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Bendiciòn de Charles Bauldelaire



Bendicion (bénédiction) es un poema maldito del escritor francés Charles Baudelaire, publicado en la colección de poemas de 1857: Las flores del mal (Les fleurs du mal).







Bendicion (bénédiction) Charles Baudelaire (1821-1867)

Cuando por un decreto de las fuerzas supremas
aparece el poeta en el tedio del mundo,
su madre, horrorizada, de blasfemias henchida,
alza hasta Dios, piadoso, sus dos puños crispados:

¡Ah! ¿por qué no parí todo un nido de víboras
en vez de alimentar esta triste irrisión?
¡Maldita sea la noche de efímeros placeres
en la cual concibió mi vientre su castigo!

"Y ya que me elegiste entre tantas mujeres
para ser el horror de mi triste marido,
y que no me es posible devolver a la llama,
cual amorosa esquela, este monstruo raquítico,
he de hacer que recaiga tu aversión que me agobia
sobre el torpe instrumento de todas sus crueldades;
y tanto estrujaré a ese mísero arbusto
que nunca brotarán sus apestosas yemas".

Y de su odio absorbe así el espumarajo,
mientras, sin comprender los eternos designios,
ella misma dispone en la honda Gehena
la hoguera que castiga los maternales crímenes.

Mas bajo la custodia invisible de un ángel
el niño abandonado se embriaga de sol,
y en todo lo que bebe y en todo lo que come
paladea ambrosía y néctares bermejos.

Y juega con los vientos y charla con la nube;
se emborracha cantando, camino de la cruz,
y el genio que le sigue en su peregrinaje
llora viendo su júbilo de pájaro en el bosque.

Los que él desea amar le observan temerosos,
o bien, estimulados por su tranquilidad,
compiten para ver quién le arrance un lamento
aguzando en su carne sus feroces instintos.

En el vino y el pan que se lleva a la boca
mezclan con la ceniza impuros salivazos;
hipócritas rechazan lo que toca su mano;
se acusan de poner el pie sobre sus pasos.

Su mujer va gritando, sin pudor, en la plaza;
"Puesto que mi hermosura atrae su adoración,
tomaré la actitud de los antiguos ídolos,
y haré que como a ellos me cubran de riquezas.

Y me hartaré de nardos, de inciensos y de mirra,
y de genuflexiones, de viandas, de vinos,
para saber si logro en su pecho asombrado
usurpar sonriendo el divino homenaje.

Y en cuanto me fastidien estas farsas impías,
pondré sobre su cuerpo mi leve y fuerte mano,
y mis uñas, lo mismo que las de alguna arpía,
abrirán una senda hasta su corazón.

Y como un pajarillo que palpita y que tiembla,
lo arrancaré en su seno, sangrante, enrojecido,
y para que se sacie mi animal predilecto,
lo dejaré caer, desdeñoso, en la tierra!"

Al Cielo, donde ve un trono reluciente,
el Poeta, sereno, lleva sus dos brazos
y la relampagueante lucidez de su espíritu
ocúltale el airado semblante de los pueblos.

"Sed bendito, Dios mío, que otorgáis el dolor
cual divino remedio de nuestras impurezas
y como la más pura y más divina esencia
que dispone a los fuertes para los santos goces.

Yo sé que reserváis un lugar al Poeta
en la fila dichosa de las santas Legiones,
y que lo convidáis para la eterna fiesta
de las Dominaciones, los Tronos, las Virtudes.

Yo bien sé que el dolor es la única nobleza
donde no morderán la tierra ni el infierno,
y que para trenzarme una corona mística
son precisos el mundo y todas sus edades.

Ni las perdidas joyas de la antigua Palmira,
los metales incógnitos y las perlas del mar,
engarzadas por vosotros, serían suficientes
para esa bella diadema, resplandeciente y clara;
--pues habéis de labrarla tan solo con luz pura,
en el sagrado lar de esos rayos primeros--,
no son más que espejos, lastimosos y obscuros".

Charles Baudelaire (1821-1867)

El Decamerón- IV, 5 - Lisabetta y Lorenzo

Giovanni Boccaccio (1313 –1375)

Los hermanos de Lisabetta matan a su amante, éste se le aparece en sueños y le muestra dónde está enterrado, ella ocultamente le desentierra la cabeza y la pone en un tiesto de albahaca y llorando sobre él todos los días durante mucho tiempo, sus hermanos se lo quitan y ella se muere de dolor poco después.


