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Una cuestión de identidad

A question of identity, Robert Bloch (1917-1994)

Mis miembros eran de plomo. Mi corazón era como un reloj que pulsaba en vez de latir, muy lentamente. Mis pulmones eran como esponjas de metal, mi cabeza un cuenco de bronce lleno de lava fundida que se movía como mercurio, atrás y adelante, en ardientes oleadas. Atrás y adelante... mientras la conciencia y el inconsciente jugaban entremezclados contra un fondo de lento y sordo dolor. Sentía eso, nada más. Tenía corazón, pulmones, y cuerpo... pero no sentía nada externo; mi cuerpo no "tocaba" nada. No estaba sentado, ni de pie, andando o tendido, ni haciendo nada que pudiera sentir. Sólo tenía corazón, pulmones, cuerpo y cabeza en las tinieblas que estaban llenas de la pulsación de una muda agonía. Esto era yo.

Pero, ¿quién era yo?

Me asaltó la idea: la primera idea real, ya que antes sólo había estado enterado de existir. Me pregunté cuál sería la naturaleza de mi ser. ¿Quién era yo? Era un hombre. La palabra "hombre" evocó ciertas asociaciones que lucharon por surgir de entre el dolor, de entre la pulsación del corazón y la sensación jadeante de los pulmones. Si era un hombre, ¿qué estaba haciendo? ¿Y dónde estaba yo?

Como respuesta a la idea, mí conocimiento aumentó. Yo poseía un cuerpo, por tanto, tenía manos, orejas, ojos Debía pues, tratar de sentir, oír y ver. Pero no podía. Mis brazos estaban agarrotados como masas de hierro inamovibles. Mis oídos sólo captaban el sonido del silencio y la pulsación que resonaba dentro de mi torturado cuerpo. Mis ojos estaban sellados por el peso plúmbeo de mis enormes párpados. Comprendí esto y sentí pánico. ¿Qué había sucedido? ¿Qué me pasaba? ¿Por qué no podía sentir, ver y oír? Había sufrido un accidente y me hallaba tendido en un lecho de hospital bajo los efectos del éter. Esta era una explicación. Tal vez estuviese tullido: ciego, sordo, mutilado. Sólo mi alma existía débilmente, como el susurro de las ráfagas de viento por entre las ruinas de una casa muy antigua.

¿Pero qué accidente? ¿Dónde me hallaba antes del mismo? Claro, debía haber vivido. ¿Cuál debía ser mi nombre? Me resigné a la oscuridad mientras forcejeaba por aclarar estos enigmas, y la oscuridad era grata. Mi cuerpo y la oscuridad parecían hallarse igualmente separadas, pero mezclándose entre sí. Era sosegado... demasiado sosegado para los pensamientos que zumbaban en mi cerebro. Los pensamientos luchaban y gritaban, y finalmente atronaron mi mente hasta que me desperté. Sentí la sensación que recordaba vagamente de tener "un pie dormido". Pero ahora esta sensación se extendía por todo mi cuerpo, de forma que una ligera picazón me dio la sensación, poco a poco, de tener unos brazos, unas manos, un pecho y unas piernas y pies. Sus líneas fueron "emergiendo", quedando definidas por aquella picazón. Algo taladró mi espinazo, como si la broca del dentista la estuviese atravesando. Simultáneamente, tuve conocimiento de que mi corazón era un tambor congoleño dentro de mi pecho, mis pulmones hinchadas calabazas que se elevaban y descendían a un ritmo frenético. Me gocé en el dolor, ya que por él sentía. La sensación de separación desapareció y comprendí que yo, completo, intacto, yacía sobre algo blando. Pero ¿dónde?

Esta fue la pregunta siguiente y de súbito tuve las suficientes energías como para solucionar el problema. Abrí los ojos. No vieron nada más que la continuación de la negrura que se agitaba tras mis entornados párpados. Si acaso, una oscuridad más profunda, más mórbida. No podía divisar nada de mi cuerpo y, sin embargo, tenía los ojos abiertos. ¿Estaba ciego? Mis oídos no captaban otro sonido que el de la misteriosa inspiración de mis pulmones. Mis manos se movieron tan lentamente en mis costados, rozando una tela, que me dijeron que mis miembros estaban arropados, pero no abrigados. Unos centímetros... Mis manos tropezaron con superficies sólidas, seguras, a cada lado. Alcé las manos hacia arriba, impulsado por el temor. Veinte centímetros y otra sólida superficie de madera. Extendí los pies y a través de las puntas de los zapatos toqué madera. Abrí la boca y surgió un sonido. Fue sólo un estertor, aunque yo había querido gritar. Por entre mis ideas giraba vertiginosamente un nombre..., un nombre que se abrió paso a través de la bruma y se elevó como un símbolo de mi irrazonable miedo. Yo sabía un nombre y quise proclamarlo.

"Edgar Alan Poe".

Entonces, mi ronca voz susurró lo que yo temía estaba en relación con este nombre:
-¡El entierro prematuro! -susurré-. Poe lo escribió. ¡Yo soy... un ser vivo!

Estaba en un ataúd de madera, con el aire viciado de mi propia corrupción penetrando en mis pulmones, quemándolos, a través de mi olfato. Me hallaba en un ataúd, enterrado en la tierra y, sin embargo, estaba vivo. Entonces hallé fuerzas. Mis manos comenzaron a arañar y empujar frenéticamente la superficie que tenía sobre mi cabeza. Logré aferrar los costados de mi prisión y empujé con todas mis fuerzas, en tanto mis pies golpeaban el extremo inferior de la caja. Pegué puntapiés, vigorosos puntapiés. Una nueva fuerza, la fuerza de los locos, penetró en mi sangre. Con salvaje frenesí, en una agonía nacida del hecho de no poder gritar y darle expresión, golpeé con ambos pies el extremo del ataúd, y por fin sentí cómo cedía la madera, astillándose. Los lados también crujieron, mis ensangrentados dedos se aferraron a la tierra y rodé sobre mi mismo, escarbando la húmeda y blanda tierra. Seguí escarbando hacia arriba, en una especie de desesperación y anhelo incontenibles mientras trabajaba. Sólo el instinto combatía el insano horror que se había apoderado de mi ser y lo transformaba en la actividad que sólo podía salvarme.

Debieron enterrarme apresuradamente, ya que había poca tierra sobre mi tumba. Medio asfixiado y sofocado, me abrí camino hacia arriba después de interminables siglos de delirio, durante los cuales el polvo de mi sepultura me cubrió, en tanto yo me escurría como un gusano hacía la superficie. Mis manos lograron por fin formar una cavidad. Ascendí vigorosamente y salí al exterior. Me arrastré a la luz de la luna que inundaba un mundo compuesto de hongos de mármol, que surgían abundantemente de los montones de hierba que me rodeaban. Algunas de las fantásticas losas tenían forma de cruz, otras lucían cabezas o grandes bocas como urnas. Eran las lápidas de las sepulturas, naturalmente, pero sólo las veía como hongos, gordos, bajos, de una palidez mortal, que extendían sus raíces bajo tierra para buscar su alimento. Me quedé tendido, mirándolo todo, así como el pozo por el que acababa de pasar de la muerte a la vida nuevamente.
No podía, no quería pensar. Las palabras "Edgar Allan Poe" y Entierro prematuro, habían asaltado imprevistamente mi cerebro y ahora, por un desconocido motivo, empecé a susurrar con una voz ronca, rasposa, que por fin sonó más clara:

-¡Lázaro, Lázaro, Lázaro...!

Gradualmente, mi jadeo cesó y logré aspirar grandes bocanadas de aire fresco que cantó al hundirse en mis agotados pulmones. Volví a contemplar la sepultura..., mi sepultura. No tenía lápida. Era una tumba miserable, en un sector miserable del cementerio. Probablemente un Campo de Alfarero. Estaba cerca de los límites de la necrópolis, y la maleza asediaba aquellas míseras tumbas. No había lápidas, lo cual me recordó mi pregunta. ¿Quién era yo?

Era un problema único. Antes de morir yo había sido alguien, pero ¿quién? Seguramente se trataba de un nuevo caso de amnesia. El retorno a una nueva vida en el verdadero sentido de la frase. ¿Quién era yo? Era gracioso que pudiese recordar palabras como "amnesia" y, sin embargo, no pudiese asociarlas con algo personal de mi pasado. Mi mente estaba completamente en blanco. ¿Era el resultado de la muerte? ¿Era algo permanente o mi mente despertaría al cabo de unas horas, lo mismo que había sucedido con mi cuerpo? De lo contrario, me vería en un terrible apuro... Ignoraba mi nombre, mi estado, lo que había sido. A través de mi cerebro pasaron alocadamente los nombres de diversas ciudades: Chicago, Milwaukee, Los Angeles, Washington, Bombay, Shangai, Cleveland, Chichen Itzá, Pernambuco, Angkor Wat, Roma, Omks, Cartago... No pude asociar ni una sola conmigo, ni explicar cómo conocía tales nombres. Recordé calles: Mariposa Boulevard y Michigan Avenue, Broadway, Center Street, Park Lane y Champs Elisées. Nada significaban para mí. Pensé nombres propios: Felix Kennaston, Ben Blue, Ralph Waldo Emerson, Studs Lonigan, Arthur Gordon Pym, James Gordon Bennet, Samuel Butler, Igor Stravinsky... y no forjaron ninguna imagen en mi cerebro. Podía ver todas las calles, visualizar a toda la gente, imaginarme todas las ciudades, pero no podía asociarme con ninguno de tales nombres.

Comedia, tragedia, drama: era una triste escena para ser interpretada en un cementerio a la caída de la noche. Me había escurrido de una tumba sin lápida, y lo único que sabía era que yo era un hombre. Pero ¿quién? Mis ojos se pasearon por mi persona, tendida en la hierba. Bajo el barro y el polvo distinguí un traje oscuro, desgarrado en varios lugares, y descolorido. Cubría el cuerpo de un hombre de alta estatura; un cuerpo delgado, poco musculado y un pecho aplastado. Mis manos, al recorrer mi persona, eran largas y extrañamente delgadas; no eran manos de campesino. No pude saber nada de mi cara, aunque pasé mis manos por todas sus facciones. De una cosa estaba seguro: fuese cual fuese la causa de mi aparente muerte, yo no estaba físicamente mutilado. La fuerza me impulsó a levantarme. Me puse de pie y me tambaleé sobre la hierba. Durante unos minutos sentí la ebria sensación de flotar, pero gradualmente el terreno se tomó sólido bajo mis pies, y trabé conocimiento con la frialdad de la noche y del viento que azotaba mi frente, al tiempo que escuchaba con indecible gozo el chirrido de los grillos en un próximo lodazal. Di una vuelta por las tumbas, contemplé el encapotado cielo y sentí caer el rocío y la humedad.

Pero mi cerebro estaba solo, separado, luchando con los invisibles demonios de la duda. ¿Quién era yo? ¿Qué iba a hacer? No podía vagar por las calles en mi desordenado estado físico. Si me presentaba a las autoridades me encerrarían por loco. Además, no quería ver a nadie. De pronto comprendí esto. No quería ver luces ni gente. Yo era... diferente.

