vivíamos, Brígida. Aquí todo es tan verde, el pueblo es abundante en frutos, la tierra derrocha pastos y hermosas flores, todas las casas son alegres y limpias, y los habitantes, ricos. Hasta pienso que los bosques son aquí más hermosos y el cielo más azul; hasta donde alcanza la vista, puede verse el gozo y la alegría ante la generosidad de la naturaleza.
—En cuanto se está más allá del río —dijo Brígida—, se encuentra uno como en otra tierra, todo tan triste y raquítico. Cuanto forastero viene, afirma que nuestro pueblo es el más bello de la región.
—Con excepción del valle de abetos —contestó él—. Mira hacia allá, qué negro y triste se ve ese apartado lugar dentro de toda la alegría que lo circunda. Detrás de los oscuros abetos están la humeante casita, los cobertizos derruidos, el hilo de agua que pasa de largo con aire triste.
—Es cierto —dijo la mujer, mientras permanecían de pie—. Al acercarse a ese lugar, se vuelve uno triste y temeroso sin saber la razón de ello. ¿Quiénes serán en realidad esos que viven allí y por qué se mantienen alejados de toda comunidad como si no tuvieran la conciencia tranquila?
—Pobre chusma —contestó el joven arrendatario—. Parecen gitanos que roban y engañan en lo apartado, y quizá allí sea su escondite. Lo único que me asombra es que el muy benévolo señorío los tolere.
—Podría también ser gente pobre —dijo la mujer, compasivamente— que se avergüenza de su pobreza, aunque uno no tiene realmente razón al culparlos de nada; lo único que da en qué pensar es que no muestran devoción hacia la iglesia. Y no se sabe de qué viven pues el jardincillo, que parece estar completamente abandonado, no los puede ni siquiera alimentar, ni tampoco poseen sus propios campos.
—Sólo Dios sabe en qué se ocupen —continuó Martín, mientras reanudaba sus pasos—, pues ningún ser humano pasa junto a ellos, y el lugar que habitan está apartado y embrujado, de manera que ni los muchachos más traviesos se atreven a acercarse.

Continuaron conversando mientras se encaminaban al campo. Aquella oscura región de la que hablaban estaba situada fuera del pueblo. En una pendiente rodeada de abetos se veía una casita y diversas construcciones pertenecientes a varias granjas casi del todo destruidas. Muy de vez en cuando llegaba a apreciarse el humo de las chimeneas, y más rara todavía era la presencia de gente. En una sola ocasión, un curioso que se había atrevido a acercarse advirtió en un banco, delante de la casita, unas horribles mujeruchas vestidas con harapientas ropas acompañadas de unos niños igualmente feos y sucios que se revolcaban entre sus faldas; algunos perros de oscuro pelaje corrían cerca de ellos; al caer la noche, un individuo misterioso que nadie conocía cruzó el camino a la altura del arroyo y entró en la casita; más tarde, a lo lejos, podían verse entre la oscuridad diversas siluetas que se movían como sombras alrededor de una fogata campestre. La pendiente, los abetos y la casita derruida daban en verdad una extrañísima impresión dentro del verde y alegre paisaje, en comparación con las blancas casitas del pueblo y el reluciente y magnífico palacio.

Los niños se habían comido la fruta; sintieron deseos de correr, y la pequeña y ágil María le ganó en todas las ocasiones al lento Andrés.

—¡Eso no tiene ninguna gracia! —exclamó finalmente Andrés—. ¡Vamos a hacerlo ahora más lejos, entonces si veremos quién gana!
—Como quieras —dijo la pequeña—. Sólo que no podemos correr hacia donde está el río.
—No —contestó Andrés—. Pero allá, en la colina, donde está el gran peral, a un cuarto de hora de aquí. Yo corro dando vuelta a la izquierda, por la pendiente de los abetos, y tú, que puedes hacerlo, corres por el lado derecho del campo, y los dos llegamos a la misma meta. Entonces veremos quién es el que corre mejor.
—Bueno. Así no nos estorbaremos en el camino; además, mi papá dice que es la misma distancia en dirección de la colina yendo de este lado o más allá de la casa de los gitanos —dijo María, y en seguida comenzó a correr.
Andrés se apresuró tan velozmente que María, al tomar por la derecha, ya no lo alcanzó a ver mas.
—Es realmente un tonto —se dijo—, pues me será suficiente un poco de valor para cruzar el pequeño puente, pasar cerca de la casita y salir del solar hacia el otro lado; así llegaré mucho antes que Andrés.
Ya estaba delante del arroyo, al pie de la colina de abetos.
—¿Cruzo el puente? ¡Qué miedo! —se dijo.
Un falderillo blanco ladraba allí cerca con todo su írnpetu. Al asustarse, el animal le pareció a María como un monstruo y retrocedió inopinadamente.
—¡Ay! —dijo—. Andresito está ahora muy adelantado y yo sigo aquí, como una estatua, pensándolo todavía.

El perro ladraba sin parar; al mirarlo con más detenimiento no le pareció tan horrible sino, por el contrario, muy gracioso: tenía un collar rojo del que colgaba un reluciente cascabel, y toda vez que levantaba la cabeza meneándose al ladrar, el cascabel se dejaba oír encantadoramente.

—¡Eh, sólo tengo que decidirme! —exclamó la pequeña María—. Corro lo más que pueda y ¡rápido, rápido! salgo otra vez al camino. ¡Este animalillo no me ha de devorar tan rápidamente!

Al decir esto, la resuelta y vivaz niña se lanzó hacia el puentecillo y pasó a toda carrera junto al perro, que sin ladrar más le hizo fiestas alrededor. De pronto estaba en la pendiente, de manera que los negros abetos le impedían la vista hacia los contornos de la casa paterna y el resto del paisaje. Vaya que estaba sorprendida. La rodeaba el jardín de flores más vistoso y alegre, sembrado de tulipanes, rosas y azucenas de incomparables y bellos colores; mariposas azul y púrpura se mecían en los pétalos, aves multicolores se colgaban de los emparrados en las jaulas de lustrosas rejas mientras cantaban hermosas melodías, y algunos niños, en albeantes y cortos vestiditos, de pelo rubio y rizado y de ojos claros, saltaban alrededor. Unos jugaban con corderitos, otros daban de comer a los pájaros o bien recolectaban flores que se regalaban mutuamente. Otros más comían cerezas, uvas y albaricoques rojizos. No podía verse ninguna casita. En cambio, una amplia y hermosa casa, con puerta de hierro en artístico y noble talle, lucía en medio de ese espacio. María estaba absorta y maravillada, y ni siquiera supo orientarse; pero, como no era nada tonta, en pocos instantes se acercó al primer niño que vio y le tendió la mano para saludarlo.

—¡Qué sorpresa que vengas a visitarnos! —dijo la deslumbrante niña a la que había saludado—. Te he visto correr y saltar allá afuera, pero te has asustado con nuestro perrito.
—¿Entonces no son ustedes ningunos gitanos bribones, como dice Andrés? ¡Vaya! Pero si es un tonto, y ¡el día entero habla sin ton ni son!
—Quédate con nosotros —dijo la maravillosa niña—, te gustará.
—Pero es que estamos corriendo.
—Regresarás a tiempo. ¡Toma y come!

María comió y encontró la fruta tan dulce como nunca había saboreado ninguna. Una mujer muy alta, vestida con lujo deslumbrante, se acercó y preguntó por la niña extranjera.

—Hermosa mujer —le dijo María—, vine corriendo hasta aquí y ella me invitó a quedarme.
—Tú sabes, Zerina —dijo la hermosa mujer—, que ella sólo tiene permiso por poco tiempo y, además, tenias que haberme preguntado antes que todo.
—Pensé —dijo la deslumbrante niña— que si la habían dejado cruzar el puente podía entonces quedarse; ya la hemos visto correr a menudo por el campo y tú misma te has deleitado con su carácter alegre y vivaz; al fin y al cabo, tendrá que abandonarnos muy pronto.
—No, yo quiero quedarme aquí —dijo María—. Esto es muy bonito; además, aquí están las cosas más agradables que he visto, sobre todo las fresas y las cerezas. Allá afuera no es tan espléndido como aquí.

La mujer, vestida con sus prendas doradas, se alejó sonriendo y muchos de los niños saltaron entonces alrededor de la alegre María bromeando con ella y animándola a bailar; otros le llevaron corderitos y juguetes maravillosos; unos más tocaron sus instrumentos y cantaron. Pero se mantuvo especialmente junto a la compañera que conoció desde su llegada pues era la más amable y simpática de todos. La pequeña María exclamaba una y otra vez:

—Quiero quedarme siempre con ustedes para que sean mis hermanos.
Ante ello, todos los niños se reían abrazándola.
—Ahora vamos a hacer un bonito juego —dijo Zerina. Corrió velozmente al interior del palacio y volvió con una diminuta caja dorada que guardaba un brillante polen. Tomó un poco de él con sus deditos y esparció algunos granos en el verde suelo. De pronto, se vio crujir el césped en forma de olas y, luego de breves momentos, surgieron de inmediato rosales que crecieron y se desarrollaron al instante, invadiendo el espacio con el más dulce aroma. María tomó también un poco de polvo y, cuando lo hubo esparcido, aparecieron blancas azucenas y multicolores claveles. A un movimiento de Zerina, desaparecieron las flores apareciendo otras en su lugar.
—Ahora —dijo Zerina—, prepárate para algo mejor. Puso entonces dos piñones en el suelo, los pisoteó enérgicamente hasta hundirlos en la tierra y, al momento, dos verdes arbustos comenzaron a erguirse ante los niños.
—Cógete fuerte de mí —le dijo Zerina.