Terminada la historia de Elisa y alabada por el rey durante un rato, a Filomena le fue ordenado que contase: la cual, llena de compasión por el mísero Gerbino y su señora, luego de un piadoso suspiro, comenzó: Mi historia, graciosas señoras, no será sobre gentes de tan alta condición como fueron aquéllas sobre quienes Elisa ha hablado, pero acaso no será menos digna de lástima; y a acordarme de ella me trae Mesina, ha poco recordada, donde sucedió el caso. Había, pues, en Mesina tres jóvenes hermanos y mercaderes, y hombres, que habían quedado siendo bastante ricos después de la muerte de su padre, que era de San Gimigniano, y tenían una hermana llamada ElLisabetta, joven muy hermosa y cortés, a quien, fuera cual fuese la razón, todavía no habían casado. Y tenían además estos tres hermanos, en un almacén suyo, a un mozo paisano llamado Lorenzo, que todos sus asuntos dirigía y hacía, el cual, siendo asaz hermoso de persona y muy gallardo, habiéndolo muchas veces visto Lisabetta, sucedió que empezó a gustarle extraordinariamente, de lo que Lorenzo se percató y una vez y otra, semejantemente, abandonando todos sus otros amoríos, comenzó a poner en ella el ánimo; y de tal modo anduvo el asunto que, gustándose el uno al otro igualmente, no pasó mucho tiempo sin que se atrevieran a hacer lo que los dos más deseaban. Y continuando en ello y pasando juntos muchos buenos ratos y placenteros, no supieron obrar tan secretamente que una noche, yendo Lisabetta calladamente allí donde Lorenzo dormía, el mayor de los hermanos, sin advertirlo ella, no lo advirtiese; el cual, porque era un prudente joven, aunque muy doloroso le fue enterarse de aquello, movido por muy honesto propósito, sin hacer un ruido ni decir cosa alguna, dándole vuelta a varios pensamientos sobre aquel asunto, esperó a la mañana siguiente. Después, venido el día, a sus hermanos contó lo que la pasada noche había visto entre Lisabetta y Lorenzo, y junto con ellos, después de largo consejo, deliberó para que sobre su hermana no cayese ninguna infamia, pasar aquello en silencio y fingir no haber visto ni sabido nada de ello hasta que llegara el momento en que, sin daño ni deshonra suya, esta afrenta antes de que más adelante siguiera pudiesen lavarse. Y quedando en tal disposición charlando y riendo con Lorenzo tal como acostumbraban, sucedió que fingiendo irse fuera de la ciudad para solazarse llevaron los tres consigo a Lorenzo; y llegados a un lugar muy solitario y remoto, viéndose con ventaja, a Lorenzo, que de aquello nada se guardaba, mataron y enterraron de manera que nadie pudiera percatarse; y vueltos a Mesina corrieron la voz de que lo habían mandado a algún lugar, lo que fácilmente fue creído porque muchas veces solían mandarlo de viaje. No volviendo Lorenzo, e Lisabetta muy frecuente y solícitamente preguntando por él a sus hermanos, como a quien la larga tardanza pesaba, sucedió un día que preguntándole ella muy insistentemente, uno de sus hermanos le dijo: -¿Qué quiere decir esto? ¿Qué tienes que ver tú con Lorenzo que me preguntas por él tanto? Si vuelves a preguntarnos te daremos la contestación que mereces. Por lo que la joven, doliente y triste, temerosa y no sabiendo de qué, dejó de preguntarles, y muchas veces por la noche lastímeramente lo llamaba y le pedía que viniese, y algunas veces con muchas lágrimas de su larga ausencia se quejaba y sin consolarse estaba siempre esperándolo. Sucedió una noche que, habiendo llorado mucho a Lorenzo que no volvía y habiéndose al fin quedado dormida, Lorenzo se le apareció en sueños, pálido y todo despeinado, y con las ropas desgarradas y podridas, y le pareció que le dijo: -Oh, Lisabetta, no haces más que llamarme y de mi larga tardanza te entristeces y con