"Tenía en mi la sensación de la muerte". ¿Estaría aún...?

Incapaz de soportar esta idea, busqué pistas frenéticamente. Traté por todos los medios de despertar mi dormida memoria. Caminando incansablemente durante la noche, combatiendo el caos y la confusión, batallando contra las nubes tenebrosas que rodeaban mi cerebro, anduve arriba y abajo por los más apartados rincones del cementerio. Exhausto, miré el iluminado cielo. Y entonces mis ideas se alejaron, y también mi confusión. Sólo estaba seguro de una cosa, de la necesidad de descansar, de tener paz, olvido. "¿Era un deseo de muerte? ¿Había salido de la tumba sólo para volver a ella?"

No lo supe ni me importaba. Movido por un impulso tan inexplicable com6 arrollador, me arrastré hacia las ruinas de mi sepultura, entré, envolviéndome en las tinieblas como un agradecido gusano, y la tierra me cayó encima. Había suflciente aire para permitirme respirar mientras estuviese tendido en mi ataúd. Mi cabeza cayó hacia atrás y me instalé en mi ataúd para dormir...

Los rumores y ruidos de mis sueños murieron sin poder recordarlos. Se alejaron de mis sueños y volví a la realidad hasta que me incorporé y empecé a empujar la tierra que me oprimía. ¡Estaba en la tumba! Otra vez el terror. Había albergado la esperanza de que todo fuese un sueño, y que el despertar me traería a la bella realidad. Pero estaba en la tumba, y la tormenta reinaba en lo alto. Me arrastré al exterior. Todavía era de noche, o más bien, el instinto me hizo comprender que volvía a ser de noche. Debí dormir todo el día. Esta tormenta mantenía a la gente lejos del cementerio y por esto no habían podido darse cuenta del estado de mi tumba. Me icé a la superficie y la lluvia me azotó desde el cielo con inusitada furia. Y sin embargo me sentí feliz; feliz por la vida que ya conocía. Bebí la lluvia; el trueno me maravilló como si fuese una sinfonía. Me admiró la esmeraldina belleza del relámpago. ¡Yo estaba vivo!

A mi alrededor, los cadáveres corrompidos y putrefactos no podían, a pesar del furor desencadenado de todos los elementos, alimentar una chispa de existencia o de memoria. Mis pobres pensamientos, mi pobre vida, eran infinitamente preciosos en comparación con aquellos desdichados. Yo había engañado a los gusanos y las larvas. ¡Que aullara la tormenta! Yo aullaría con ella, compartiendo aquella cósmica majestad. Vitalizado en el verdadero sentido de la palabra, eché a andar. La lluvia se llevaba las manchas de mis ropas y mi cuerpo. Singularmente, no sentía frío ni la humedad que me rodeaba. Estaba enterado de todo ello, pero no penetraban en mi cuerpo. Por primera vez comprendí otra cosa extraña: no estaba hambriento ni tenía sed. Al menos, no parecía tenerlos. ¿Habría muerto mi apetito con mi memoria? Reflexioné. Memoria..., el problema de la identidad todavía me apremiaba. Seguí andando, impulsado por la tormenta. Aún meditando, los pies me condujeron más allá de los confines del cementerio. La galerna parecía guiar mis pasos por la acera de una calle desierta. Anduve, casi sin darme cuenta.
¿Quién era yo? ¿Cómo había fallecido? ¿Cómo podía revivir? Anduve bajo la lluvia, por la oscura calle, solo en el mojado terciopelo de la noche. ¿Quién era yo? ¿Cómo había fallecido? ¿Cómo podía revivir?

Atravesé una calle, penetré en otra más estrecha, aún empujado por el viento y la risotada de los truenos que se burlaban de mi asombro. ¿Quién era...? Lo sabia. Mi nombre... la calle me lo dijo. Summit Street. ¿Qulén vivía en Summit Street? Arthur Derwin, de Summit Street. Yo era Arthur Derwin. Era... algo que no podía recordar. Había vivido muchos años y, sin embargo, sólo conseguía recordar mi nombre. ¿Cómo había muerto?

Había acudido a una sesión espiritista; se apagaron las luces y la señora Price invocó a alguien. Dijo algo sobre las influencias del mal y las luces se encendieron.

Pero no se encendieron.
Y debían de haberse encendido.
Sí, estaban encendidas, pero no para mí.

Yo había muerto. Muerto en la oscuridad de la sesión. ¿Qué me mató? ¿Tal vez el espanto? ¿Qué sucedió después? La señora Price había callado. Yo vivía solo en la ciudad; me habían enterrado apresuradamente en una tumba de pobre.

-Un ataque al corazón -sentenció el coroner. Nada más.

Esto fue todo. Y, sin embargo, yo era Arthur Derwin, y seguramente a alguien le habría importado mi muerte. "Bramin Street", anunció la enseña de la calle a la luz del relámpago. Bramin Street... A alguien le habría importado: a Viola. Viola era mi prometida. Habla amado a Arthur Derwin. ¿Cuál era su apellido? ¿Dónde la conocí? ¿Cómo era?

"Bramin Street".
Otra vez la enseña. Inconscientemente, mis pies continuaron su camino. Estaba recorriendo Bramin Street sin pensar en la tormenta. Bien. Dejé que mis pies me guiasen. No quería pensar. Mis pies me conducirían, por costumbre, a casa de Viola... Allí sabría... Bien, no debía pensar. Sólo andar en medio de la tormenta. Anduve, con los ojos cerrados ante las tinieblas que azotaba el trueno. Me alejaba de la muerte y ahora tenía hambre. Tenía hambre y sed en la noche, hambre de ver a Viola y sed de sus labios. Por ella regresaba de la muerte..., ¿o era esto demasiado poético?

Salí de la tumba y volví a dormir en ella y de nuevo me levanté y sondeé el mundo sin memoria. Era algo grotesco, fúnebre, macabro. Yo fallecí en la sesión. Mis pies iban chapoteando en la calle inundada por la lluvia. No sentía frio ni la humedad. Por dentro estaba ardiendo, ardiendo con el recuerdo de Viola, de sus labios, de su cabello. Era rubia. Tenía una cabellera como la luz del sol, ojos azules y tan profundos como el mar, y una tez con la blancura de los flancos de un unicornio. Recordé habérselo dicho mientras la tenía entre mis brazos. Sabía que su boca era como una hendidura escarlata que producía el éxtasis. Ella era el hambre que yo sentía, ella el ardíente deseo que me conducía a su puerta a través de las nieblas de mi memoria. Jadeaba, pero sin saberlo. Dentro de mí giraba como una rueda que había sido antaño mi cerebro y ahora era sólo un volante verde que giraba dejándome ver imágenes caleidoscópicas de Viola, de la tumba, de una sesión de espiritismo, de presencias perversas y de una muerte inexplicable. Viola estaba interesada en el misticismo. Fuimos juntos a la sesión. La señora Price era una médium famosa. Yo me morí en la sesión y me desperté en la tumba. Y ahora regresaba para ver a Viola. Regresaba para averiguar algo de mí mismo. Ahora sabía quién era yo y cómo había muerto. ¿Pero cómo revivía?

"Cómo revivía". "Bramin Street». Mis pies chapoteaban.

Luego, el instinto me condujo hacia el porche. Fue el instinto el que hizo que mi mano se dirigiese al familiar picaporte sin llamar, y el instinto quien me hizo cruzar el umbral. Me quedé en el pasillo, un pasillo desierto. Había un espejo y por primera vez iba a poder verme. Tal vez me asombraría mi completo reconocimiento, mi completo recuerdo. Me contemplé, pero el espejo se tornó borroso ante mi mirada. Me sentí debilitado, mareado. Pero esto se debía al hambre que me atenazaba, el hambre que me consumía. Era tarde. Viola nn estaría abajo, sino arriba, en su dormitorio. Subí la escalera, goteando a cada paso y andando silenciosamente, apartándome de los diminutos charcos de agua que mis ropas iban dejando. De repente me abandonó la debilidad y volví a sentirme vigoroso. Tuve la sensación de estar ascendiendo por la escalinata del Destino. Como si al llegar a lo alto fuese a conocer la verdad de mi futuro.

Algo me había traído desde la tumba a casa de Viola. Algo se movía detrás de esta misteriosa resurrección. La respuesta estaba arriba. Llegué a lo alto y me interné por el oscuro y familiar pasillo. La puerta del dormitorio se abrió a la presión de mi mano. Junto a la cama ardía una vela, nada más. Entonces divisé a Viola tendida en su lecho. Dormía, como una encarnada belleza. Dormía. Era muy joven y adorable en aquel momento. Me apiadé de ella, por lo que sabría al despertar. Llamé suavemente:

-Viola...

Repetí el nombre suavemente, mientras mi cerebro daba vueltas a la última de mis tres acuciantes preguntas.

"¿Cómo revives?", preguntaba mi cerebro.
-¡Viola! -gritó mi voz.
Abrió los ojos y la vida los inundó. Me vio.
-¡Arthur...! -jadeó-. ¡Estás muerto!
Por fin chilló.
-Sí -dije en voz baja.
¿Por qué contesté "sí"?
"¿Cómo revives?", volvió a insistir mi cerebro.
La joven se incorporó, temblando.
-¡Estás muerto! ¡Eres un fantasma! Nosotros te enterramos. La señora Price tenía miedo. Falleciste en la sesión. ¡Vete, Arthur, vete...! ¡Estás muerto!

Gimió una y otra vez. Miré su beldad y sentí hambre. Mil recuerdos de la última noche me asaltaron de golpe. La sesión, y la señora Price invocando a los espíritus del mal; la frialdad que se apoderó de mi en la oscuridad y mi súbito hundimiento en el olvido. Después mi despertar y mi búsqueda en pos de Viola para que apaciguase mi hambre. No de comida. No de bebida. No de amor. Un nuevo apetito. Un nuevo apetito que sólo conocía de noche. Un nuevo apetito que me hacía evitar a los hombres y olvidarme de mí mismo. Un nuevo apetito que odiaba los espejos.
Apetito... de Viola.

Avancé hacia ella lentamente, y mis mojadas prendas susurraron cuando extendí mis brazos tranquilizadoramente y la cogí entre mis brazos. Por un instante lo sentí por ella, pero el apetito se presentó más agudo e incliné la cabeza. La última pregunta volvió a cruzar fugazmente por mí cerebro.

"¿Cómo revives?"

La sesión, la amenaza de los malos espíritus, contestaron a esta pregunta. La contesté yo mismo.
Ya sabía por qué me había levantado de la tumba, quién y qué era, cuando cogí en brazos a Viola. Sí, la cogí entre mis brazos y clavé mis colmillos en su garganta. Esto contestó la pregunta.

Yo era un vampiro.