María puso sus brazos alrededor de su tierno cuerpo. Sin pensarlo, se sintió elevada, los arbolillos crecieron debajo de las niñas con asombrosa rapidez hasta que los altos pinos se arqueaban y las niñas tuvieron que mantenerse abrazadas entre las rojas nubes del atardecer, balanceándose de uno a otro lado en medio de besos. Los otros pequeños subían y bajaban con suma agilidad por entre las ramas de los árboles; se hacían bromas y daban empujones con muchas risas al encontrarse en el camino. Uno de los niños cayó a causa del amontonamiento de los otros y voló entonces por los aires, si bien bajó lenta y seguramente a tierra. Por último, María sintió miedo, la otra pequeña entonó algunas canciones con voz muy clara y los árboles descendieron tan rápidamente como se habían elevado hasta las nubes. Entraron por la puerta de hierro hacia el palacio. Sentadas allí, hermosas mujeres, tanto ancianas como jóvenes, se deleitaban dentro de la sala circular comiendo agradables frutas. Entre tanto, podía escucharse una hermosa y sutil melodía. En la bóveda había palmeras pintadas, flores y follajes entre los que subían y bajaban, haciendo gráciles movimientos, varias figuras infantiles. Las imágenes variaban y centelleaban en los más encendidos colores, de acuerdo con la música; al momento, el verde y el azul se encendían como una diáfana luz y, con tonos de flama dorada y púrpura, el color se opacaba hasta languidecer; entonces los niños, desnudos entre los follajes de flores, parecían avivarse y tomar aliento a través de sus labios rojos de rubí de manera que podía verse el fulgor de los dientecillos y de los ojos azul celeste.

Desde la estancia, una escalera de hierro conducía a un gran hipogeo. Allí, entre una gran cantidad de oro, plata y piedras preciosas, refulgían gemas de infinitos colores; había en las paredes hermosos vasos que parecían rebosantes de magníficos tesoros, y oro trabajado en varias maneras que brillaba con un familiar tono rojizo. Incontables enanitos se hallaban ocupados en seleccionar las piezas a fin de ponerlas en los vasos. Otros, jorobados y contrahechos, de largas y enrojecidas narices, traían con muchos trabajos, jadeantes casi hasta inclinar la frente contra el piso, como los molineros bajo su carga de trigo, unos sacos de los que caían al suelo granos de oro. En seguida saltaban torpemente de un lado a otro y tomaban las piedrecillas rodantes que iban escapándose; no era raro que, en medio de su inquietud, uno golpeara al otro de manera que caían al suelo, atolondrados bajo su propio peso. Ponían caras hoscas y desdeñosas cuando ella reía ante sus gestos de fealdad. Encogido, sentado hasta el fondo, estaba un diminuto anciano a quien Zerina saludó ceremoniosamente en tanto que él agradecía con una severa inclinación de su cabeza. Tenía en la mano un cetro y puesta en la cabeza una corona; todos los demás enanos parecían reconocerlo como su señor y obedecían sus indicaciones.

—¿Qué pasa ahora? —preguntó, malhumorado, cuando las niñas se le acercaron un poco más.
María guardó silencio, temerosa, pero su compañera contestó que sólo habían ido a echar un vistazo a los sótanos.
—¡Las niñerías de siempre! —exclamó el viejo—. ¿No terminará nunca el ocio? —y tras esto, volvió a sus ocupaciones haciendo pesar y seleccionar diversas piezas de oro; envió a otros enanos afuera, y a uno más lo regañó.
—¿Quién es ese señor? —preguntó María.
—Nuestro príncipe del Metal —dijo la pequeña, mientras seguían caminando.
Parecían estar nuevamente afuera; se encontraban en la orilla de un lago. Sin embargo, no había sol ni podían ver el cielo. Una barquita las recibió y Zerina remó incansablemente. Fue veloz la travesía. En medio del lago, María vio miles de carrizos, canales y afluentes ramificándose desde su centro en todas direcciones.

—Estas aguas corren bajo nuestro jardín hacia el lado derecho —dijo la deslumbrante niña—. Por ello, todo florece tan fresco. Desde aquí puede bajarse a la gran corriente del río.

De pronto, desde todos los canales, apareció una multitud de niños, y todos se acercaban nadando; muchos llevaban guirnaldas de juncos y lirios; otros, puntas de coral, y otros más iban tocados con retorcidas conchas. Un confuso barullo resonaba alegremente desde las oscuras riberas; entre los pequeños era posible apreciar los movimientos de las más hermosas mujeres, y muchos niños a la vez saltaban sin cesar y se colgaban de ellas besándolas en el cuello y los hombros. Todas saludaron a la extranjera mientras ésta cruzó el lago en medio de ese alboroto, hasta internarse en un afluente del río, cada vez más estrecho. Por último, la barca se detuvo. Se despidieron de ella y Zerina tocó una roca que se abrió como una puerta y una roja figura femenina las condujo hacia abajo.

—¿Se están divirtiendo? —preguntó Zerina.
—Están tan agitados y contentos como uno los puede ver —contestó la mujer—, y el calor es extremadamente agradable.

Subieron por una escalera circular y, de pronto, María se vio en una sala tan iluminada que, al entrar, sus ojos quedaron deslumbrados. Tapices de un rojo intenso nutrían con una brasa púrpura los muros, y cuando la mirada de María se hubo adaptado vio, para su sorpresa, cómo ciertas figuras saltaban y danzaban sobre los tapices en medio de la mayor alegría y con tan grácil constitución y proporción, que no podía imaginarse otra cosa más cautivante. Sus cuerpos semejaban al bermejo metal, y parecía como si la inquieta sangre pulsara visiblemente dentro de ellos. Mostraban su risa ante la niña extranjera saludando con repetidas inclinaciones, pero cuando María intentó acercarse, Zerina la retuvo de pronto con fuerza, gritándole:

—¡Vas a quemarte, María, todo eso es fuego!
María sintió el calor:
—¿Por qué estas figuras tan tiernas no salen y juegan con nosotros? —preguntó a su amiga.
—Porque así como tú vives en el aire, ellas tienen que permanecer en el fuego; de otro modo, morirían. Mira qué bien se sientan, cómo ríen y gritan; allí, bajo tierra, los ríos de fuego se expanden en todas direcciones. Por su causa, crecen ahora las flores, las frutas y los sarmientos; los rojos ríos corren al lado de los riachuelos, y así estos seres de cambiantes llamas se mantienen siempre activos y alegres. Pero es ya demasiado fuego para ti. Vamos otra vez al jardín.

En el jardín, el escenario era distinto. El brillo de la luna reposaba en cada pétalo, los pájaros permanecían en silencio y los niños dormían, en variados grupos, entre el verde follaje. Pero María y su amiguita no sentían ningún cansancio; en medio de largas conversaciones, paseaban bajo la cálida noche de verano. Al amanecer, se refrescaron con frutas y leche. María dijo:

—Cambiemos de ambiente y salgamos al abetal para ver de cerca los abetos.
—Con mucho gusto —dijo Zerina—. Así podrás visitar a nuestros guardias, que seguramente van a gustarte. Están en lo alto del terraplén, entre los árboles.

Caminaron entre multicolores jardines, cruzando florestas repletas de ruiseñores; luego ascendieron por colinas rebosantes de parras y, después de seguir el intrincado curso de un claro hilo de agua, llegaron por fin al abetal y al declive que limitaba la región.

—¿Cómo es posible —preguntó María— que adentro tengamos que caminar tanto y afuera la distancia sea tan corta?
—No sé cómo sucede, pero así es —contestó la amiga.

Ascendieron hasta el sombrío abetal y un viento frío venía a acariciarlas desde el exterior; el paisaje parecía cubrirse por completo de niebla. En lo alto, extrañas figuras, cuyos rostros parecían cubiertos de polvo harinoso, estaban de pie, semejantes a las repugnantes cabezas de las lechuzas blancas. Se hallaban cubiertas con rugosos abrigos de gruesa y burda lana, y sostenían, abiertos, unos paraguas de extraña piel; soplaban y abanicaban sin parar con alas de murciélago que incidentalmente miraban, absortos, a través de los pliegues.