tus lágrimas duramente me acusas; y por ello, sabe que no puedo volver ahí, porque el último día que me viste tus hermanos me mataron. Y describiéndole el lugar donde lo habían enterrado, le dijo que no lo llamase más ni lo esperase. La joven, despertándose y dando fe a la visión, amargamente lloró; después, levantándose por la mañana, no atreviéndose a decir nada a sus hermanos, se propuso ir al lugar que le había sido mostrado y ver si era verdad lo que en sueños se le había aparecido. Y obteniendo licencia de sus hermanos para salir algún tiempo de la ciudad a pasearse en compañía de una que otras veces con ellos había estado y todos sus asuntos sabía, lo antes que pudo allá se fue, y apartando las hojas secas que había en el suelo, donde la tierra le pareció menos dura allí cavó; y no había cavado mucho cuando encontró el cuerpo de su mísero amante en nada estropeado ni corrompido; por lo que claramente conoció que su visión había sido verdadera. De lo que más que mujer alguna adolorida, conociendo que no era aquél lugar de llantos, si hubiera podido todo el cuerpo se hubiese llevado para darle sepultura más conveniente; pero viendo que no podía ser, con un cuchillo lo mejor que pudo le separó la cabeza del tronco y, envolviéndola en una toalla y arrojando la tierra sobre el resto del cuerpo, poniéndosela en el regazo a la criada, sin ser vista por nadie, se fue de allí y se volvió a su casa. Allí, con esta cabeza en su alcoba encerrándose, sobre ella lloró larga y amargamente hasta que la lavó con sus lágrimas, dándole mil besos en todas partes. Luego cogió un tiesto grande y hermoso, de esos donde se planta la mejorana o la albahaca, y la puso dentro envuelta en un hermoso paño, y luego, poniendo encima la tierra, sobre ella plantó algunas matas de hermosísima albahaca salernitana , y con ninguna otra agua sino con agua de rosas o de azahares o con sus lágrimas la regaba; y había tomado la costumbre de estar siempre cerca de este tiesto, y de cuidarlo con todo su afán, como que tenía oculto a su Lorenzo, y luego de que lo había cuidado mucho, poniéndose junto a él, empezaba a llorar, y mucho tiempo, hasta que toda la albahaca humedecía, lloraba. La albahaca, tanto por la larga y continua solicitud como por la riqueza de la tierra procedente de la cabeza corrompida que en ella había, se puso hermosísima y muy olorosa. Y continuando la joven siempre de esta manera, muchas veces la vieron sus vecinos; los cuales, al maravillarse sus hermanos de su estropeada hermosura y de que los ojos parecían salírsele de la cara, les dijeron: -Nos hemos apercibido de que todos los días actúa de tal manera. Lo que, oyendo sus hermanos y advirtiéndolo ellos, habiéndola reprendido alguna vez y no sirviendo de nada, ocultamente hicieron quitarle aquel tiesto. Y no encontrándolo ella, con grandísima insistencia lo pidió muchas veces, y no devolviéndoselo, no cesando en el llanto y las lágrimas, enfermó y en su enfermedad no pedía otra cosa que el tiesto. Los jóvenes se maravillaron mucho de esta petición y por ello quisieron ver lo que había dentro; y vertida la tierra vieron el paño y en él la cabeza todavía no tan consumida que en el cabello rizado no conocieran que era la de Lorenzo. Por lo que se maravillaron mucho y temieron que aquello se supiera; y enterrándola sin decir nada ocultamente salieron de Mesina y ordenando la manera de irse de allí se fueron a Nápoles. No dejando de llorar la joven y siempre pidiendo su tiesto llorando murió y así tuvo fin su desventurado amor; pero después de cierto tiempo, siendo esto sabido por muchos hubo alguien que compuso aquella canción que todavía se canta hoy y dice: “Quién sería el mal cristiano que mi planta de albahaca me robó…” etc .