Robert Bloch (1917-1994)

La capa

The cloak, Robert Bloch (1917-1994)

Estaba poniéndose el sol y el viento del atardecer arremolinaba las hojas secas y las impulsaba a lo largo de la estrecha calle, como si quisiera llevarlas hacia el oeste, para que asistiera al entierro del astro del día.

—¡Tonterías! —murmuró Henderson.

Y procuró apartar de su mente las ideas que habían estado inquietándole. Tal vez se debiesen a que aquel día era la víspera de la festividad de los Difuntos, y a que pronto caería la noche, la noche tan temida, antaño; porque se creía que con las primeras sombras empezarían a oírse los lúgubres lamentos de las almas en pena...

—¡Tonterías! —repitió Henderson, con aire tozudo.

Aquella noche no sería otra cosa que una más del otoño. Y la verdad era que ya iba siendo hora de que la llegada de esa noche recobrara su significado, o adquiriese uno nuevo. Que significase algo importante, en suma. En la Europa medieval, invadida por la superstición, millones de puertas se cerraban aquella noche para impedir la entrada de los espíritus y millones de plegarias eran musitadas por las almas de los difuntos, al par que se encendían millones de velas. En aquellos tiempos, pensaba Henderson, la llegada de la festividad resultaba impresionante. Los europeos de entonces vivían en un ambiente de terror, en un mundo poblado por demonios y vampiros. En aquellos tiempos, el alma de un ser humano tenía valor para sus semejantes. En cambio, el escepticismo de la época moderna la había despojado de ese valor, porque los hombres de los nuevos tiempos no concedían ya atención a los asuntos de su alma.

—¡Tonterías! —volvió a decir Henderson.

Pero no dejó de reconocer la vaciedad del comentario expresado, tan corriente en estos días de indiferencia total hacia los problemas anímicos. No obstante, y como hijo de su época, admitió que los tiempos habían cambiado, y se concentró en la idea que en aquel momento tenía más importancia para él: la de localizar la tienda de disfraces cuya dirección había encontrado en la guía telefónica, pues deseaba comprar una máscara para asistir al baile de aquella noche. Por eso siguió mirando atentamente los números de las puertas de la calle, hasta que los rojizos rayos del sol poniente, reflejándose en la fachada de un alto edificio, le mostraron el amplio cristal de un escaparate.

De pronto, Henderson notó que un escalofrío le recorría la espalda. Por supuesto que se encontraba frente a la tienda que buscaba y no ante la entrada del infierno. Entonces, ¿a qué se debía aquel rojizo resplandor que iluminaba todo el interior del local? Un resplandor siniestro, que prestaba horrenda apariencia a las caretas alineadas sobre el mostrador.

—El sol del atardecer —tranquilizóse, sonriendo levemente.

Y después de abrir la puerta avanzó hasta el fondo del local, sumido en profundo silencio. Notábase ese inconfundible olor que se percibe en recintos largo tiempo cerrados y mal ventilados; como debía de ser el de los sepulcros y...

—Tonterías —tornó a murmurar Henderson.

Y pensó que lo que su olfato percibía era el ambiente propio de un vulgar comercio poco frecuentado: naftalina, pieles viejas, cartón, polvo... Allá en los días de su niñez, Henderson había participado en funciones teatrales escolares y recordaba que había representado el papel de «Hamlet», viéndose obligado a sostener en sus manos una calavera. Pues bien, el recuerdo le sugirió una idea apropiada para la fiesta de aquella noche. Puesto que era la víspera de la Festividad de los Difuntos, no se disfrazaría de rajá ni de pirata ni de ninguna otra cosa por el estilo, sino de fiera, brujo, hombre-lobo... ¡Eso era lo que habría de hacer! Causar una tremenda impresión al «snob» de Lindstrom y a los cursis de sus invitados. Sonrió entonces, al figurarse las expresiones de horror y sorpresa que provocaría, cuando entrase en aquella casa vestido como un monstruo. Y un tanto impaciente, golpeó con los nudillos sobre el mostrador.

—¡Eh! ¿No hay nadie que atienda a los clientes?

Al pronto, no recibió respuesta. Luego, un apagado rumor sonó a sus espaldas y volvióse en redondo, mientras que pensaba que bien podrían encender la luz antes de que acabase de caer la noche. Acto seguido, Henderson abrió la boca y los ojos, en expresión de gran asombro, al ver un oscuro bulto que iba ascendiendo desde el suelo, envuelto en un rojizo resplandor...

—Tonterías —dijo una vez más.

Desde luego, la aparición no tenía nada de sobrenatural. No era más que el dueño de la tienda, un anciano de pálida faz, que subía por la escalera del sótano.

—Buenas noches —saludó el tendero—. Creo que me quedé dormido, ahí abajo. ¿Quería usted algo?
—Sí. He venido a buscar un disfraz para el baile de esta noche.
—Ya. ¿Qué desearía?
—Nada de particular, lo corriente en estos casos. Creo que en vista del carácter de la fiesta, me convendría comprar un disfraz de monstruo. ¿Tiene algo que se le parezca?
—Puedo enseñarle las máscaras.
—No, no. Yo me refiero a un disfraz completo, ¿comprende usted? Un disfraz de lobo humano, o algo semejante, pero quiero que sea auténtico.
—Exactamente, sí, señor —respondió el viejo tendero—. Au-tén-ti-co.

Henderson se preguntó por qué habría tenido que recalcar aquel viejo imbécil la última palabra.

—Creo que tengo lo que usted necesita —añadió el comerciante, con ligera sonrisa—, un disfraz adecuado para la fiesta de los difuntos.
—¿De qué se trata?
—Hum... ¿No ha considerado la oportunidad de disfrazarse hoy de vampiro?
—¿Como Drácula?
—Eso es, algo así como Drácula.
—No es mala idea, aunque, ¿cree que tengo tipo adecuado para ese disfraz?

El viejo observó por un instante al cliente y luego contestó:

—Los vampiros pueden tener cualquier aspecto, según tengo entendido. Y el suyo no está mal, para ese disfraz.
—Gracias por el cumplido —repuso Henderson, en tono burlón—. De todos modos, ¿cómo es el disfraz?
—¿Disfraz? No es más que un traje de etiqueta, o lo que quiera llevar puesto. Yo le suministraré la capa, una capa au-tén-ti-ca.
—¿Nada más que una capa?
—Nada más, pero se usa como un sudario. Es una mortaja, en realidad. Espere, ahora mismo se la enseñaré.

Se dirigió a la parte trasera del local, para bajar por la escalera del sótano. Al cabo de un par de minutos volvió a aparecer por la puerta-trampa y después de sacudir el polvo que la cubría, mostróle la capa, diciendo:

—Ésta es. ¡La auténtica!
—¿Auténtica?
—Efectivamente. Permítame que se la ponga. Obrará maravillas, ya lo verá.

Henderson notó el contacto del pesado paño en torno a sus hombros, antes de dar unos pasos para plantarse frente al espejo. Tal como había indicado el viejo comerciante, aquella prenda cambiaba notablemente su apariencia. Sus mejillas aparecían más prominentes, en contraste con el resto de su rostro, y sus ojos brillaban con extraño fulgor, sobre el fondo claro de su pálida tez, pero lo que más le impresionó fue la súbita sensación de frío que había experimentado al ponerle la capa el dueño de la tienda.

—Me la llevaré —dijo—. ¿Cuánto es?
—Se divertirá con ella, se lo aseguro.
—Así lo espero. ¿Cuánto cuesta el alquiler de esta capa?
—¿Qué le parecen cinco dólares?
—Bien.

El viejo recogió el dinero y retiró la capa de los hombros de Henderson, que volvió a sentir entonces calor en su cuerpo. Era muy posible que hiciera mucho frío en el sótano, porque la tela de aquella prenda estaba helada. Cuando el tendero le entregó el paquete, Henderson prometió:

—Mañana se la devolveré.
—¡Oh! No hace falta. La ha comprado usted. Ahora es suya.
—¿Mía? Pero...
—Es que voy a retirarme de los negocios, ¿sabe usted? Quédese con ella. Seguro que le servirá para otras cosas.

Henderson se encogió de hombros y salió de la tienda con el paquete bajo un brazo, un tanto inquieto por la fija mirada de aquel anciano, cuyos ojos no parpadeaban en ningún momento. Y lo raro fue que su inquietud no sólo no se disipó, sino que iba en aumento, hasta el punto de que al llegar las ocho, a punto estuvo de telefonear a Lindstrom para decirle que no podría asistir a la fiesta. Después de unos cuantos tragos de licor, Henderson se sintió más animado. Para ensayar su papel dio unos pasos por la habitación, se envolvió en la capa y puso varias veces expresión feroz ante el espejo. Y al fin, complacido con su terrorífico aspecto, bajó a la calle y detuvo un taxi, cuyo conductor se quedó mirándole con aire de asombro.

—Escuche bien la dirección que voy a indicarle —dijo Henderson, mientras se acomodaba en el asiento posterior.
El taxista, visiblemente impresionado y con trémula voz murmuró:
—Ssss... sí, señor.

En cuanto hubo oído las señas, el chófer puso el coche en marcha y empezó a recorrer las calles de la ciudad a gran velocidad. Divertido, el pasajero emitió una risita, pues no había dejado de advertir el efecto producido por su disfraz. Luego reparó en que el conductor no le perdía de vista, observándole por el retrovisor. «Buena señal —se dijo—. Cuando llegue a casa de Lindstrom voy a dar el golpe.» Y sin darse cuenta, profirió una burlona carcajada, que sonó con acento sepulcral. El impresionable taxista apretó el acelerador a fondo y no paró hasta que hubo llegado a su destino. Sólo se detuvo el tiempo preciso para cerrar la portezuela cuando se apeó el pasajero, y partió veloz, sin cobrar el importe del trayecto.

Al entrar en el ascensor, Henderson encontró a otros cuatro invitados y ninguno pareció reconocerle, a pesar de haber hablado con ellos en otras ocasiones. Tal circunstancia le satisfizo sobremanera y le indujo a sonreír torvamente. Resultábale curioso el afán de la gente de adoptar disfraces según sus reprimidos deseos. Las mujeres procuraban acentuar su figura, en tanto que los hombres se esforzaban por destacar su masculinidad, como por ejemplo, el que se vestía de torero. En el fondo, era triste que tantos seres humanos aprovechasen un baile de máscaras para imaginarse que eran lo que no habían sido nunca.

Los que iban en el ascensor eran hombres y mujeres de aspecto saludable. Henderson se sorprendió al darse cuenta de que estaba mirando intensamente uno de los sonrosados y regordetes brazos de la dama que se hallaba a su lado. Y acto seguido advirtió que los demás se habían apiñado en un ángulo, como si quisieran apartarse de él, como si les amedrentase su siniestra apariencia. «¿Qué diantres estará sucediendo? —preguntóse—. Primero, el taxista, y ahora, estos tontos, que incluso han dejado de hablar.» No tuvo tiempo de buscar una explicación razonable, porque en aquel momento se detuvo el ascensor. Abrióse la puerta y salieron todos al rellano, donde el propio Lindstrom recibió a los visitantes y les hizo pasar al vestíbulo en un lujoso departamento. Volvióse hacia Henderson y en tono de amigable sorpresa, exclamó:

—¡Vaya! ¿Qué es lo que tenemos aquí?
Era obvio que el dueño de la casa había bebido ya bastante, y añadió:
—¡Tómate una copa, Henderson! Yo la tomaré de la misma botella. Estás impresionante con ese disfraz. ¿De dónde has sacado un maquillaje tan...?
—¿Maquillaje? No me he maquillado.
—¿Ah, no? Bueno... claro, claro. Perdona, soy un tonto.