—Quisiera reír y siento miedo —dijo María.
—Ésos son nuestros buenos y laboriosos guardianes —replicó la pequeña compañera de juegos—. Aquí permanecen produciendo aire a fin de que todo extranjero que quiera acercarse experimente un extraño temor. Están cubiertos de esa manera por la lluvia y el frío pues no soportan ninguna de las dos cosas. Aquí abajo nunca llega nieve ni viento, ni hay frío; aquí es el eterno verano y la eterna primavera, pero si no se relevaran en sus puestos, morirían completamente.
—Pues, ¿quiénes son ustedes? —preguntó María cuando descendían de nuevo entre aromas florales—. ¿O no tienen un nombre con el que uno les pueda reconocer?
—Nos llamamos elfos —dijo la amable niña—. Según he podido escuchar, así nos nombran en el mundo.
Escucharon un tumulto que surgía del prado más cercano.
—¡Llegó la hermosa ave! —les gritaron los niños, a la distancia.

Todos se agitaban dentro de la estancia. Entre tanto, vieron cómo jóvenes y viejos se apresuraban a cruzar el umbral y cómo se regocijaban; dentro resonaba una música plena de júbilo. Al entrar, vieron la circular estancia repleta de las más variadas figuras; todos miraban por encima en dirección de la enorme ave que, con su lujoso plumaje, describía lentamente múltiples círculos. La música se escuchaba más alegre que nunca, y colores y luces cambiaban con increíble rapidez. Finalmente, la música se detuvo y el ave se lanzó estrepitosamente por encima de una refulgente corona que flotaba bajo un elevado ventanal, iluminando desde lo alto la bóveda. Su plumaje era de colores verde y púrpura, y a través de él corrían las más brillantes líneas doradas; en su cabeza se movía una diadema de pequeñas plumas, tan claras y luminosas que relampagueaban como si fueran gemas. El pico era rojo y las patas de un azul intenso. A cada movimiento del ave, todos los colores lucían entreverados y todas las miradas, embelesadas, se prendían de él. Sus dimensiones eran las de un águila. Al abrir su luminoso pico, una dulce melodía escapó de su agitado pecho en tonos más hermosos aun que los del apasionado ruiseñor; el canto cobraba fuerza y se esparcía como una masa de rayos de luz, de manera que todos, incluso los más pequeñuelos, no podían contener las lágrimas de alegría y entusiasmo. Cuando terminó, todos se inclinaron delante del ave, que de nuevo voló en círculos bajo la bóveda, disparándose a través de la puerta y lanzándose hacia el despejado cielo, donde pronto pareció tan sólo un punto rojo, tan rápidamente que, al instante, desapareció en las alturas.

—¿Por qué están todos tan contentos? —preguntó María, inclinándose hacia la hermosa niña, que en ese instante le pareció más pequeña que el día anterior.
—¡Viene el rey! —dijo la pequeña—. Muchos de nosotros todavía no lo hemos visto, y adonde quiera que se dirige hay fortuna y alegría. Mucho tiempo lo hemos esperado, más ansiosamente que ustedes esperan la primavera después de un largo invierno; y ahora anunció su venida con este hermoso mensajero. Esta agradable e inteligente ave, que nos ha sido enviada en el servicio del rey, se llama Fénix. Vive en tierras lejanas, en Arabia, en la copa de un árbol del cual sólo hay uno en el mundo, así como no existe un segundo Fénix. Cuando se siente viejo, fabrica un nido a partir de bálsamos e inciensos, lo enciende y se prende fuego a sí mismo, de modo que muere cantando; de las aromáticas cenizas se levanta otra vez el rejuvenecido Fénix con renovada hermosura. Muy raro es que emprenda el vuelo, así que aquellos que llegan a verlo —siendo que tal cosa sucede una vez en siglos— lo inscriben en sus memorias y esperan de ello acontecimientos maravillosos. Pero ahora, amiga mía, tienes también que partir pues no te está concedida la presencia del rey.

Entonces la hermosa mujer del vestido de oro se aproximó entre el tumulto, le hizo señas a María y se alejó con ella bajo una solitaria alameda.

—Tienes ahora que abandonarnos, mi querida niña —le dijo—. El rey quiere mantener su corte en este lugar durante los próximos veinte años o incluso más; se esparcirán fertilidad y bendiciones por todo el país y especialmente aquí. Los manantiales y los ríos serán más abundantes, todos los campos y los jardines, más ricos, y más noble el vino, más pródigo el prado y más fresco y verde el bosque; correrán más suaves vientos, ningún granizo perjudicará las cosechas ni inundación alguna amenazará a los hogares. Toma este anillo y piensa en nosotros, pero cuídate de hablarle a alguien acerca de nosotros pues si lo haces nos veremos obligados a abandonar esta tierra, y toda la gente de los alrededores, como también tú, carecerán de la fortuna y de las bendiciones que nuestra cercanía les otorga. Besa por última vez a tu compañera y adiós.

Al salir, Zerina lloraba; mientras tanto, María se inclinó para abrazarla y se separaron. Estando ya en el estrecho puente, el aire frío sopló sobre su espalda, desde el abetal, y el falderillo la saludó con sus ladridos dejando oír su cascabel; se volvió para echar una mirada y se apresuró a salir; la densidad de los abetos, la oscuridad de las casitas derruidas y las brumosas siluetas le inspiraron un angustioso temor.

—¡Cómo se habrán preocupado esta noche mis padres por mí! —se dijo, al encontrarse de nuevo en el campo—. Y no les puedo decir dónde estuve ni lo que he visto. Además, nunca lo creerían.
Dos hombres pasaron a su lado, la saludaron, y ella les escuchó decir:
—¡Qué chica más guapa! ¿De dónde será?
María apuró sus pasos al dirigirse a la casa paterna. Los árboles, apenas ayer rebosantes de frutos, se veían ahora raquíticos y sin follaje. La casa estaba pintada de otro color y un nuevo granero se levantaba a su lado. María se sorprendió tanto que creía estar en un sueño. Bajo tal turbación, abrió la puerta de la casa, su padre se hallaba sentado a la mesa, entre una mujer desconocida y un joven extranjero.

—¡Dios mío, padre! —exclamó—. ¿Dónde está mi madre?
—¿Tu madre? —dijo la mujer, presintiendo algo; precipitadamente, dio un paso hacia adelante—. ¡Vaya! ¿No serás...? ¡Pero claro, claro! Eres María, mi perdida que creían muerta, la única, querida María.

La había reconocido por un pequeño lunar debajo del mentón, por sus ojos y por su figura. Todos la abrazaron, todos estaban alegremente emocionados y los padres se enjugaban las abundantes lágrimas. María se sorprendió al notar que casi igualaba en estatura a su padre, y no alcanzaba a comprender que su madre hubiese cambiado y envejecido tanto. Preguntó por el nombre del joven.

—Es Andrés, el hijo de nuestro vecino —dijo Martín——. ¿Cómo es que vuelves tan inesperadamente después de siete largos años? ¿Dónde has estado? ¿Por qué no nos has enviado noticias tuyas?
—¿Siete años? preguntó María al no poder orientarse en sus ideas y recuerdos—. ¿Siete años enteros?
—Sí, sí —dijo Andrés, riéndose y tomándole cordialmente la mano—. Te gané, María, llegué hace siete años al peral y he vuelto; y tú, lenta, ¿apenas vas llegando?

Le preguntaron una y otra vez, le insistieron, pero ella, recordando la advertencia, no pudo dar ninguna respuesta. Casi le impusieron el cuento de que se había perdido al subirse a un carro que pasaba; que se había ido a un lugar extraño donde no supo indicar a la gente cuál era su hogar paterno; cómo había ido a parar a una ciudad lejana, donde unas buenas gentes la habían educado y amado; cómo éstas habían muerto y ella se había acordado de su lugar de origen y había decidido hacer el viaje de regreso.

—Dejémoslo así —dijo la madre——. Ya es suficiente con tenerte otra vez a nuestro lado. ¡Mi hijita, mi única, mi todo!

Andrés se quedó a cenar; María aún estuvo desorientada. La casa le parecía pequeña y oscura, le sorprendía su traje, limpio y sencillo, pero le resultaba totalmente ajeno; observó el anillo en su dedo, su oro brillaba a raudales y una piedra de un rojo refulgente resaltaba todavía más. A la pregunta de su padre, contestó que el anillo era un regalo de sus benefactores. Anhelaba el momento de irse a dormir y, finalmente, se retiró. A la mañana siguiente se sentía serena, había ordenado mejor sus ideas y fue capaz de responder a la gente del pueblo que acudió a saludarla. Andrés, que había ido muy temprano, se mostraba afable y alegre, así como dispuesto a servirla. La muchacha, de quince años cumplidos, le había causado gran impresión, e incluso la noche anterior no había podido dormir. La mandaron llamar del palacio, adonde fue y tuvo que contar su historia, que ya había aprendido bien. El anciano señor y su mujer admiraron su buen comportamiento, pues era modesta sin ser tímida, respondía cortésmente y con buenas palabras a todas las preguntas que se le hacían; la timidez ante los nobles y ante aquellos de que se rodeaban había desaparecido, pues al comparar estas salas y sus adornos con los prodigios y la elevada belleza que había visto en la estancia secreta de los elfos, este lujo terrenal le parecía opaco, y la presencia de la gente, insignificante. Los jóvenes estaban sumamente encantados con su belleza.