Giovanni Boccaccio (1313 –1375)

El corazón delator de Edgar Allan Poe



El corazón delator (título original en inglés: The Tell-Tale Heart), también conocido como "El corazón revelador", es un cuento del escritor estadounidense Edgar Allan Poe, publicado por primera vez en el periódico literario The Pioneer en enero de 1843. Poe lo republicó más tarde en su periódico The Broadway Journal en su edición del 23 de agosto de 1845.





El corazón delator, Edgar Allan Poe ( 1809-1849 )

¡Es cierto! Siempre he sido nervioso, muy nervioso, terriblemente nervioso. ¿Pero por qué afirman ustedes que estoy loco? La enfermedad había agudizado mis sentidos, en vez de destruirlos o embotarlos. Y mi oído era el más agudo de todos. Oía todo lo que puede oírse en la tierra y en el cielo. Muchas cosas oí en el infierno. ¿Cómo puedo estar loco, entonces? Escuchen... y observen con cuánta cordura, con cuánta tranquilidad les cuento mi historia.
Me es imposible decir cómo aquella idea me entró en la cabeza por primera vez; pero, una vez concebida, me acosó noche y día. Yo no perseguía ningún propósito. Ni tampoco estaba colérico. Quería mucho al viejo. Jamás me había hecho nada malo. Jamás me insultó. Su dinero no me interesaba. Me parece que fue su ojo. ¡Sí, eso fue! Tenía un ojo semejante al de un buitre... Un ojo celeste, y velado por una tela. Cada vez que lo clavaba en mí se me helaba la sangre. Y así, poco a poco, muy gradualmente, me fui decidiendo a matar al viejo y librarme de aquel ojo para siempre.
Presten atención ahora. Ustedes me toman por loco. Pero los locos no saben nada. En cambio... ¡Si hubieran podido verme! ¡Si hubieran podido ver con qué habilidad procedí! ¡Con qué cuidado... con qué previsión... con qué disimulo me puse a la obra! Jamás fui más amable con el viejo que la semana antes de matarlo. Todas las noches, hacia las doce, hacía yo girar el picaporte de su puerta y la abría... ¡oh, tan suavemente! Y entonces, cuando la abertura era lo bastante grande para pasar la cabeza, levantaba una linterna sorda, cerrada, completamente cerrada, de manera que no se viera ninguna luz, y tras ella pasaba la cabeza. ¡Oh, ustedes se hubieran reído al ver cuán astutamente pasaba la cabeza! La movía lentamente... muy, muy lentamente, a fin de no perturbar el sueño del viejo. Me llevaba una hora entera introducir completamente la cabeza por la abertura de la puerta, hasta verlo tendido en su cama. ¿Eh? ¿Es que un loco hubiera sido tan prudente como yo? Y entonces, cuando tenía la cabeza completamente dentro del cuarto, abría la linterna cautelosamente... ¡oh, tan cautelosamente! Sí, cautelosamente iba abriendo la linterna (pues crujían las bisagras), la iba abriendo lo suficiente para que un solo rayo de luz cayera sobre el ojo de buitre. Y esto lo hice durante siete largas noches... cada noche, a las doce... pero siempre encontré el ojo cerrado, y por eso me era imposible cumplir mi obra, porque no era el viejo quien me irritaba, sino el mal de ojo. Y por la mañana, apenas iniciado el día, entraba sin miedo en su habitación y le hablaba resueltamente, llamándolo por su nombre con voz cordial y preguntándole cómo había pasado la noche. Ya ven ustedes que tendría que haber sido un viejo muy astuto para sospechar que todas las noches, justamente a las doce, iba yo a mirarlo mientras dormía.
Al llegar la octava noche, procedí con mayor cautela que de costumbre al abrir la puerta. El minutero de un reloj se mueve con más rapidez de lo que se movía mi mano. Jamás, antes de aquella noche, había sentido el alcance de mis facultades, de mi sagacidad. Apenas lograba contener mi impresión de triunfo. ¡Pensar que estaba ahí, abriendo poco a poco la puerta, y que él ni siquiera soñaba con mis secretas intenciones o pensamientos! Me reí entre dientes ante esta idea, y quizá me oyó, porque lo sentí moverse repentinamente en la cama, como si se sobresaltara. Ustedes pensarán que me eché hacia atrás... pero no. Su cuarto estaba tan negro como la pez, ya que el viejo cerraba completamente las persianas por miedo a los ladrones; yo sabía que le era imposible distinguir la abertura de la puerta, y seguí empujando suavemente, suavemente.
Había ya pasado la cabeza y me disponía a abrir la linterna, cuando mi pulgar resbaló en el cierre metálico y el viejo se enderezó en el lecho, gritando:
-¿Quién está ahí?
Permanecí inmóvil, sin decir palabra. Durante una hora entera no moví un solo músculo, y en todo ese tiempo no oí que volviera a tenderse en la cama. Seguía sentado, escuchando... tal como yo lo había hecho, noche tras noche, mientras escuchaba en la pared los taladros cuyo sonido anuncia la muerte.
Oí de pronto un leve quejido, y supe que era el quejido que nace del terror. No expresaba dolor o pena... ¡oh, no! Era el ahogado sonido que brota del fondo del alma cuando el espanto la sobrecoge. Bien conocía yo ese sonido. Muchas noches, justamente a las doce, cuando el mundo entero dormía, surgió de mi pecho, ahondando con su espantoso eco los terrores que me enloquecían. Repito que lo conocía bien. Comprendí lo que estaba sintiendo el viejo y le tuve lástima, aunque me reía en el fondo de mi corazón. Comprendí que había estado despierto desde el primer leve ruido, cuando se movió en la cama. Había tratado de decirse que aquel ruido no era nada, pero sin conseguirlo. Pensaba: "No es más que el viento en la chimenea... o un grillo que chirrió una sola vez". Sí, había tratado de darse ánimo con esas suposiciones, pero todo era en vano. Todo era en vano, porque la Muerte se había aproximado a él, deslizándose furtiva, y envolvía a su víctima. Y la fúnebre influencia de aquella sombra imperceptible era la que lo movía a sentir -aunque no podía verla ni oírla-, a sentir la presencia de mi cabeza dentro de la habitación.
Después de haber esperado largo tiempo, con toda paciencia, sin oír que volviera a acostarse, resolví abrir una pequeña, una pequeñísima ranura en la linterna.
Así lo hice -no pueden imaginarse ustedes con qué cuidado, con qué inmenso cuidado-, hasta que un fino rayo de luz, semejante al hilo de la araña, brotó de la ranura y cayó de lleno sobre el ojo de buitre.
Estaba abierto, abierto de par en par... y yo empecé a enfurecerme mientras lo miraba. Lo vi con toda claridad, de un azul apagado y con aquella horrible tela que me helaba hasta el tuétano. Pero no podía ver nada de la cara o del cuerpo del viejo, pues, como movido por un instinto, había orientado el haz de luz exactamente hacia el punto maldito.
¿No les he dicho ya que lo que toman erradamente por locura es sólo una excesiva agudeza de los sentidos? En aquel momento llegó a mis oídos un resonar apagado y presuroso, como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Aquel sonido también me era familiar. Era el latir del corazón del viejo. Aumentó aún más mi furia, tal como el redoblar de un tambor estimula el coraje de un soldado.
Pero, incluso entonces, me contuve y seguí callado. Apenas si respiraba. Sostenía la linterna de modo que no se moviera, tratando de mantener con toda la firmeza posible el haz de luz sobre el ojo. Entretanto, el infernal latir del corazón iba en aumento. Se hacía cada vez más rápido, cada vez más fuerte, momento a momento. El espanto del viejo tenía que ser terrible. ¡Cada vez más fuerte, más fuerte! ¿Me siguen ustedes con atención? Les he dicho que soy nervioso. Sí, lo soy. Y ahora, a medianoche, en el terrible silencio de aquella antigua casa, un resonar tan extraño como aquél me llenó de un horror incontrolable. Sin embargo, me contuve todavía algunos minutos y permanecí inmóvil. ¡Pero el latido crecía cada vez más fuerte, más fuerte! Me pareció que aquel corazón iba a estallar. Y una nueva ansiedad se apoderó de mí... ¡Algún vecino podía escuchar aquel sonido! ¡La hora del viejo había sonado! Lanzando un alarido, abrí del todo la linterna y me precipité en la habitación. El viejo clamó una vez... nada más que una vez. Me bastó un segundo para arrojarlo al suelo y echarle encima el pesado colchón. Sonreí alegremente al ver lo fácil que me había resultado todo. Pero, durante varios minutos, el corazón siguió latiendo con un sonido ahogado. Claro que no me preocupaba, pues nadie podría escucharlo a través de las paredes. Cesó, por fin, de latir. El viejo había muerto. Levanté el colchón y examiné el cadáver. Sí, estaba muerto, completamente muerto. Apoyé la mano sobre el corazón y la mantuve así largo tiempo. No se sentía el menor latido. El viejo estaba bien muerto. Su ojo no volvería a molestarme.