Henderson se preguntó si su amigo se habría vuelto loco. ¿Sería verdad, o se lo habría parecido solamente, que Lindstrom acababa de dar un paso atrás? ¿Y aquella mirada tan recelosa? Tal vez estuviese completamente borracho.

—Bueno —murmuró Lindstrom—. Te... te veré más tarde.

Y girando sobre sus talones, se alejó rápidamente en dirección al salón, de donde provenía un confuso rumor de música, risa y conversaciones en voz alta. Henderson se quedó con la vista fija en el abultado y rojizo cuello de su amigo, de su aterrorizado amigo. Porque no cabía duda que Lindstrom estaba temblando de miedo. Intrigado, Henderson se bebió de un solo trago el contenido de su copa, e inmediatamente fue a mirarse al espejo que adornaba un rincón del vestíbulo, pero no vio nada. Absolutamente nada. ¡La superficie del espejo no reflejaba su imagen!

Debo de haber bebido de más —se dijo, con aviesa sonrisa—. Allá en casa cuatro o cinco vasos de whisky, y ahora, este ron... Eso es lo que ocurre, que estoy tan borracho que no veo. O mejor dicho, veo visiones, como la de este ángel que ha llegado junto a mí.» Y volviéndose a medias, saludó:

—Hola, ángel.
—Hola —respondióle la bella y rubia joven que acababa de detenerse a su lado.
Henderson advirtió que tenía ojos muy azules y labios muy rojos. En tono serio le preguntó:
—¿Eres un ángel de verdad o se trata de una aparición?
—Es una aparición que se llama Sheila Darrly —respondió la joven—, y que le agradecerá que se aparte un momento del espejo, pues necesita empolvarse la nariz.
—Con muchísimo gusto se aparta Stephen Henderson —dijo, sonriendo.

La joven le dedicó un picaresco guiño antes de comenzar a empolvarse, pero al notar que la observaba con curiosidad, inquirió:

—¿No ha visto nunca cómo se ponen los polvos de tocador?
—No sabía que los ángeles los emplearan —contestóle Henderson—, pero no es raro. Hay muchas cosas que ignoro, con respecto a los ángeles. De ahora en adelante procuraré informarme convenientemente. No le extrañe que la siga por todas partes con una libreta de notas, para tomar apuntes y...
—¿Apuntes, un vampiro?
—¡Bueno! Pero soy un vampiro inteligente, no uno de aquellos monstruos de Transilvania que... Estoy seguro de que le agradará mi compañía.
—No lo dudo. Y desde luego que tiene usted tipo de vampiro. Claro que un ángel y un vampiro formarían una absurda pareja, ¿no cree?
—¡Oh! Podríamos reformarnos mutuamente. Por otra parte, tengo la sospecha de que es usted un poco diabólica. Con esa capa negra encima de su manto angelical... No será usted un ángel de las tinieblas, ¿verdad que no? Porque en lugar de haber bajado del cielo, podría provenir de mis sombrías mansiones.

Pese a su desparpajo, Henderson se sentía aturdido. Recordaba muchas de sus cínicas observaciones referentes al «flechazo», al enamoramiento instantáneo, así como su concepto de que el amor no existía, de que la gente no hacía más que imitar a los personajes de las novelas o películas cinematográficas en que se presentaban idilios, para actuar en consecuencia y fingir unos sentimientos que no experimentaban. Y he aquí que en aquel momento se sentía enamorado, perdidamente enamorado de un ángel de rubios cabellos y mirada arrobadora. Por lo visto, la chica notó lo que estaba sucediendo, pues con ligero retintín le preguntó:

—Espero que le satisfaga lo que ve.
—Tiene usted una intuición maravillosa, pero hay algo interesante que querría saber acerca de los ángeles: si saben bailar.
—Buena muestra de tacto, para proceder de un vampiro. ¿Pasamos al salón?

Tomados del brazo entraron los dos en la vasta estancia, donde los presentes charlaban animadamente y bebían, pero nadie bailaba. Algunas parejas se paseaban, en tanto que unos invitados disfrazados de gangsters simulaban atracos con risa y jarana. En suma, la clase de ambiente que tanto detestaba Henderson, por lo que reaccionando de súbito se envolvió en su negra capa e imprimió a sus facciones una torva expresión, mientras echaba a andar en ominoso silencio. A su paso, interrumpíanse las conversaciones y se oían algunos susurros:

—¿Quién es ese hombre?
—¿Has visto qué ojos?
—Es un vampiro...

El dueño de la casa, cada vez más embriagado, estaba junto a una llamativa morena disfrazada de Cleopatra. Henderson era amigo de Lindstrom y le agradaba su compañía, pero no podía soportarlo en fiestas como aquélla, a causa de su incorrecto comportamiento en lo tocante a la bebida.

—¡Oh, Dracula! —exclamó Lindstrom, alzando un brazo—. Perrrmíteme que te prrresente a una essstupenda be-beldad. Y tú... beldad... te prrrsentó a un buen amigo mío... El conde Drácula, que viene con su hija. También invité a su abuela; pero esta noche se encuentra atareada. Está celebrando una Ceremonia Negra... En... Hola, conde, ¿qué tal?

La morena abrió los ojos desmesuradamente y con fingido horror exclamó:

—¡Ooooh, Drácula! ¡Qué cara más espantosa! ¡Qué largos y afilados dientes!...
Lindstrom se dirigió a toda la concurrencia, para anunciar:
—¡Queridos amigos! ¡Aquí está el único vampiro real que queda en cautividad! ¡Drácula Henderson, el único vampiro con dentadura postiza!

En otras circunstancias, Henderson habría aplicado un potente y eficiente directo a la mandíbula de su amigo, pero entonces, con Sheila a su lado y en medio de una festiva reunión... Sería preferible soportar las bromas y mostrar buen talante. Y como no le faltaba correa, ¿por qué no podía seguir la corriente y actuar como un verdadero vampiro? Miró entonces a su bella acompañante y le dedicó una sonrisa. Luego se irguió tiesamente y entreabrió su capa, que continuaba tan fría como horas atrás, cuando la había comprado, y abrió los ojos, para fijar su penetrante mirada en el grueso cuello de Lindstrom. Como en sueños, notó que sus manos salían proyectadas hacia delante, en dirección a aquel carnoso cuello, cuyo dueño lanzó un alarido de espanto, como el chillido de una rata, de una rata gorda y repleta de sangre, como la sangre que sirve de alimento a los vampiros... sangre de aquella rata... del cuello de aquella rata que seguía chillando... con la cabeza caída hacia un costado, mientras los dientes de Henderson se acercaban a su cuello...

—¡Basta ya!
Había sido la seca y fría voz de Sheila. Y también fueron los dedos de la joven los que apretaron fuertemente un brazo de Henderson, que se volvió a mirarla, estupefacto. Lindstrom se había desplomado sobre una butaca y estaba enjugándose el sudor, mientras los demás contemplaban la escena con estupor.

—Muy bien hecho —murmuró la chica—. Que le sirva de lección.
Henderson exhaló un suspiro antes de encararse con los presentes, para decirles jocosamente:
—Señoras y caballeros, lo que acabo de hacer no ha sido más que una demostración de lo que ha afirmado nuestro querido amigo Lindstrom. Soy, en efecto, un vampiro. Y ahora que están ustedes advertidos, creo que no correrán peligro. Si hay un médico entre ustedes, podríamos arreglarnos con una transfusión de sangre, porque la verdad es que estoy desfallecido y necesito alimento.

La salida provocó risa general. Deshecha la tensión, todos reanudaron sus interrumpidas charlas. Y uno de los asistentes, que había bajado a la portería en busca de un periódico, aprovechó la oportunidad para imitar a un vendedor callejero y empezó a pregonar:

—¡Extra! ¡Con el siniestro de la Noche de Difuntos! ¡Extra!
Muchos de los invitados se precipitaron a su encuentro para arrebatarle diarios de las manos.
—¡Extra! ¡Con las últimas noticias sobre el incendio de la tienda de disfraces! ¡Lean el extra de esta noche, con información completa!
—Hasta luego, vampiro —dijo Sheila.
—Hasta luego —murmuró Henderson, prendido en sus bellos ojos.

Pero en seguida se estremeció. ¿Qué era lo que estaba anunciando aquel hombre? Un incendio en una tienda de disfraces. «Alrededor de las ocho de esta noche, los bomberos tuvieron que acudir a un establecimiento de la calle... no pudo dominarse el incendio... completamene destruido... se encontró un esqueleto en una...»

—¡No! —exclamó.
Pero siguió leyendo el resto de la información. Aquel esqueleto había aparecido en una caja que estaba debajo del establecimiento. Era un ataúd. También se encontraron otras dos cajas, vacías. El esqueleto estaba envuelto en una capa negra, que no fue dañada por las llamas. Seguían relatos de testigos presenciales, de vecinos que afirmaban que en aquella casa se habían verificado extraños ritos, que de vez en cuando entraban allí algunos individuos de aspecto sospechoso para comprar objetos raros, como filtros de amor, encantamientos y disfraces endemoniados.

La auténtcia capa, recordó Henderson. Eso era lo que había dicho aquel viejo. Y también: «Voy a retirarme de los negocios... Tal vez le sirva para otras cosas.» Presa de honda desazón, encaminóse al vestíbulo, para detenerse ante el espejo. Consternado, se llevó una mano a la cara, a fin de resguardarse de la mirada reflejada que no podía ver. Porque los vampiros no se reflejan en los espejos. No era extraño que asustara tanto a la gente. Ni que sus manos se sintiesen atraídas hacia los cuellos de las personas, como sucedió con Lindstrom. ¿Qué era lo que le había ocurrido?

¡La capa! Aquella capa, que había estado en un féretro, de donde la sacó el viejo cuando bajó al sótano para buscarla. Aquella capa helada con el frío de la muerte le había transmitido sentimiento de un verdadero vampiro. Y estaba maldita, por haber amortajado el cuerpo de un monstruo condenado.

—Hola, querido amigo.

Sheila. Allí estaba Sheila, mirándole con expresión invitadora. Henderson notó una oleada de calor en el rostro, al par que se sentía invadido por una inefable sensación, mezcla de amor, de deseo... y de hambre; hambre suscitada por aquella nacarada piel, por aquellos labios tentadores. ¡Nunca! ¡Jamás haría semejante cosa! Su amor debía triunfar sobre cualquier nefanda pasión. Con brusco e instintivo movimiento, se despojó de la capa e inmediatamente se sintió aliviado, libre de negros pensamientos. La joven sonrió levemente y se quitó la suya, en tanto comentaba:

—¿Qué? ¿Cansado del disfraz?
—Ángel... —susurró él.
—Diablo —respondió Sheila, con tonillo burlón.