Era febrero. Los árboles se cubrieron mucho antes de lo habitual con su frondosidad. El ruiseñor nunca había aparecido tan pronto. La primavera se presentó en el país con un mayor esplendor, tanto como no podían recordarlo los ancianos mayores. De todas partes brotaron manantiales que surtían de agua en abundancia a prados y vergeles. Las colinas parecían haber crecido, las regiones donde las parras de uva maduraban se elevaron notablemente, los frutales florecieron como nunca, y una bendición plena de aromas se expandía sobre el paisaje en forma de nubes y de pétalos. Todo se daba asombrosamente bien, no hubo día en que faltara el agua ni tempestad alguna que dañara las cosechas, el vino brotaba enrojecido de inmensos racimos y los habitantes del pueblo se admiraban sobrecogidos como en mitad de un dulce sueño. El año siguiente fue igual, si bien la gente ya se había acostumbrado a lo maravilloso. En otoño, María cedió a los ruegos de Andrés y de sus propios padres: se hizo su novia y en invierno se casó con él. Muchas veces recordaba con honda nostalgia su viaje a la región oculta de los abetos; permanecía callada y seria. A pesar de lo hermoso que era todo cuanto la rodeaba, conocía algo todavía más hermoso; por ello, una ligera melancolía transformaba su ser con serena tristeza. Le dolía escuchar a su padre o a su marido hablar de los gitanos y bribones que se suponía vivían en la oscura pendiente; muchas veces quiso defenderlos, sobre todo ante Andrés, quien parecía encontrar cierto placer al hablar mal de ellos, pues ella sabía que eran los benefactores de la región. No obstante, reprimía siempre sus palabras. Así vivió durante un año, y al siguiente se puso la mar de contenta ante la llegada de una hija, a la cual le dio el nombre de Elfriede, seguramente en recuerdo de los elfos.

La joven pareja vivía con Martín y Brígida en la misma casa, que era suficientemente amplia, y ayudaba a los viejos en los quehaceres domésticos. La pequeña Elfriede mostró pronto capacidades y talentos especiales: caminó prematuramente y pudo hablar todo cuando aún no cumplía los primeros doce meses; más aún, después de varios años era tan lista y sensata y de tan extraordinaria belleza que todos la veían con admiración, en tanto su madre no podía dejar de pensar en su semejanza con los relucientes niños que habitaban en la pendiente de los abetos. A Elfriede no le agradaba estar con los demás niños; por el contrario, evitaba, hasta el punto de parecer tímida, sus entusiastas juegos, y prefería más que nada estar a solas. Entonces se apartaba en un rincón y leía o trabajaba con ahínco en su delicada costura. Muchas veces se le veía profundamente ensimismada o bien caminar de un lado a otro, hablando excitadamente consigo misma. Gustosos, sus padres la dejaban pues era una niña sana y alegre. Pero las respuestas y comentarios extrañamente inteligentes los hacía sentirse preocupados.

—Niños tan listos —dijo la abuela Brígida— a menudo no llegan a mayores, no están hechos para este mundo. Además, la niña es extraordinariamente hermosa y no se hallará a gusto en este mundo.

La pequeña tenía la particularidad de disgustarse mucho cuando era ayudada en sus quehaceres; quería siempre hacerlo todo por sí misma. Casi a diario era la primera en levantarse, se aseaba con mucho esmero y se vestía ella sola. Era muy cuidadosa por las noches; al guardar sus ropas y vestidos, absolutamente nadie, incluida su madre, tenía permitido acercarse a sus cosas. Su madre la miraba hacer en medio de tales caprichos; aún no sospechaba nada. Pero no salió de su asombro cuando, un día de fiesta en que iban de visita al castillo, al mudarle la ropa entre forcejeos, gritos y llantos de la niña descubrió en su pecho, colgada de una cadenita, una extraña medalla de oro; en ella reconoció de inmediato una de las tantas que había visto en la bóveda subterránea. La pequeña se asustó mucho, confesó haberla encontrado en el jardín y, al gustarle tanto, la guardó celosamente. Le rogó con tanta insistencia y ternura que le permitiera quedársela, que María se la sujetó de nuevo al cuello y, pensativa y silenciosamente, se encaminó con ella hacia el castillo. A un costado de la casa había una troje y una construcción donde guardaban los aperos de labranza. Detrás, se hallaba un pequeño prado con un viejo cobertizo que nadie visitaba debido a que después de la nueva disposición de los edificios quedaba muy lejos del jardín. Era en esa soledad donde Elfriede prefería permanecer; allí nadie la perturbaba, de manera que sus padres no la veían durante gran parte del día. Una tarde, cuando María estaba en las viejas construcciones tratando de poner orden y de hallar alguna cosa, notó que a través de una grieta del muro un rayo de luz caía dentro de la habitación. Se le ocurrió mirar a través de la grieta para observar a su hija, hallándose con que le fue posible apartar un ladrillo flojo y, de esta manera, ver directamente hacia el cobertizo. Elfriede estaba sentada junto a su banquito y, a su lado, la muy conocida Zerina; ambas jugaban y se divertían en medio de una graciosa armonía. La elfa abrazó a la hermosa niña y, un tanto triste, le dijo:

—¡Mi adorada criatura! Así como contigo, jugué con tu madre cuando siendo pequeña nos visitó. Pero ustedes los humanos crecen demasiado rápido y se convierten rápidamente en gente adulta y razonable. Eso me pone completamente triste. ¡Ah, si permanecieran niños al igual que yo!
—Me gustaría tanto complacerte —dijo Elfriede—, pero todos los míos piensan que muy pronto entraré en razón y que no jugaré más, pues doy claras muestras de ser una niña precoz. ¡Ay! ¡Por si fuera poco, no te volveré a ver a ti, querida Zerinita! Pasa como con las flores de los árboles: ¡qué magnífico el floreciente manzano con sus rojizos y henchidos botones! El árbol crece y se ensancha tanto que cada hombre que camina a su vera piensa también que será algo especial; después llega el sol, el florecimiento de sus ramas deviene tan felizmente con el duro núcleo en sus entrañas que más tarde excreta el colorido adorno y lo arroja al suelo. Entonces ya no puede ayudársele más en su triste desarrollo, y ha de volver a dar sus frutos hasta el otoño. Ciertamente, una manzana es también placentera y agradable pero insignificante al lado de este florecimiento primaveral. Así ocurre también con la gente; no puedo alegrarme por el hecho de llegar a ser un adulto. ¡Ay, si pudiera visitaros una sola vez!
—Desde que el rey vive con nosotros —dijo Zerina— es absolutamente imposible, pero yo vengo a verte muchas veces sin que nadie me vea ni lo sepa, querida; soy invisible en el aire y vuelo como un pájaro. ¡Oh, vamos a estar juntas mucho tiempo, mientras sigas siendo una pequeña! Y ahora, ¿qué puedo hacer para complacerte?
—Debes quererme tanto como yo te guardo en el corazón; pero hagamos una rosa para nosotras.

Zerina tomó de su pecho su conocido cofrecillo, arrojó dos granos al suelo y, al momento, brotó de él un verde arbusto con un par de rosas de un rojo intenso y que parecían inclinarse y besarse entre sí. Sonrientes, cortaron las rosas y el arbusto desapareció.

—¡Oh, si tan sólo la vida de esta rosa no fuera tan breve! —dijo Elfriede—. Encendida criatura, milagro de la tierra.
—¡Dame! —dijo la elfa, quien aspiró el capullo antes de besarlo tres veces—. Ahora —dijo al devolvérselo— se mantendrá fresco y floreciente hasta el invierno.
—Quiero guardar esta rosa como si fuera tu propia imagen —dijo Elfriede—; quiero guardarla en el rincón más secreto de mi habitación para besarla todas las noches y todos los días como si fueras tú misma.
—El sol se está poniendo —dijo Zerina—; ya tengo que irme a casa.

Se abrazaron una vez más y Zerina desapareció. Por la noche, María tomó a su niña, con una sensación de angustia y respeto, entre sus brazos. A partir de entonces, le dio a su muchachita mayor libertad que antes y, en ocasiones, tranquilizó a su marido cuando éste iba en busca de la niña, lo cual venía haciendo desde tiempo atrás pues no acababa de gustarle su excesivo retraimiento y temía que pudiera volverse una ingenua y poco avispada muchacha. Sigilosamente, la madre iba repetidas veces ante la grieta del muro y, con frecuencia, encontraba a la pequeña y deslumbrante elfa sentada al lado de su hija, ocupadas ambas en algún juego o en una muy seria conversación.