Si ustedes continúan tomándome por loco dejarán de hacerlo cuando les describa las astutas precauciones que adopté para esconder el cadáver. La noche avanzaba, mientras yo cumplía mi trabajo con rapidez, pero en silencio. Ante todo descuarticé el cadáver. Le corté la cabeza, brazos y piernas.
Levanté luego tres planchas del piso de la habitación y escondí los restos en el hueco. Volví a colocar los tablones con tanta habilidad que ningún ojo humano -ni siquiera el suyo- hubiera podido advertir la menor diferencia. No había nada que lavar... ninguna mancha... ningún rastro de sangre. Yo era demasiado precavido para eso. Una cuba había recogido todo... ¡ja, ja!
Cuando hube terminado mi tarea eran las cuatro de la madrugada, pero seguía tan oscuro como a medianoche. En momentos en que se oían las campanadas de la hora, golpearon a la puerta de la calle. Acudí a abrir con toda tranquilidad, pues ¿qué podía temer ahora?
Hallé a tres caballeros, que se presentaron muy civilmente como oficiales de policía. Durante la noche, un vecino había escuchado un alarido, por lo cual se sospechaba la posibilidad de algún atentado. Al recibir este informe en el puesto de policía, habían comisionado a los tres agentes para que registraran el lugar.
Sonreí, pues... ¿qué tenía que temer? Di la bienvenida a los oficiales y les expliqué que yo había lanzado aquel grito durante una pesadilla. Les hice saber que el viejo se había ausentado a la campaña. Llevé a los visitantes a recorrer la casa y los invité a que revisaran, a que revisaran bien. Finalmente, acabé conduciéndolos a la habitación del muerto. Les mostré sus caudales intactos y cómo cada cosa se hallaba en su lugar. En el entusiasmo de mis confidencias traje sillas a la habitación y pedí a los tres caballeros que descansaran allí de su fatiga, mientras yo mismo, con la audacia de mi perfecto triunfo, colocaba mi silla en el exacto punto bajo el cual reposaba el cadáver de mi víctima.
Los oficiales se sentían satisfechos. Mis modales los habían convencido. Por mi parte, me hallaba perfectamente cómodo. Sentáronse y hablaron de cosas comunes, mientras yo les contestaba con animación. Mas, al cabo de un rato, empecé a notar que me ponía pálido y deseé que se marcharan. Me dolía la cabeza y creía percibir un zumbido en los oídos; pero los policías continuaban sentados y charlando. El zumbido se hizo más intenso; seguía resonando y era cada vez más intenso. Hablé en voz muy alta para librarme de esa sensación, pero continuaba lo mismo y se iba haciendo cada vez más clara... hasta que, al fin, me di cuenta de que aquel sonido no se producía dentro de mis oídos.
Sin duda, debí de ponerme muy pálido, pero seguí hablando con creciente soltura y levantando mucho la voz. Empero, el sonido aumentaba... ¿y que podía hacer yo? Era un resonar apagado y presuroso..., un sonido como el que podría hacer un reloj envuelto en algodón. Yo jadeaba, tratando de recobrar el aliento, y, sin embargo, los policías no habían oído nada. Hablé con mayor rapidez, con vehemencia, pero el sonido crecía continuamente. Me puse en pie y discutí sobre insignificancias en voz muy alta y con violentas gesticulaciones; pero el sonido crecía continuamente. ¿Por qué no se iban? Anduve de un lado a otro, a grandes pasos, como si las observaciones de aquellos hombres me enfurecieran; pero el sonido crecía continuamente. ¡Oh, Dios! ¿Qué podía hacer yo? Lancé espumarajos de rabia... maldije... juré... Balanceando la silla sobre la cual me había sentado, raspé con ella las tablas del piso, pero el sonido sobrepujaba todos los otros y crecía sin cesar. ¡Más alto... más alto... más alto! Y entretanto los hombres seguían charlando plácidamente y sonriendo. ¿Era posible que no oyeran? ¡Santo Dios! ¡No, no! ¡Claro que oían y que sospechaban! ¡Sabían... y se estaban burlando de mi horror! ¡Sí, así lo pensé y así lo pienso hoy! ¡Pero cualquier cosa era preferible a aquella agonía! ¡Cualquier cosa sería más tolerable que aquel escarnio! ¡No podía soportar más tiempo sus sonrisas hipócritas! ¡Sentí que tenía que gritar o morir, y entonces... otra vez... escuchen... más fuerte... más fuerte... más fuerte... más fuerte!
-¡Basta ya de fingir, malvados! -aullé-. ¡Confieso que lo maté! ¡Levanten esos tablones! ¡Ahí... ahí!¡Donde está latiendo su horrible corazón!



Edgar Allan Poe ( 1809-1849 )