Un momento después estaban estrechamente abrazados. Henderson había recogido la negra capa de la chica y la llevaba al brazo, junto con la suya. Cuando dejaron de besarse, Henderson, mientras llevaba a Sheila hacia el ascensor, propuso:

—¿Y si saliéramos a respirar un poco?
—¿Adónde? ¿A la calle?
—No. No quiero que vayamos a mis mansiones, sino a las tuyas.
—¿A la azotea?
—Exactamente, mi ángel. Quiero hablarte allí, sobre el fondo de tu propio cielo. Quiero besarte cerca de las nubes y de las estrellas.
En la alta terraza Henderson enlazó a la chica por el talle y la condujo hasta el parapeto.
—Un ángel y un diablo —murmuró la joven—. ¡Qué pareja! ¿Cómo saldrán nuestros chicos? ¿Con halos o con cuernos?
—Con las dos cosas, quizás.

Abajo quedaron Lindstrom y sus bulliciosos invitados. En cambio, allí, en la azotea, reinaba la templada noche del otoño, sin música estridente, sin bebidas ni charla insustancial. Una noche como tantas otras, hecha para el amor y presidida por el disco de la Luna. No obstante, la brisa que soplaba no resultaba muy agradable, y la joven se estremeció levemente.

—Tengo frío —dijo—. ¿Me das la capa?

Henderson recogió la prenda del borde del parapeto, donde la había colgado, y la deslizó sobre los hombros de su amada, a la que volvió a abrazar.
—Tu también tienes frío —advirtió Sheila—. Ponte la tuya.

«Ponerse otra vez aquella maldición...» Henderson dio un paso atrás, aterrado con el simple pensamiento de revestirse nuevamente con la aborrecible prenda, pero la chica tornó a pasarle los brazos alrededor del cuello y con mimosa entonación insistió:

—Póntela, no vayas a resfriarte.

Frío... Eso era lo que volvía a sentir Henderson en todo su cuerpo. El extraño frío que había percibido mientras llevaba puesta aquella capa. Bajó la vista hasta los labios de la chica, y otra vez le acometió el insensato deseo de mordérselos, de beber su sangre. No debía hacer eso. Amaba a Sheila como nunca habría supuesto que fuera capaz de amar. Y su amor tenía que vencer aquel incomprensible impulso. Por tanto, haciendo un esfuerzo la apartó de sí.

—Sheila —balbuceó—. Tengo que... tengo que decirte una cosa.
—Dime, querido.
—Sheila, por favor. Tú has leído la edición extra de esta noche...
—Sí —repuso la joven, sin dejar de mirarle a los ojos.
—Pues bien, yo... yo compré allí mi capa, ¿sabes? Y ya has visto lo que sucedió con Lindstrom. No era ficción, sino realidad. Yo quería, realmente, chuparle la sangre. No puedo explicarte a qué se debió eso ni... Creo que esa capa es la culpable de tan extraña reacción.

Sheila seguía mirándole con expresión de intenso cariño, sin inmutarse en absoluto por lo que acababa de escuchar. ¿Es que no le creía? ¿O se figurarla, tal vez, que estaba bromeando?

—Yo te quiero, Sheila. Créeme. Estoy loco por ti.
—Ya lo sé.
—Por eso quiero demostrártelo, y demostrármelo a mí mismo, que lo que siento por ti es verdadero amor. Para convencerme necesito volver a ponerme esa capa. Si mi amor es tan inmenso como yo creo, vencerá a todo otro impulso y te besaré, pero en caso de que la maldición fuera más potente y yo... y yo empezara a morderte, ¡apártate en seguida y huye, cariño mío! ¿Comprendes el significado de este experimento? Quiero comprobar que te quiero más allá de cualquier posible influjo maligno, que te querré eternamente. ¿Tie... tienes miedo?
—No.
—Seguro que creerás que estoy loco.
—Tampoco.
—Entonces.

La impasible actitud de la joven desconcertaba a Henderson, que se quedó mirándola en silencio, hasta que Sheila soltó una risita y se abrazó a él, acariciándole suavemente la nuca y susurrando:

—Ya lo sabía, querido. Lo supe en cuanto te miré por el espejo, la primera vez. Entonces me di cuenta de que tenías una capa igual que la mía... porque yo compré la mía en el mismo comercio.

Henderson se sorprendió al ver que los labios de Sheila eludían los suyos cuando intentó besarla. Luego notó el agudo contacto de los dientes de la chica en su garganta, seguido por una sensación de debilidad... y por el negro abismo de la completa inconsciencia.

Robert Bloch (1917-1994)

El vampiro estelar

The shambler from the stars, Robert Bloch (1917-1994)

Dedicado a H.P. Lovecraft.

I.
Confieso que sólo soy un simple escritor de relatos fantásticos. Desde mi más temprana infancia me he sentido subyugado por la secreta fascinación de lo desconocido y lo insólito. Los temores innominables, los sueños grotescos, las fantasías más extrañas que obsesionan nuestra mente, han tenido siempre un poderoso e inexplicable atractivo para mí. En literatura, he caminado con Poe por senderos ocultos; me he arrastrado entre las sombras con Machen; he cruzado con Baudelaire las regiones de las hórridas estrellas, o me he sumergido en las profundidades de la tierra, guiado por los relatos de la antigua ciencia. Mi escaso talento para el dibujo me obligó a intentar describir con torpes palabras los seres fantásticos que moran en mis sueños tenebrosos. Esta misma inclinación por lo sinientro se manifestaba también en mis preferencias musicales. Mis composiciones favoritas eran la Suite de los Planetas y otras del mismo género. Mi vida interior se convirtió muy pronto en un perpetuo festín de horrores fantásticos, refinadamente crueles.

En cambio, mi vida exterior era insulsa. Con el transcurso del tiempo, me fuí haciendo cada vez más insociable, hasta que acabé por llevar una vida tranquila y filosófica en un mundo de libros y sueños. El hombre debe trabajar para vivir. Incapaz, por naturaleza, de todo trabajo manual, me sentí desconcertado en mi adolescencia ante la necesidad de elegir una profesión. Mi tendencia a la depresión vino a complicar las cosas, y durante algún tiempo estuve bordeando el desastre económico más completo. Entonces fue cuando me decidí a escribir. Adquirí una vieja máquina de escribir, un montón de papel barato y unas hojas de carbón. Nunca me preocupó la búsqueda de un tema. ¿Qué mejor venero que las ilimitadas regiones de mi viva imaginación? Escribiría sobre temas de horror y oscuridad y sobre el enigma de la Muerte. Al menos, en mi inexperiencia y candidez, éste era mi propósito. Mis primeros intentos fueron un fracaso rotundo. Mis resultados quedaron lastimosamente lejos de mis soñados proyectos. En el papel, mis fantasías más brillantes se convirtieron en un revoltijo insensato de pesados adjetivos, y no encontré palabras de uso corriente con que expresar el terror portentoso de lo desconocido. Mis primeros manuscritos resultaron mediocres, vulgares; las pocas revistas especializadas de este género los rechazaron con significativa unanimidad. Tenía que vivir. Lentamente, pero de manera segura, comencé a ajustar mi estilo a mis ideas. Trabajé laboriosamente las palabras, las frases y las estructuras de las oraciones. Trabajé, trabajé duramente en ello. Pronto aprendí lo que era sudar. Y por fin, uno de mis relatos fue aceptado; después un segundo, y un tercero, y un cuarto. En seguida comencé a dominar los trucos más elementales del oficio, y comencé finalmente a vislumbrar mi porvenir con cierta claridad. Retorné con el ánimo más ligero a mi vida de ensueños y a mis queridos libros. Mis relatos me proporcionaban medios un tanto escasos para subsistir, y durante cierto tiempo no pedí más a la vida. Pero esto duró poco. La ambición, siempre engañosa, fue la causa de mi ruina.

Quería escribir un relato real; no uno de esos cuentos efímeros y estereotipados que producía para las revistas, sino una verdadera obra de arte. La creación de semejante obra maestra llegó a convertirse en mi ideal. Yo no era un buen escritor, pero ello no se debía enteramente a mis errores de estilo. Presentía que mi defecto fundamental radicaba en el asunto escogido Los vampiros, hombres-lobos, los profanadores de cadáveres, los monstruos mitológicos, constituían un material de escaso mérito. Los temas e imágenes vulgares, el empleo rutinario de adjetivos, y un punto de vista prosaicamente antropocéntrico, eran los principales obstáculos para producir un cuento fantástico realmente bueno. Debía elegir un tema nuevo, una intriga verdaderamente extraordinaria. ¡Si pudiera concebir algo realmente teratológico, algo monstruosamente increíble!

Estaba ansioso por aprender las canciones que cantaban los demonios al precipitarse más allá de las regiones estelares, por oír las voces de los dioses antiguos susurrando sus secretos al vacío preñado de resonancias. Deseaba vivamente conocer los terrores de la tumba, el roce de las larvas en mi lengua, la dulce caricia de una podrida mortaja sobre mi cuerpo. Anhelaba hacer mías las vivencias que yacen latentes en el fondo de los ojos vacíos de las momias, y ardía en deseos de aprender la sabiduría que sólo el gusano conoce. Entonces podría escribir la verdad, y mis esperanzas se realizarían cabalmente. Busqué el modo de conseguirlo. Serenamente, comencé a escribirme con pensadores y soñadores solitarios de todo el país. Mantuve correspondencia con un eremita de los montes occidentales, con un sabio de la región desolada del norte, y con un místico de Nueva Inglaterra. Por medio de éste, tuve conocimiento de algunos libros antiguos que eran tesoro y reliquia de una ciencia extraña. Primero me citó con mucha reserva, algunos pasajes del legendario Necronomicón, luego se refirió a cierto Libro de Eibon, que tenía fama de superar a los demás por su carácter demencial y blasfemo. Él mismo había estudiado aquellos volúmenes que recogían el terror de los Tiempos Originales, pero me prohibió que ahondara demasiado en mis indagaciones. Me dijo que, como hijo de la embrujada ciudad de Arkham, donde aún palpitan y acechan sombras de otros tiempos, había oído cosas muy extrañas, por lo que decidió apartarse prudentemente de las ciencias negras y prohibidas.