—¿Te gustaría volar? —preguntó en una ocasión Zerina a su amiguita.
—¡Cuánto me gustaría! —exclamó Elfriede.

De inmediato el hada abrazó a la niña y se elevó con ella de manera que ambas se mantuvieron a la altura del cobertizo. La madre, inquieta, olvidó toda precaución y asomó, asustada, la cabeza con objeto de no perderlas de vista; de pronto Zerina levantó su dedo y, sonriente, la amenazó; descendió con la niña, la estrechó contra su corazón y desapareció. A menudo María fue advertida por la maravillosa niña, quien meneaba la cabeza amenazándola si bien siempre con amables gestos. María le había dicho muchas veces, en tono de riña, a su marido:

—¡Eres injusto con la gente que habita la casita!
Cuando Andrés insistía en que le explicara por qué estaba en contra de la opinión del pueblo e incluso de la del conde, creyéndose mejor entendida, ella se contenía y, desconcertada, guardaba silencio. Un día, Andrés llegó a casa a la hora de la comida más impetuoso que otras veces; llegó a afirmar que era necesario desterrar a esa canalla en virtud de que era perniciosa para la región. Ella exclamó entonces, llena de indignación:

—¡Calla! Ellos son nuestros benefactores.
—¿Nuestros benefactores? —preguntó Andrés, sorprendido—. ¿Los vagabundos?
Un arranque de cólera incontenible la llevó a contarle a su marido la historia de su juventud bajo la promesa de guardar el más absoluto silencio, y como se mostrara mayormente incrédulo ante sus palabras y ladeaba la cabeza haciendo más patente su escepticismo, lo condujo a la habitación desde donde acostumbraba observar a su hija y, para su sorpresa, vio a la elfa en el cobertizo jugando con ella. No supo qué decir. Dejó escapar una exclamación de asombro ante la cual Zerina alzó la vista. Al momento, ésta se puso pálida, tembló con cierta agitación y se mostró hosca sin poder contener su expresión alterada, todo lo cual la hizo comportarse en una actitud amenazante antes de decirle a Elfriede:

—Tú no tienes la culpa de esto, corazón mío, pero nunca conocerán la prudencia por más inteligentes que se crean.

Abrazó a la pequeña, sobresaltada y apuradamente, y voló en seguida como un cuervo, lanzando roncos graznidos, en dirección de los abetos, más allá del jardín. Al anochecer, la pequeña se mantuvo en extremo callada y, llorando, besaba su rosa. María se sintió presa de angustia; Andrés apenas si dijo algo: se hizo la noche. De pronto susurraron los árboles, los pájaros volaron lanzando angustiosos garlidos, se escuchó el redoble de un trueno que sacudió la tierra y asimismo quejumbrosas voces que el viento parecía acercar y alejar. María y Andrés no tenían valor ni para levantarse. Se envolvieron en sus mantas y aguardaron el día temblando de miedo. Por la mañana, la cosa fue tranquilizándose; todo se mantenía en silencio cuando el sol penetraba con su luz en lo alto de los bosques. Andrés se levantó y se vistió; al despertar, María se dio cuenta de que la piedra de su anillo se había opacado. Al abrir la puerta, el sol brillaba ante ellos claramente pero casi no reconocieron el paisaje que había en torno suyo. La frescura del bosque había desaparecido, las colinas eran más bajas, los arroyos corrían cansinos y casi secos, el cielo estaba gris. Cuando dirigieron la mirada hacia el abetal, los abetos no les parecieron ni más oscuros ni más tristes que los otros árboles. No había en las casitas situadas detrás de ellos nada que pudiera inspirar ningún temor. Varios aldeanos llegaban y contaban los extraños sucesos de la noche anterior; algunos incluso fueron hasta los solares donde vivían los supuestos gitanos, quienes muy probablemente, según dijeron, se habían ido ya, pues las casitas estaban deshabitadas y su interior se apreciaba como siempre, semejante al de las casas de la gente pobre; incluso parte del mobiliario había sido abandonado.

Elfriede le dijo en secreto a su madre:
—Mamá, por la noche, cuando no podía conciliar el sueño por el miedo a los truenos y me puse a rezar fervientemente, se abrió de pronto la puerta y entró mi compañera de juegos para despedirse. Traía un veliz y tenía puesto un sombrero; traía también un cayado enorme para el camino. Estaba visiblemente enfadada contigo, pues ahora tendrá que soportar las peores y más dolorosas penas por tu causa. ¡Tanto te había amado siempre! De cualquier manera, según dijo ella, abandonarán contra su voluntad nuestra región.

María le prohibió hablar acerca del asunto. Entre tanto, el barquero llegó del otro lado del río; contó cosas extraordinarias. Al caer la noche, según dijo, un hombre de elevada estatura y de aspecto extraño llegó con él para alquilarle la embarcación hasta la hora del amanecer, pero a condición de que se quedara tranquilamente durmiendo en su casa o, al menos, no pasara de la puerta hacia afuera.

—Tenía miedo —continuó el anciano—, pero ese extraño asunto no me dejaba dormir. Me escurrí silenciosamente hacia la ventana y miré hacia afuera buscando con los ojos el río. Grandes y turbulentas nubes flotaban en el cielo y los bosques lejanos susurraban temiblemente. Mi cabaña parecía temblar, y lamentos y aullidos parecían irla cercando lentamente. Entonces miré de pronto una luz blanca que se extendía y se hacía más ancha, como miles y miles de astros caídos del cielo. Palpitando con mucho brillo, se agitó sobre la pendiente del abetal, avanzó a través del campo y se esparció a lo largo de las aguas del río. Entonces escuché por todos lados, como si alguien caminara torpemente, algo parecido a un tintineo y, luego, murmullos. Se dirigieron hacia mi barca y todos treparon a ella; grandes y pequeñas siluetas luminosas, hombres, mujeres y al parecer niños, así como un alto y extraño hombre que iba al frente de ellos hacia la otra orilla. Miles nadaban en las aguas del gran río, al lado de la embarcación, mientras en el aire flotaban luces y nubes blancas, y no había quién diera término a sus lamentos y quejas por tener que viajar tan lejos. El golpe de los remos sobre el agua producía un murmullo aislado de todo lo demás, y después, de pronto, surgió el silencio. Muchas veces atracaba la barca y volvía en todas las ocasiones con una nueva carga. Llevaban consigo muchos toneles de gran peso, que cargaban y hacían rodar unos asquerosos enanos que los acompañaban; parecían diablos o duendes, yo no lo se. Más tarde, en medio de un ondulante fulgor, llegó un engalanado séquito. Un anciano, que montaba un corcel blanco, parecía ser el centro en torno al cual todos se apretujaban; sólo pude apreciar la cabeza del caballo cubierto por completo con unos bellos y lustrosos mantos. El viejo llevaba sobre su cabeza una corona tan brillante que, cuando cruzó el río en dirección de la orilla opuesta, pensé que el sol quería elevarse y la aurora flameaba frente a mí. Así transcurrió toda la noche; por último me dormí, a la vez alegre y temeroso. Por la mañana todo estaba tranquilo, pero el río casi desapareció, y es tanta su merma que tendré dificultades para gobernar mi embarcación.

En el transcurso de ese mismo año, cuanto abarca la vista iba decreciendo. Los bosques morían, los veneros se agotaban y la región —antaño la común alegría de los viajeros— estaba en el otoño tan asolada, diezmada y yerma por todas partes, que apenas si se mostraba un pequeño sitio, en medio del mar terroso, donde crecieran pálidos yerbajos. Los frutales habían desaparecido, las viñas se perdieron y el aspecto del paisaje era tan triste que al año siguiente el conde abandonó con su familia el castillo, que con el curso del tiempo quedó en ruinas.

Elfriede, sumida en la mayor tristeza, contemplaba noche y día su rosa. Recordaba a su compañera de juegos y, a medida que se doblaba y secaba la flor, también ella iba inclinando su cabecita, hasta consumirse antes de llegar la primavera. María iba a plantarse muchas veces enfrente de la casita e imploraba y lloraba por la dicha perdida. Se consumió al igual que su pequeña hija y murió al cabo de pocos años. Entonces el viejo Martín se fue a vivir con su yerno a la región donde antaño había vivido.

Johann Ludwig Tieck (1773-1853)

La Tempestad de Alexander Pushkin


La Tempestad (Метель, Metyel) es un relato romántico del escritor ruso Alexander Pushkin. Fue publicado como el segundo relato de la antología Los cuentos del tardío Iván Petrovich Belkin (Povesti pokoynogo Ivana Petrovicha Belkina).







(Метель, Metyel) Alexander Pushkin (1799-1837)

Por colinas, caballos veloces
aplastaban la nieve profunda...
A un lado un templo sagrado
solitario asomaba al camino.
De pronto estalló la nevasca,
y la nieve cayó a grandes copos.
En el ala azabache un silbido,
sobrevuela un cuervo el trineo.
¡El gemido auguraba desdichas!
Los caballos de andar presuroso
oteaban las sombras lejanas,
y alzando sus crines...


A finales de 1811, en tiempos de grata memoria, vivía en su propiedad de Nenarádovo el bueno de Gavrila Gavrílovich R. Era famoso por su hospitalidad y carácter afable; los vecinos visitaban constantemente su casa, unos para comer, beber, o jugar al boston a cinco kopeks con su esposa, y otros para ver a su hija, María Gavrílovna, una muchacha esbelta, pálida y de diecisiete años. Se la consideraba una novia rica y muchos la deseaban para sí o para sus hijos.

María Gavrílovna se había educado con las novelas francesas y, por consiguiente, estaba enamorada. El elegido de su amor era un pobre alférez del ejército que se encontraba de permiso en su aldea. Sobra decir que el joven ardía en igual pasión y que los padres de su amada, al descubrir la mutua inclinación, prohibieron a la hija pensar siquiera en él, y en cuanto al propio joven, lo recibían peor que a un asesor retirado.

Nuestros enamorados se carteaban y todos los días se veían a solas en un pinar o junto a una vieja capilla. Allí se juraban amor eterno, se lamentaban de su suerte y hacían todo género de proyectos. En sus cartas y conversaciones llegaron a la siguiente (y muy natural) conclusión: si no podemos ni respirar el uno sin el otro y si la voluntad de los crueles padres entorpece nuestra dicha, ¿no podríamos prescindir de este obstáculo? Por supuesto que la feliz idea se le ocurrió primero al joven y agradó muchísimo a la imaginación romántica de María Gavrílovna.

Llegó el invierno y puso término a sus citas, pero la correspondencia se hizo más viva. En cada carta Vladímir Nikoláyevich suplicaba a su amada que confiara en él, que se casaran en secreto, se escondieran durante un tiempo y luego se postraran a los pies de sus padres, quienes, claro está, al fin se sentirían conmovidos ante la heroica constancia y la desdicha de los enamorados y les dirían sin falta:

-¡Hijos, venid a nuestros brazos!

María Gavrílovna dudó largo tiempo; se rechazaron muchos planes de fuga. Pero al final aceptó: el día señalado debía no cenar y retirarse a sus habitaciones bajo la excusa de una jaqueca. Su doncella estaba en la conspiración; las dos tenían que salir al jardín por la puerta trasera, tras el jardín llegar hasta un trineo listo para partir y dirigirse a cinco verstas de Nenarádovo, a la aldea de Zhádrino, directamente a la iglesia, donde Vladímir las estaría esperando. En vísperas del día decisivo María Gavrílovna no durmió; arregló sus cosas, recogió sus vestidos, escribió una larga carta a una señorita muy sentimental, amiga suya, y otra a sus padres. Se despedía de ellos en los términos más conmovedores, justificaba su acto por la invencible fuerza de la pasión, y acababa diciendo que el día en que se le permitiera arrojarse a los pies de sus amadísimos padres lo consideraría el momento más sublime de su vida.

Tras sellar ambas cartas con una estampilla de Tula, en la que aparecían dos corazones llameantes con una inscripción al uso, justo antes del amanecer, se dejó caer sobre la cama y se quedó adormecida. Pero también entonces a cada instante la desvelaban imágenes pavorosas. Ora le parecía que en el momento en que se sentaba en el trineo para ir a casarse, su padre la detenía, la arrastraba por la nieve con torturante rapidez y la lanzaba a un oscuro subterráneo sin fondo, y ella se precipitaba al vacío con un inenarrable pánico en el corazón. Ora veía a Vladímir caído sobre la hierba, pálido y ensangrentado. Y éste, moribundo, le imploraba con gritos estridentes que se apresurara a casarse con él. Otras visiones horrendas e insensatas corrían una tras otra por su mente.

Por fin se levantó, más pálida que de costumbre y con un ya no fingido dolor de cabeza. Sus padres se apercibieron de su desasosiego; la delicada inquietud e incesantes preguntas de éstos -¿Qué te pasa, Masha? Masha, ¿no estarás enferma?- le desgarraban el corazón. Ella se esforzaba por tranquilizarlos, por parecer alegre, pero no podía.

Llegó la tarde. La idea de que era la última vez que pasaba el día entre su familia le oprimía el corazón. Estaba medio viva: se despedía en secreto de todas las personas, de todos los objetos que la rodeaban. Sirvieron la cena. Su corazón se puso a latir con fuerza. Con voz temblorosa anunció que no le apetecía cenar y se despidió. La besaron y la bendijeron, como era su costumbre: ella casi se echa a llorar. Al llegar a su cuarto se arrojó sobre el sillón y rompió en llanto. La doncella la convencía de que se calmara y recobrara el ánimo. Todo estaba listo. Dentro de media hora Masha debía dejar para siempre la casa paterna, su habitación, su callada vida de soltera...

Afuera nevaba. El viento ululaba, los postigos temblaban y daban golpes; todo se le antojaba una amenaza y un mal presagio. En la casa todo calló y durmió. Masha se envolvió en un chal, se puso una capa, tomó su arqueta y salió. La sirvienta tras ella llevaba dos hatos. Salieron al jardín. La ventisca no amainaba; el viento soplaba de cara, como si se esforzara por detener a la joven fugitiva. A duras penas llegaron hasta el final del jardín. En el camino las esperaba el trineo. Los caballos, ateridos de frío, no paraban quietos; el cochero de Vladimir se movía ante las varas, reteniendo a los briosos animales. Ayudó a la señorita y a su doncella a acomodarse y a colocar los bultos y la arqueta, tomó las riendas, y los caballos echaron a volar. Tras encomendar a la señorita al cuidado del destino y al arte del cochero Terioshka, prestemos atención ahora a nuestro joven enamorado.

Vladimir estuvo todo el día de un lado a otro. Por la mañana fue a ver al sacerdote de Zhádrino, consiguió persuadirlo, luego se fue a buscar padrinos entre los terratenientes del lugar. El primero a quien visitó, el corneta retirado Dravin, un hombre de cuarenta años, aceptó de buen grado. La aventura decía que le recordaba los viejos tiempos y las calaveradas de los húsares. Convenció a Vladimir de que se quedara a comer con él y le aseguró que con los otros dos testigos no habría problema. Y, en efecto, justo después de comer se presentaron el agrimensor Schmidt, con sus bigotes y sus espuelas, y un muchacho de unos dieciséis años, hijo del capitán jefe de la policía local, que hacía poco había ingresado en los ulanos. Ambos no sólo aceptaron la propuesta de Vladimir sino incluso le juraron estar dispuestos a dar la vida por él. Vladímir los abrazó lleno de entusiasmo y se marchó a casa para hacer los preparativos. Hacía tiempo que ya era de noche. Vladimir envió a su fiel Terioshka con la troika a Nenarádovo con instrucciones detalladas y precisas, y para sí mismo mandó preparar un pequeño trineo de un caballo, y solo, sin cochero, se dirigió a Zhádrino, donde al cabo de unas dos horas debía llegar también María Gavrílovna. Conocía el camino y sólo tendría unos veinte minutos de viaje.

Pero, en cuanto Vladimir dejó atrás las casas para internarse en el campo, se levantó viento y se desató una nevasca tal que no pudo ver nada. En un minuto el camino quedó cubierto de nieve, el paisaje desapareció en una oscuridad turbia y amarillenta a través de la que volaban los blancos copos; el cielo se fundió con la tierra. Vladimir se encontró en medio del campo y quiso inútilmente retornar al camino; el caballo marchaba a tientas y el trineo volcaba a cada momento. Vladimir no hacía otra cosa que esforzarse por no perder la dirección que llevaba. Pero le parecía que ya había pasado media hora y aún no había alcanzado el bosque de Zhádrino. Pasaron otros diez minutos y el bosque seguía sin aparecer. Marchaba por un llano surcado de profundos barrancos. La ventisca no amainaba, el cielo seguía cubierto. El caballo empezaba a agotarse, y el joven, a pesar de que a cada momento se hundía en la nieve hasta la cintura, estaba bañado en sudor. Al fin Vladimir se convenció de que no iba en la buena dirección. Se detuvo, pensó, intentando recordar, hacer conjeturas, y llegó a la conclusión de que debía doblar a la derecha. Torció a la derecha. Su caballo apenas avanzaba. Ya llevaba más de una hora de camino. Zhádrino no debía estar lejos. Marchaba y marchaba, y el campo no tenía fin. Todo eran montones de nieve y barrancos: el trineo volcaba sin parar y él lo enderezaba una y otra vez. El tiempo pasaba; Vladimir comenzó a preocuparse de veras.