Finalmente, después de mucho insistirle, consintió de mala gana en proporcionarme los nombres de ciertas personas que a su juicio podrían ayudarme en mis investigaciones. Mi corresponsal era un escritor de notable brillantez; gozaba de una sólida reputación en los círculos intelectuales más exquisitos, y yo sabía que estaba tremendamente interesado en conocer el resultado de mi iniciativa. Tan pronto como su preciosa lista estuvo en mis manos, comencé una masiva campaña postal con el fin de conseguir libros deseados. Dirigí mis cartas a varias uiversidades, a bibliotecas privadas, a astrólogos afamados y a dirigentes de ciertos cultos secretos de nombres oscuros y sonoros. Pero aquella labor estaba destinada al fracaso. Sus respuestas fueron manifiestamente hostiles. Estaba claro que quienes poseían semejante ciencia se enfurecían ante la idea de que sus secretos fuesen develados por un intruso. Posteriormente, recibí varias cartas anónimas llenas de amenazas, e incluso una llamda telefónica verdadramente alarmante. Pero lo que más me molestó, fue el darme cuenta de que mis esfuerzos habían resultado fallidos. Negativas, evasivas, desaires, amenazas.... ¡aquello no me servía de nada! Debía buscar por otra parte. ¡Las librerías! Quizá descubriese lo que buscaba en algún estante olvidado y polvoriento. Entonces comencé una cruzada interminable. Aprendí a soportar mis numerosos desengaños con impasible tranquilidad. En ninguna de las librerías que visité habían oído hablar del espantoso Necronomicón, del maligno Libro de Eibon, ni del inquietante Cultes des Goules.

La perseverancia acaba por triunfar. En una vieja tienda de South Dearborn Street, en unas estanterías arrinconadas, acabé por encontrar lo que estaba buscando. Allí, encajado entre dos ediciones centenarias de Shakespeare, descubrí un gran libro negro con tapas de hierro. En ellas, grabado a mano, se leía el título, De Vermis Mysteriis , "Misterios del Gusano". El propietario no supo decirme de dónde procedía el libro aquél. Quizá lo había adquirido hace un par de años en algún lote de libros de segunda mano. Era evidente que desconocía su naturaleza, ya que me lo vendió por un dólar. Encantado por su inesperada venta, me envolvió el pesado mamotreto, y me despidió con amable satisfacción. Yo me marché apresudaramente con mi precioso botín debajo del brazo. ¡Lo que había encontrado! Ya tenía referencias del libro. Su autor era Ludvig Prinn, y había perecido en la hoguera inquisitorial, en Bruselas, cuando los juicios por brujería estaban en su apogeo. Había sido un personaje extraño, alquimista, nigromante y mago de gran reputación; alardeaba de haber alcanzado una edad milagrosa, cuando finalmente fue inmolado por el fiero poder secular. De él se decía que se proclamaba el único superviviente de la novena cruzada, y exhibía como prueba ciertos documentos mohosos que parecían atestiguarlo. Lo cierto es que, en los viejos cronicones, el nombre de Ludvig Prinn figuraba entre los caballeros servidores de Monserrat, pero los incrédulos lo seguían coniderando como un chiflado y un impostor, a lo sumo descendiente de aquel famoso caballero.

Ludvig atribuía sus conocimientos de hechicería a los años en que había estado cautivo entre los brujos y encantadores de Siria, y hablaba a menudo de sus encuentros con los djinns y los efreets de los antiguos mitos orientales. Se sabe que pasó algún tiempo en Egipto, y entre los santones libios circulan ciertas leyendas que aluden a las hazañas del viejo adivino en Alejandría. En todo caso, pasó sus postreros días en las llanuras de Flandes, su tierra natal, habitando -lugar muy adecuado- las ruinas de un sepulcro prerromano que se alzaba en un bosque cercano a Bruselas. Se decía que allí moraba en las sombras, rodeado de demonios familiares y terribles sortilegios. Aún se conservan manuscritos que dicen , en forma un tanto evasiva, que era asistido por "compañeros invisibles" y "servidores enviados de las estrellas". Los campesinos evitaban pasar la noche por el bosque donde habitaba, no le gustaban cierton ruidos que resonaban cuando había luna llena, y preferían ignorar qué clase de seres se prosternaban ante los viejos altares paganos que se alzaban, medio desmoronados, en lo más oscuro del bosque. Sea como fuere, después de ser apresado Prinn por los esbirros de la Inquisición , nadie vio las criaturas que había tenido a su servicio. Antes de destruir el sepulcro donde había morado, los soldados lo registraron a fondo, y no encontraron nada. Seres sobrenaturales, instrumentos extraños, pócimas.... todo había desaparecido de la manera más misteriosa. Hicieron un minuciosos reconocimiento del bosque prohibido, pero sin resultado. Sin embargo, antes de que terminara el proceso de Prinn, saltó sangre fresca en los altares, y también en el potro de tormento. Pero ni con las más atroces torturas lograron romper su silencio. Por último, cansados de interrogar, arrojaron al viejo hechicero a una mazmorra.

Y fue durante su prisión, mientras aguardaba la sentencia, cuando escribió ese texto morboso y horrible, De Vermis Mysteriis, conocido hoy por los Misterios del Gusano. Nadie se explica como pudo lograrlo sin que los guardianes lo sorprendieran; pero un año después de su muerte, el texto fue impreso en Colonia. Inmediatamente después de su aparición, el libro fue prohibido. Pero ya se habían distribuido algunos ejemplares, de los que se sacaron copias en secreto. Más adelante, se hizo una nueva edición, censurada y expurgada, de suerte que únicamente se considera auténtico el texto original latino. A lo largo de los siglos, han sido muy pocos los que han tenido acceso a la sabiduría que encierra este libro. Los secretos del viejo mago sólo son conocidos hoy por algunos iniciados, quienes, por razones muy concretas, se oponen a todo intento de propagarlos. Esto era, en resumen, lo que sabía del libro que había venido a parar a mis manos. Aun como mero coleccionista, el libro representaba un hallazgo fenomenal; pero, desgraciadamente, no podía juzgar su contenido, porque estaba en latín. Como sólo conozco unas cuantas palabras sueltas de esa lengua, al abrir sus páginas mohosas me tropecé con un obstáculo insuperable. Era exasperante poseer aquel tesoro de saber oculto, y no tener la clave para desentrañarlo. Por un momento, me sentí desesperado. No me seducía la idea de poner un texto de semejante naturaleza en manos de un latinista de la localidad. Más tarde tuve una inspiración. ¿Por qué no coger el libro y visitar a mi amigo para solicitar ayuda? Él era un erudito, leía en su idioma a los clásicos, y probablemente las espantosas revelaciones de Prinn le impresionarían menos que a otros. Sin pensarlo más le escribí apresudaramente y muy poco después recibí su contestación. Estaba encantado en ayudarme. Por encima de todo, debía ir inmediatamente.

II.
Providence es un pueblo agradable. La casa de mi amigo era antigua, de un estilo georgiano bastante caro. La planta baja era una maravilla de ambiente colonial. El piso alto, sombreado por las dos vertientes del tejado e iluminado por una amplia ventana, servía de estudio a mi anfitrión. Allí reflexionamos durante la espantosa y memorable noche del pasado abril, junto a la gran ventana abierta a la mar azulada. Era una noche sin luna, una noche lívida en que la niebla llenaba la vacía oscuridad de sombras aladas. Todavía puedo imaginar con nitidez la escena: la pequeña habitación iluminada por la luz de la lámpara, la mesa grande, las sillas de alto respaldo... Los libros tapizaban las paredes, los manuscritos se apilaban aparte, en archivadores especiales. Mi amigo y yo estábamos sentados junto a la mesa, ante el misterioso volumen. El delgado perfil de mi amigo proyectaba una sombra inquieta en la pared, y su semblante de cera adoptaba, a la luz mortecina una apariencia furtiva. En el ambiente flotaba como el presagio de una portentosa revelación. Yo sentía la presencia de unos secretos que acaso no tardarían en revelarse. Mi compañero era sensible también a esta atmósfera expectante. Los largos años de soledad habían agudizado su intuición hasta un extremo inconcebible. No era el frío lo que le hacía temblar en su butaca, ni era la fiebre la que hacía llamear sus ojos con un fulgor de piedras preciosas. Aun antes de abrir aquel libro maldito, sabía que encerraba una maldición. El olor a moho que desprendían sus páginas antiguas traía consigo un vaho que parecía brotar de la tumba. Sus hojas descoloridas estaban carcomidas por los bordes. Su encuadernación de cuero estaba roída por las ratas, acaso por unas ratas cuyo alimento habitual fuera singularmnente horrible.

Aquella noche había contado a mi amigo la historia del libro, y lo había desempaquetado en su presencia. Al principio parecía deseoso, ansioso diría yo, por empezar enseguida su traducción. Ahora, en cambio, vacilaba. Insistía en que no era prudente leerlo. Era un libro de ciencia maligna. ¿Quién sabe qué conocimientos demoníacos se ocultaban en sus páginas, o qué males podían sobrevenir al intruso que se atreviese a profanar sus secretos? No era conveniente saber demasiado. Muchos hombres habían muerto por practicar la ciencia corrompida que contenían esas páginas. Me rogó que abandonara mi investigación, ahora que no lo había leído aún, y que tratara de inspirarme en fuentes más saludables. Fui un necio. Rechacé precipitadamente sus objeciones con palabras vanas y sin sentido. Yo no tenía miedo. Podríamos echar al menos una mirada al contenido de nuestro tesoro. Comencé a pasar hojas. El resultado fue decepcionante. Su aspecto era el de un libro antiguo y corriente de hojas amarillentas y medio deshechas, impreso en gruesos caracteres latinos... y nada más, ninguna ilustración, ningún grabado alarmante. Mi amigo no puedo resistir la tentación de saborear semejante rareza bibliográfica. Al cabo de un momento, se levantó para echar una ojeada al texto por encima de mi hombro; luego, con creciente interés, enpezó a leer en voz baja algunas frases en latín. Por último, vencido ya por el entusiasmo, me arrebató el precioso volumen, se sentó junto a la ventana y se puso a leer pasajes al azar. De cuando en cuando, los traducía al inglés.

Sus ojos relampagueaban con un brillo salvaje. Su perfil cadavérico expresaba una concentración total en los viejos caracteres que cubrían las páginas del libro. Cuando traducía en voz alta, las frases retumbaban como una letanía del diablo; luego, su voz se debilitaba hasta convertirse en un siseo de víbora. Yo tan sólo comprendía algunas frases sueltas porque, en su ensimismamiento, parecía haberse olvidado de mí. Estaba leyendo algo referente a hechizos y encantamientos. Recuerdo que el texto aludía a ciertos dioses de la adivinación, tales como el Padre Yig, Han el Oscuro y Byatis, cuya barba estaba formada de serpientes. Yo temblaba, ya conocía esos nombres terribles. Pero más habría temblado, si hubiera llegado a saber lo que estaba a punto de ocurrir. Y no tardó en suceder. De repente, mi amigo se volvió hacia mí, preso de una gran agitación. Con voz chillona y exitada me preguntó si recordaba las leyendas sobre las hechicerías de Prinn, y los relatos sobre servidores invisibles que había hecho venir desde las estrellas. Dije que sí, pero sin comprender la causa de su repentino frenesí. Entonces me explicó el motivo de su agitación. En el libro, en un capítulo que trataba de los demonios familiares, había encontrado una especie de plegaria o conjuro que tal vez fuera el que Prinn había empleado para traer a sus invisibles servidores desde los espacios ultraterrestres. Ahora iba a escuchar, él me lo leería.