Por fin algo oscuro asomó a un lado. Vladímir dio la vuelta hacia allá. Al acercarse vio un bosque. Gracias a Dios, pensó, ya estamos cerca. Siguió a lo largo del bosque con la esperanza de llegar en seguida a la senda conocida o de rodearlo; Zhádrino se encontraba justo detrás. Encontró pronto la pista y se internó en la oscuridad de los árboles que el invierno había desnudado. Allí el viento no podía campar por sus fueros, el camino estaba liso, el caballo se animó y Vladimir se sintió más tranquilo. Y sin embargo, seguía y seguía, y Zhádrino no aparecía por ninguna parte: el bosque no tenía fin. Vladimir comprobó con horror que se había internado en un bosque desconocido. La desesperación se apoderó de él. Fustigó el caballo, el pobre animal primero se lanzó al trote, pero pronto comenzó a aminorar la marcha y al cuarto de hora, a pesar de todos los esfuerzos del desdichado Vladimir, avanzó al paso.

Poco a poco los árboles comenzaron a clarear y Vladimir salió del bosque: Zhádrino no se veía. Debía de ser cerca de la medianoche. Las lágrimas saltaron de sus ojos, y marchó a la buena de Dios. El temporal se calmó, las nubes se alejaron, ante él se extendía una llanura cubierta de una alfombra blanca y ondulada. La noche era bastante clara. Vladimir vio no lejos una aldehuela de cuatro o cinco casas y se dirigió hacia ella. Junto a la primera isba saltó del trineo, se acercó corriendo a la ventana y llamó. Al cabo de varios minutos se levantó el postigo de madera y un viejo asomó su blanca barba.

-¿Qué quieres?
-¿Está lejos Zhádrino?
-¿Si está lejos Zhádrino?
-¡Sí, sí! ¿Está lejos?
-No mucho. Habrá unas diez verstas.
Al oír la respuesta Vladimir se agarró de los pelos y se quedó inmóvil, como un hombre al que hubieran condenado a muerte.
-¿Y tú, de dónde eres? -prosiguió el viejo.
Vladimir no estaba para preguntas.
-Oye, abuelo -le dijo al viejo-. ¿No podrías conseguirme unos caballos hasta Zhádrino?
-¿Nosotros, caballos? -dijo el viejo.
-¿Podrías al menos conseguirme un guía? Le pagaré lo que pida.
-Espera -dijo el viejo soltando el postigo-. Te mandaré a mi hijo; él te acompañará.

Vladímir se quedó esperando. No pasó un minuto que llamó de nuevo a la ventana. El postigo se levantó y apareció la barba.

-¿Qué quieres?
-¿Qué hay de tu hijo?
-Ahora sale. ¿No te habrás helado? Entra a calentarte.
-Te lo agradezco. Manda cuanto antes a tu hijo.

Las puertas chirriaron: salió un muchacho con un perro que echó a andar por delante, unas veces indicando el camino, otras buscándolo entre los montones de nieve que lo habían cubierto.

-¿Qué hora es? -le preguntó Vladimir.
-Pronto ha de amanecer -respondió el joven mujik, y Vladimir ya no dijo ni una sola palabra más.

Cantaban los gallos y había amanecido cuando lograron llegar a Zhádrino. La iglesia estaba cerrada. Vladimir pagó al guía y se dirigió a casa del sacerdote. Ante la casa no estaba su troika. ¡Qué noticia le aguardaba! Pero volvamos a los buenos señores de Nenarádovo y veamos que ocurría allí.

Nada. Los viejos se levantaron y fueron al salón. Gavrila Gavrílovich, con su gorro de dormir y chaquetón de paño, y Praskovia Petrovna, con su bata guateada. Sirvieron el samovar, y Gavrila Gavrílovich mandó a la muchacha que se fuera a enterar de cómo se encontraba de salud María Gavrílovna y si había descansado bien. La muchacha regresó e informó a los señores que la señorita había dormido mal, pero que ahora decía que se encontraba mejor y que al rato vendría al salón. Y, en efecto, la puerta se abrió y María Gavrílovna se acercó a saludar a su padre y a su madre.

-¿Qué tal tu cabeza, Masha? -preguntó Gavrila Gavrílovich.
-Mejor, papá. -respondió Masha.
-Seguro que ayer te atufaste -dijo Praskovia Petrovna.
-Puede ser, mamá -contestó Masha.

El día pasó felizmente, pero por la noche Masha se encontró muy mal. Mandaron a por el médico a la ciudad. Éste llegó al anochecer y encontró a la enferma delirando. Se le declararon unas fuertes calenturas, y la pobre enferma estuvo durante dos semanas al borde de la muerte. Nadie en la casa sabía del intento de fuga. Las cartas que escribió fueron quemadas: su doncella, temiendo la ira de los señores, no dijo nada. El sacerdote, el corneta retirado, el agrimensor de bigotes y el pequeño ulano fueron discretos, y no en vano. Terioshka el cochero nunca decía nada de más, ni siquiera cuando estaba bebido. De modo que la media docena larga de conjurados guardaron bien el secreto. Pero la propia María Gavrílovna, que deliraba sin parar, lo ponía al descubierto. Sin embargo, sus palabras eran tan confusas que la madre, que no se apartaba de su lado, sólo pudo deducir de ellas que su hija estaba locamente enamorada de Vladimir Nikoláyevich y que, probablemente, el amor era la causa de su dolencia.

La mujer consultó con su marido, con algunos vecinos, y, finalmente, todos llegaron a la unánime conclusión de que, al parecer, aquel era el sino de María Gavrílovna, que contra el destino todo es inútil, que la pobreza no es pecado, que no se vive con el dinero sino con el compañero, y así sucesivamente. Los proverbios morales son asombrosamente útiles en los casos en que, por mucho que lo intentemos, no se nos ocurre nada para justificarnos.

Entretanto, la señorita empezó a reponerse. A Vladimir hacía mucho tiempo que no se le veía en casa de Gavrila Gavrílovich. El joven estaba escarmentado por los recibimientos de rigor. Decidieron mandar a buscarlo y anunciarle la inesperada y feliz decisión: el consentimiento para la boda. ¡Pero cuál no sería el asombro de los señores de Nenarádovo cuando, en respuesta a la invitación, recibieron de él una carta más propia de un loco! En ella les informaba que jamás volvería a poner los pies en aquella casa, y les rogaba que se olvidaran de él, pues para un hombre tan desdichado como él no quedaba más esperanza que la muerte. Al cabo de unos días se enteraron que Vladimir se había incorporado al ejército. Esto sucedía en 1812.

Durante largo tiempo nadie se atrevió a informar del hecho a la convaleciente Masha. Ésta nunca mencionaba a Vladimir. Al cabo ya de varios meses, al descubrir su nombre entre los oficiales distinguidos y gravemente heridos en la batalla de Borodinó, Masha se desmayó, y se temió que le retornaran las calenturas. Pero, gracias a Dios, el desmayo no tuvo consecuencias.

Otra desgracia cayó sobre ella: falleció Gavrila Gavrílovich, dejándola heredera de toda la propiedad. Pero la herencia no la consoló; compartió sinceramente el dolor de la pobre Praskovia Petrovna y juró no separarse nunca de ella. Ambas dejaron Nenarádovo, lugar de tristes recuerdos, y se marcharon.

También aquí los pretendientes revoloteaban en torno a la hermosa y rica joven: pero ella no daba la más pequeña esperanza a nadie. A veces su madre insistía en que debía elegir al compañero de su vida, pero María Gavrílovna negaba con la cabeza y se quedaba pensativa. Vladimir ya no existía: había muerto en Moscú, en vísperas de la entrada de los franceses. Su recuerdo era sagrado para Masha; al menos la joven guardaba todo lo que pudiera recordarle: los libros que un día él había leído, sus dibujos, las partituras y los versos que él había copiado para ella. Los vecinos, enterados de todo, se asombraban de su constancia y esperaban con curiosidad al héroe que debería, al fin, acabar venciendo la desdichada fidelidad de la virginal Artemisa.

Entretanto la guerra había acabado gloriosamente. Nuestros regimientos retornaban de las fronteras. El pueblo salía corriendo a su encuentro. Se entonaban las canciones conquistadas: Vive Henri-Quatre, valses tiroleses y arias de la Joconde. Los oficiales, que habían partido a la guerra siendo casi unos muchachos, regresaban, templados en el aire del combate, hechos unos hombres y cubiertos de cruces. Los soldados, en sus alegres charlas, entremezclaban a cada momento palabras alemanas y francesas. ¡Qué tiempo inolvidable! ¡Días de gloria y de entusiasmo! ¡Con qué fuerza latía el corazón ruso ante la palabra patria! ¡Qué dulces las lágrimas en los encuentros! ¡Con qué unanimidad se fundía en nosotros el sentimiento del orgullo nacional con el amor al soberano! ¡Y para él, qué momento sublime!

Las mujeres, las mujeres rusas no tuvieron rival en aquel tiempo. Su habitual frialdad desapareció. Su entusiasmo era auténticamente embriagador cuando al recibir a los vencedores gritaban: ¡Hurra! Y al aire sus cofias lanzaban. ¿Qué oficial de aquel entonces no reconoce que debe a la mujer rusa la condecoración más noble y preciosa? En aquel tiempo esplendoroso María Gavrílovna vivía con su madre en la provincia y no podía ver cómo las dos capitales celebraban el regreso de las tropas. Pero en los distritos y en los pueblos el entusiasmo general era tal vez aún mayor. La aparición de un oficial por aquellos lugares era para éste un auténtico paseo triunfal, y el enamorado vestido de frac lo pasaba mal a su lado.

Ya hemos dicho que, a pesar de su frialdad, María Gavrílovna seguía como antes rodeada de pretendientes. Pero todos debieron ceder su lugar cuando en el castillo de la doncella apareció el coronel de húsares Burmín, herido, con una cruz de San Jorge en el ojal y de una interesante palidez, como decían las damiselas del lugar. Tenía alrededor de veintiséis años. Había venido de permiso a su propiedad, vecina a la aldea de María Gavrílovna. María Gavrílovna le prestaba un interés particular. Ante él su acostumbrado semblante pensativo se animaba. No se podría decir que coqueteara con él, pero el poeta, ante el modo de comportarse de la joven, hubiera dicho: Se amor non è, che dunque?

Burmín era realmente un joven muy agradable. Poseía justamente esa inteligencia que gusta a las mujeres: el saber del decoro y de la observación, carente de toda pretensión y dotado de una despreocupada ironía. Su actitud hacia María Gavrílovna era sencilla y libre; pero, cualquier cosa que dijera o hiciera ella, el alma y la mirada del joven no dejaban de seguirla. Parecía de un carácter callado y discreto, y si bien los rumores aseguraban que en su tiempo fue un terrible calavera, ello no empañaba su imagen ante María Gavrílovna, que (como todas las jóvenes en general) perdonaba de buen grado las travesuras que evidenciaban valentía y carácter encendido.

Pero sobre todo (más que su delicadeza y agradable conversación, más que la interesante palidez, más que el brazo vendado), lo que alimentaba sobremanera su curiosidad e imaginación era el silencio del joven húsar. María Gavrílovna no podía ignorar que ella le gustaba mucho: probablemente, también él, con su inteligencia y saber, ya podía haber notado que ella le distinguía. ¿A qué se debía entonces que ella no lo hubiera visto postrado a sus pies ni oído su declaración de amor? ¿Qué lo retenía? ¿La timidez, inseparable de todo verdadero amor, el orgullo, o la coquetería de un astuto conquistador? Era para ella un enigma. Tras meditarlo bien, llegó a la conclusión de que la única razón para tal comportamiento era la timidez; se propuso animarlo mostrando hacia él mayor interés y, según las circunstancias, ternura incluso. Se preparaba para el desenlace más inesperado y aguardaba con impaciencia el momento de la romántica declaración de amor, pues el secreto, sea éste el que fuere, es siempre un peso difícil de llevar para el corazón de una mujer. Sus movimientos estratégicos lograron el éxito deseado: al menos Burmín se sumió en un estado de ensimismamiento tal y sus ojos negros se detenían en María Gavrílovna con tanto fuego, que el momento decisivo parecía próximo. Los vecinos ya hablaban de la boda como de una cosa hecha, y la buena Praskovia Petrovna se mostraba contenta de que, por fin, su hija hubiera encontrado un novio digno de ella. Una día la anciana se hallaba sola en el salón haciendo un solitario, cuando Burmín entró en la habitación y al punto preguntó por María Gavrílovna.

-Está en el jardín -dijo la anciana-. Vaya a verla, que yo lo esperaré aquí.

Burmín salió, y la anciana se santiguó y se dijo: ¡Ojalá hoy se decida todo! Burmín encontró a María Gavrílovna junto al estanque, bajo un sauce, con un libro en las manos y vestida de blanco, como una verdadera heroína de novela. Tras las primeras preguntas María Gavrílovna dejó adrede de sostener la conversación, ahondando de este modo el embarazo mutuo y del cual tal vez sólo se podría salir con una repentina y decisiva declaración de amor. Y así sucedió: Burmín, sintiendo lo difícil de su situación, le dijo que hacía tiempo que buscaba el momento para abrirle su corazón y le rogó un minuto de su atención. María Gavrílovna cerró el libro y bajó la mirada en señal de asentimiento.

-La amo -dijo Burmín-, la quiero con pasión... -María Gavrílovna enrojeció y dejó caer aún más la cabeza-. He sido un imprudente al entregarme a una dulce costumbre, al hábito de verla y escucharla cada día... Ahora ya es tarde para luchar contra mi destino; el recuerdo de usted, su imagen querida e incomparable será a partir de ahora un tormento y una dicha para mi existencia; pero aún me queda un duro deber, descubrirle un horrible secreto y levantar así entre nosotros un insalvable abismo...
-Éste siempre ha existido -lo interrumpió vivamente María Gavrílovna-. Nunca hubiera podido ser su esposa...
-Lo sé -le dijo él en voz baja-. Sé que en un tiempo usted amó, pero la muerte y tres años de dolor... ¡Mi buena, mi querida María Gavrílovna! No intente privarme de mi único consuelo, de la idea de que usted hubiera aceptado hacer mi felicidad si... Calle, por Dios se lo ruego, calle. Me está usted torturando. Sí, lo sé, siento que usted hubiera sido mía, pero... soy la criatura más desgraciada del mundo... ¡estoy casado!

María Gavrílovna lo miró con asombro.

-¡Estoy casado -prosiguió Burmín-; hace más de tres años que lo estoy y no sé quién es mi mujer, ni dónde está, ni si la volveré a ver algún día!
-Pero ¿qué dice? -exclamó María Gavrílovna-. ¡Qué extraño! Siga, luego le contaré... pero siga, hágame el favor.
-A principios de 1812 -contó Burmín-, me dirigía a toda prisa a Vilna, donde se encontraba nuestro regimiento. Al llegar ya entrada la noche a una estación de postas, mandé enganchar cuanto antes los caballos, cuando de pronto se levantó una terrible ventisca, y el jefe de postas y los cocheros me aconsejaron esperar. Les hice caso, pero un inexplicable desasosiego se apoderó de mí; parecía como si alguien no parara de empujarme. Mientras tanto la tempestad no amainaba, no pude aguantar más y mandé enganchar de nuevo y me puse en camino en medio de la tormenta. Al cochero se le ocurrió seguir el río, lo que debía acortarnos el viaje en tres verstas. Las orillas estaban cubiertas de nieve: el cochero pasó de largo el lugar donde debíamos retomar el camino, y de este modo nos encontramos en un paraje desconocido. La tormenta no amainaba; vi una lucecita y mandé que nos dirigiéramos hacia ella. Llegamos a una aldea: en la iglesia de madera había luz. La iglesia estaba abierta, tras la valla se veían varios trineos: por el atrio iba y venía gente.

-¡Aquí! ¡Aquí! -gritaron varias voces- Pero, por Dios, ¿dónde te habías metido? -me dijo alguien- La novia está desmayada, el pope no sabe qué hacer; ya nos disponíamos a irnos. Entra rápido.

Salté en silencio del trineo y entré en la iglesia débilmente iluminada con dos o tres velas. La joven se sentaba en un banco, en un rincón oscuro de la iglesia; otra muchacha le fregaba las sienes.
-Gracias a Dios -dijo ésta-, al fin ha llegado usted. Casi nos consume usted a la señorita.
Un viejo sacerdote se me acercó para preguntarme:
-¿Podemos comenzar?
Empiece, empiece, padre, le dije distraído. Pusieron en pie a la señorita. No me pareció fea... Una ligereza incomprensible, imperdonable, sí... Me coloqué a su lado ante el altar: el sacerdote tenía prisa: los tres hombres y la doncella sostenían a la novia y no se ocupaban más que de ella. Nos desposaron.
-Bésense- nos dijeron.
Mi esposa dirigió hacia mí su pálido rostro. Yo quise darle un beso... Ella gritó:
-¡Ah, no es él! ¡no es él!
Y cayó sin sentido. Los padrinos me dirigieron sus espantadas miradas. Yo me di la vuelta, salí de la iglesia sin encontrar obstáculo alguno, me lancé hacia la kibitka y grité: ¡En marcha!
-¡Dios mío! -exclamó María Gavrílovna-. ¿Y no sabe usted qué pasó con su pobre esposa?
-No lo sé -dijo Burmín-, no sé cómo se llama la aldea en que me casé, no recuerdo de qué estación de postas había salido. Por entonces le di tan poca importancia a mi criminal travesura, que, al dejar atrás la iglesia, me dormí y desperté al día siguiente por la mañana, ya en la tercera estación de postas. Mi sirviente, que entonces viajaba conmigo, murió durante la campaña, de manera que ahora no tengo ni la esperanza siquiera de encontrar a la mujer a la que gasté una broma tan cruel y que ahora tan cruelmente se ha vengado de mí.

-¡Dios mío, Dios mío! -dijo María Gavrílovna agarrándole la mano-. ¡De modo que era usted! ¿No me reconoce?

Burmín palideció y se arrojó a sus pies.

Alexander Pushkin (1799-1837)