Yo permanecí sentado como un tonto, ignorante de lo que iba a pasar. ¿Por qué no gritaría entonces, por qué no trataría de escapar o de arrancarle de las manos aquel códice monstruoso? Pero yo no sabía nada, y me quedé sentado adonde estaba, mientras mi amigo, con voz quebrada por la violenta excitación, leía una larga y sonora invocación: "Tibi, Magnum Innominandum, signa stellarum nigrarum et bufaniformis Sadoquae sigillum"...

El ritual siguió adelante; las palabras se alzaron como aves nocturnas de terror y muerte; temblaron como llamas en el aire tenebroso y contagiaron su fuego letal a mi cerebro. Los acentos atronadores de mi amigo producían un eco infinito, más allá de las estrellas más remotas. Era como si su voz, a través de enormes puertas primordiales, alcanzara regiones exteriores a toda dimensión en busca de su oyente, y lo llamara a la tierra. ¿Era todo una ilusión? No me paré a reflexionar. Y aquella llamada, proferida de manera casual, obtuvo respuesta. Apenas se había apagado la voz de mi amigo en nuestra habitación, cuando sobrevino el terror. El cuarto se tornó frío. Por la ventana entró aullando un viento repentino que no era de este mundo. En él cabalgaba como un plañido, como una nota perversa y lejana; al oírla, el semblante de mi amigo se convirtió en una pálida máscara de terror. Luego, las paredes crujieron y las hojas de la ventana se combaron ante mis ojos atónitos. Desde la nada que se abría más allá de la ventana, llegó un súbito estallido de lúbrica brisa, unas carcajadas histéricas, que parecían producto de la más completa locura. Aquellas carcajadas que no profería boca alguna alcanzaron la última quintaescencia del horror. Lo demás ocurrió a una velocidad pasmosa. Mi amigo se lanzó hacia la ventana y comenzó a gritar, manoteando como si quisiera zafarse del vacío. A la luz de la lámpara vi sus rasgos contraídos en una mueca de loca agonía. Un momento después, su cuerpo se levantó del suelo y comenzó a doblarse hacia atrás, en el aire, hasta un grado imposible. Inmediatamente, sus huesos se rompieron con un chasquido horrible y su figura quedó colgando en el vacío. Tenía los ojos vidriosos, y sus manos se crispaban compulsivamente como si quisiera agarrar algo que yo no veía. Una vez más, se oyó aquella risa vesánica, ¡pero ahora provenía de dentro de la habitación!

Las estrellas oscilaban en roja angustia, el viento frío silbaba estridente en mis oídos. Me encogí en mi silla, con los ojos clavados en aquella escena aterradora que se desarrollaba ante mí. Mi amigo empezó a gritar. Sus alaridos se mezclaban con aquella risa perversa que surgía del aire. Su cuerpo combado, suspendido en el espacio, se dobló nuevamente hacia atrás, mientras la sangre brotaba de su cuello desgarrado como agua roja de un surtidor. Aquella sangre no llegó a tocar el suelo. Se detuvo en el aire, y cesó la risa, que se convirtió en un gorgoteo nauseabundo. Dominado por en vértigo del horror, lo comprendí todo. ¡La sangre estaba alimentando a un ser invisible del más allá! ¿Qué entidad del espacio había sido invocada tan repentina e inconscientemente? ¿Qué era aquél monstruoso vampiro que yo no podía ver? Después,aun tuvo lugar una espantosa metamorfosis. El cuerpo de mi compañero se encogió, marchito ya y sin vida. Por último, cayó en el suelo y quedó horriblemente inmóvil. Pero en el aire de la estancia sucedió algo pavoroso. Junto a la ventana, en el rincón, se hizo visible un resplandor rojizo.... sangriento. Muy despacio, pero en forma contigua, la silueta de la Presencia fue perfilándose cada vez más, a medida que la sangre iba llenando la trama de la invisible entidad de las estrellas. Era una inmensidad de gelatina palpitante, húmeda y roja, una burbuja escarlata con miles de apéndices, unas bocas que se abrían y cerraban con horrible codicia... Era una cosa hinchada y obscena, un bulto sin cabeza, sin rostro, sin ojos, una especie de buche ávido, dotado de garras, que había brotado del cielo estelar. La sangre humana con la que se había nutrido revelaba ahora los contornos del comensal. No era espectáculo para presenciarlo un humano.

Afortunadamente para mi equilibrio mental, aquella criatura no se demoró ante mis ojos. Con un desprecio total por el cadáver fláccido que yacía en el suelo, asió el espantoso libro con un tentáculo viscoso y retorcido, y se dirigió a la ventana con rapidez. Allí, comprimió su tembloroso cuerpo de gelatina a través de la abertura. Desapareció, y oí su risa burlesca y lejana, arrastrada por las ráfagas del viento, mientras regresaba a los abismos de donde había venido. Eso fue todo. Me quedé solo en la habitación, ante el cuerpo roto y sin vida de mi amigo. El libro había desaparecido. En la pared había huellas de sangre y abundantes salpicaduras en el suelo. El rostro de mi amigo era una calavera ensagrentada vuelta hacia las estrellas. Permanecí largo rato sentado en silencio, antes de prenderle fuego a la habitación. Después, me marché. Me reí, porque sabía que las llamas destruirían toda huella de lo ocurrido. Yo había llegado aquella misma tarde. Nadie me conocía ni me había visto llegar. Tampoco me vio nadie partir, ya que huí antes de que las llamas empezaran a propagarse. Anduve horas y horas, sin rumbo, por las torcillas calles, sacudido por una risa idiota, cada vez que divisaba las estrellas inflamadas, cruelmente jubilosas, que me miraban furtivamente a través de los desgarrones de la niebla fantasmal.

Al cabo de varias horas, me sentí lo bastante calmado para tomar el tren. Durante el largo viaje de regreso, estuve tranquilo, y lo he estado igualmente ahora, mientras escribía esta relación de los hechos. Tampoco me alteré cuando leí en la prensa la noticia de que mi amigo había fallecido en un incendio que destruyó su vivienda. Solamente a veces, por la noche, cuando brillan las estrellas, los sueños vuelven a conducirme hacia un gigantesco laberinto de horror y locura. Entonces tomo drogas, en un vano intento por disipar los recuerdos que me asaltan mientras duermo. Pero esto tampoco me preocupa demasiado, porque sé que no permaneceré mucho tiempo aquí. Tengo la certeza de que veré, una vez más, aquella temblorosa entidad de las estrellas. Estoy convencido de que pronto volverá para llevarme a esa negrura que es hoy morada de mi amigo. A veces deseo vivamente que llegue ese día, porque entonces aprenderé yo también, de una vez para siempre, los Misterios del Gusano.

Robert Bloch (1917-1994)

Cuaderno hallado en una casa deshabitada

Notebook found in a deserted house, Robert Bloch (1917-1994)

Ante todo, quiero afirmar que yo no he hecho nunca nada malo. A nadie. No tienen ningún derecho a encerrarme aquí, sean quienes fueren. Y no tienen ningún motivo para hacer lo que presiento que van a hacer. Creo que no tardarán en entrar, porque hace ya mucho tiempo que se han marchado. Supongo que estarán excavando en el pozo viejo. He oído que buscan una entrada. No una entrada normal, por supuesto, sino algo distinto.

Tengo una idea concreta de lo que pretenden, y estoy asustado. Esos sueños sobre el ser negro que era como un árbol, que andaba por los bosques y echaba raíces en un determinado lugar para ponerse a rezar con todas aquellas bocas... a rezar a ese viejo dios de debajo del suelo. No sé de dónde saqué la idea de cómo rezaba: pegando sus bocas al suelo. Tal vez porque vi el limo verde. ¿O es que lo presencié en realidad? Nunca volví a aquel lugar a mirar. Tal vez no eran más que figuraciones mías, la historia de los druidas y ellos y la voz que decía «shoggoth» y todo lo demás. Pero entonces, ¿dónde estaban Primo Osborne y Tío Fred? ¿Y qué asustó al caballo para venir de esa manera y morirse al día siguiente?

Los pensamientos me seguían dando vueltas y más vueltas en la cabeza, cada uno expulsando al otro, pero todo lo que sabía era que no estaríamos aquí la noche del 31 de octubre, víspera de Todos los Santos. Porque la noche del 31 de octubre caía en jueves, y Cap Pritchett vendría y podríamos irnos al pueblo con él. La noche antes hice que Tía Lucy recogiera unas cuantas cosas y lo dejamos todo preparado, y entonces me eché a dormir. No hubo ruidos, y por primera vez me sentí un poco mejor. Sólo que volvieron los sueños. Soñé que un puñado de hombres venían en la noche y entraban por la ventana de la habitación donde dormía Tía Lucy y la cogían. La ataban y se la llevaban en silencio, a oscuras, porque tenían ojos de gato y no necesitaban luz para ver. El sueño me asustó tanto que me desperté cuando ya despuntaba el día. Bajé corriendo a buscar a Tía Lucy.

Había desaparecido. La ventana estaba abierta de par en par, como en mi sueño, y había algunas mantas desgarradas. El suelo estaba duro, fuera de la ventana, y no vi huellas de pies ni nada. Pero había desaparecido. Creo que grité entonces. Es difícil recordar lo que hice a continuación. No quise desayunar. Salí gritando «Tía Lucy» sin esperar ninguna respuesta. Fui al granero y encontré la puerta abierta, y que las vacas habían desaparecido. Vi una huella o dos que se dirigían al camino, pero no me pareció prudente seguirlas.

Poco después fui al pozo y entonces grité otra vez, porque el agua estaba verdosa de limo en el nuevo, igual que el agua del viejo. Cuando vi aquello supe que estaba en lo cierto. Debieron de venir ellos por la noche y ya no trataron de ocultar sus fechorías. Porque estaban seguros de las cosas. Esta era la noche del 31 de octubre, víspera de Todos los Santos. Tenía que marcharme de aquí. Si ellos vigilaban y esperaban, y no podía confiar en que Cap Pritchett apareciese esta tarde. Tenía que intentar bajar al camino, así que era mejor que me fuera ahora, por la mañana, mientras había luz para llegar al pueblo. Con que me puse a revolver y encontré un poco de dinero en el cajón de la mesa de Tío Fred y la carta de Primo Osborne, con el remite de Kingsport, desde donde escribió. Ahí es adonde yo habría ido después de contar a la gente lo sucedido. Debo tener familia allí. Me preguntaba si me creerían en el pueblo cuando les contara la forma en que Tío Fred había desaparecido, y Tía Lucy, y el robo del ganado para un sacrificio y lo del limo verde en el pozo donde algún animal se había parado a beber. Me preguntaba si se enterarían de los tambores, y las fogatas que habría en los montes esta noche y si formarían una partida y vendrían esta noche para tratar de cogerlos a todos ellos y a lo que se proponían hacer salir de la tierra. Me preguntaba si sabrían qué era un «shoggoth».

Bueno, tanto si iban a venir como si no, yo no iba a quedarme a averiguarlo Así que hice mi pequeña maleta y me dispuse a marcharme. Debía ser alrededor de mediodía y todo estaba tranquilo. Fui a la puerta y salí sin molestarme en cerrarla con llave después. ¿Para qué, si no había nadie en muchos kilómetros a la redonda? Entonces oí el ruido abajo en el camino. Era ruido de pasos. Alguien benía por el camino, exactamente por la curva. Me quedé quieto un minuto, esperando a ber, esperando para echar a correr. Entonces apareció.

Era alto y delgado, y se parecía un poco a Tío Fred, sólo que mucho más joven y sin barba, y vestía una especie de traje elegante como de ciudad y un sombrero de copa. Sonrió al verme y vino hacia mí como si me conociera.

-Hola, Willie -dijo.
Yo no dije nada, estaba muy confundido.
-¿No me conoces ? -dijo-. Soy Primo Osborne. Tu primo Frank -me tendió la mano para estrecharme-. Pero supongo que no te acuerdas de mí, ¿verdad? La última vez que te vi eras sólo un bebé.
-Pero yo creía que tenías que venir la semana pasada -dije-. Te esperábamos el 25.
-¿No recibisteis mi telegrama? -preguntó-. Tuve que hacer.
Negué con la cabeza.
-Nosotros no recibimos nada, aparte del correo que nos traen los jueves. A lo mejor está en la estación.
Primo Osborne hizo una mueca.
-Estáis bastante lejos del bullicio, desde luego. Este mediodía no había nadie en la estación. He esperado a Fred para que me recogiera en su calesa, así no me habría dado la caminata, pero no he tenido suerte.
-¿Has venido a pie todo el trayecto? -pregunté.
-Desde luego.
-¿Y has venido en tren?
Primo Osborne asintió.
-Entonces, ¿dónde está tu maleta?
-La he dejado en el apeadero -me dijo-. Está demasiado lejos para traerla en la mano. Pensé que Fred me puede llevar en su calesa para recogerla -notó mi equipaje por primera vez-. Pero, un momento, ¿adónde vas con esa maletita, hijo?

Bueno, no me quedaba otro remedio que contarle todo lo que había sucedido. Así que le dije que fuéramos a la casa a sentarnos, y se lo explicaría. Volvimos y él preparó un poco de café y yo hice un par de bocadillos y comimos, y entonces le conté que Tío Fred había ido al apeadero y no había vuelto, y lo del caballo, y lo que le ocurrió luego a Tía Lucy. Me callé lo que me pasó a mí en el bosque, naturalmente, y ni siquiera le insinué lo de ellos. Pero le dije que estaba asustado y que me disponía a irme hoy mismo antes de que oscureciese. Primo Osborne me escuchaba, asentía y no decía nada ni me interrumpía.

-Así que por eso, tenemos que irnos de aquí.
Primo Osborne se levantó.
-Puede que tengas razón, Willie -dijo-. Pero no dejes correr demasiado la imaginación, hijo. Trata de separar los hechos de las fantasías. Tus tíos han desaparecido. Eso es un hecho. Pero esa otra tontería sobre unos seres de los bosques que vienen por ti... eso es fantasía. Me recuerda todas aquellas estupideces que contaban en casa, en Arkham. Y por alguna razón, me lo recuerdan más en este tiempo, ya que es 31 de octubre. Porque, cuando me marché...
-Perdona, Primo Osborne -dije-. Pero ¿no vives en Kingsport?
-Pues claro -me contestó-. Pero antes vivía en Arkham, y conozco a la gente de por aquí. No me extraña que te asusten los bosques y que imagines cosas. De hecho, admiro tu valentía. Para tus doce años, te has portado con mucha sensatez.
-Entonces pongámonos en camino -dije-. Son casi las dos, y lo más prudente es que nos vayamos si queremos llegar al pueblo antes de la puesta del sol.
-Aún no, hijo -dijo Primo Osborne-. No me iré tranquilo sin echar antes una ojeada y ver qué podemos averiguar sobre este misterio. Al fin y al cabo, debes comprender que no podemos marcharnos al pueblo y contarle al sheriff cualquier disparate sobre extrañas criaturas de los bosques que vinieron y se llevaron a tus tíos. La gente sensata no cree en esas cosas. Podrían pensar que estoy mintiendo y se reirían de mí. Podrían creer que has tenido algo que ver con... bueno, con la desaparición de tus tíos.
-Por favor -dije-. Vámonos ahora mismo.

Negó con la cabeza. No dije nada más. Podía haberle dicho un montón de cosas, lo que había soñado y oído y visto y lo que sabía... pero pensé que no serviría de nada. Además, había cosas que yo no quería decirle ahora que había hablado con él. Me sentía asustado otra vez. Primero dijo que era de Arkham y luego, cuando le pregunté me dijo que era de Kingsport pero a mí me sonaba a mentira. Luego dijo algo sobre que yo tenía miedo en los bosques, pero ¿cómo podía saber eso él? Yo no le había contado ese detalle. Si queréis saber qué es lo que yo pensaba de verdad, pensaba que tal bez no era Primo Osborne. Y si no era él, entonces ¿quién era?

Me puse de pie y me dirigí al vestíbulo.
-¿Adónde vas, hijo ? -preguntó.
-Afuera.
-Iré contigo.

Con toda seguridad, me vigilaba. No iba a perderme de vista. Vino a mí y me cogió del brazo amistosamente... pero yo no podía soltarme. No, se pegó a mi lado. Sabía que yo me proponía echar a correr. ¿Qué podía hacer? Estaba a solas en la casa del bosque con este hombre, y de cara a la noche, víspera de Todos los Santos, y ellos aguardando fuera. Salimos, y noté que ya empezaba a oscurecer, aun en plena tarde. Las nubes habían ocultado el sol, y el viento agitaba los árboles de forma que alargaban las ramas como si trataran de retenerme. Hacían un ruido susurrante, como si cuchichearan cosas sobre mí, y él levantó la vista como para mirarlos y escucharlos. A lo mejor comprendía lo que decían. A lo mejor le estaban dando órdenes. Luego casi me eché a reír, porque se puso a escuchar algo, y yo lo oí también. Era un golpear en el camino.

-Cap Pritchett -dije-. Es el cartero. Ahora podremos irnos al pueblo en su calesa.
-Deja que hable con él -dijo-. Y sobre tus tíos, no hay por qué alarmarle y no vamos a armar escándalo, ¿no te parece? Corre adentro.
-Pero, Primo Osborne -dije-. Tenemos que decir la verdad.
-Pues claro que sí, hijo. Pero eso es cosa de mayores. Ahora corre. Ya te llamaré.

Hablaba con mucha amabilidad y hasta sonrió, pero de todos modos me llevó a la fuerza hasta el porche y me metió en la casa y cerró con un portazo. Me quedé en el vestíbulo a oscuras y pude oír a Cap Pritchett y llamarle, y que él subía a la calesa y hablaba, y luego oí un murmullo muy bajo. Miré por una raja de la puerta y los vi. Cap Pritchett le hablaba amistosamente, con humor, y no pasaba nada. Después, al cabo de un minuto o dos, Cap Pritchett hizo un gesto de despedida y cogió las riendas, ¡y la calesa se puso en marcha otra vez! Entonces me di cuenta de lo que tenía que hacer, pasara lo que pasase. Abrí la puerta y eché a correr, con la maletita y todo, sendero abajo, y luego por el camino, detrás de la calesa. Primo Osborne trató de cogerme cuando pasé por su lado, pero lo esquivé y grité:

-¡Espéreme, Cap, quiero irme, lléveme al pueblo!
Cap se detuvo y miró hacia atrás, realmente desconcertado.
-¡Willie! -dijo-. Creía que te habías ido. El me ha dicho que te habías marchado con Fred y con Lucy.
-No le haga caso -dije-. No quería que me fuera. Lléveme al pueblo. Tengo que contarle lo que ha pasado. Por favor, Cap, tiene que llevarme.
-Claro que sí, Willie. Sube.
Salté arriba. Primo Osborne vino en seguida a la calesa.
-Baja ahora mismo -dijo con astucia-. No puedes marcharte así como así. Te lo prohibo. Estás bajo mi custodia.
-No le escuche -supliqué-. Lléveme, Cap. ¡Por favor!
-Muy bien -dijo Primo Osborne-. Si insistes en no ser razonable, iremos todos. No puedo consentir que te vayas solo.
Sonrió a Cap.
-Como ve, el chico está trastornado -dijo-. Espero que no le molesten sus desvaríos. El vivir aquí como él... bueno, usted me comprende, no es el mismo. Se lo explicaré todo camino del pueblo.

Se encogió de hombros e hizo un gesto como de golpearse la cabeza con los dedos. Luego sonrió otra vez, y se dispuso a subir y tomar asiento junto a nosotros. Pero Cap no le correspondió.

-No, usted, no -dijo-. Este chico, Willie, es un buen chico. Yo lo conozco. A usted no le conozco. Parece que ya me ha explicado bastante, señor, al decirme que Willie se había ido.
-Pero sólo quería evitar que hablase; escuche, me han llamado como médico para que atienda al muchacho... está mentalmente desequilibrado.
-¡Maldita sea! -Cap disparó un escupitajo de jugo de tabaco a los pies de Primo Osborne-. Nos vamos.
Primo Osborne dejó de sonreír.
-Entonces insisto en que me lleve con usted -dijo y trató de subir a la calesa.
Cap se metió la mano en la chaqueta y cuando la sacó otra vez, tenía una enorme pistola en ella.
-¡Baje! -gritó-. Señor, está hablando con el Correo de los Estados Unidos, y usted no manda en el Gobierno, ¿entiende? Ahora baje, si no quiere que le esparza los sesos en el camino.
Primo Osborne arrugó el ceño, pero se apartó en seguida de la calesa. Me miró a mí y encogió los hombros.
-Cometes una gran equivocación, Willie -dijo.

Yo no le miré siquiera. Cap dijo: «Vamos», y salimos al camino. Las ruedas de la calesa rodaron más y más de prisa, y no tardamos en perder de vista la casa y Cap se guardó la pistola y me palmeó en el hombro.

-Deja de temblar, Willie -dijo-. Ahora estás a salvo. Nadie te molestará. Dentro de una hora o así estaremos en el pueblo. Ahora sosiégate y cuéntale al viejo Cap todo lo que ha pasado.

Se lo conté. Tardé mucho tiempo. Corríamos a través de los bosques, y antes de que me diera cuenta, casi había oscurecido. El sol se deslizó furtivamente detrás de los montes. La oscuridad empezaba a invadir los bosques a ambos lados del camino, y los árboles empezaban a susurrar, diciéndoles a las sombras que nos siguiesen. El caballo corría y brincaba y muy pronto oímos otros ruidos a lo lejos. Podían ser truenos o podían ser otra cosa. Pero lo que era seguro es que se avecinaba la noche y que era víspera de Todos los Santos. La carretera cruzaba entre los montes ahora, y no beías adónde te iba a llevar la siguiente curva. Además, oscurecía muy de prisa.

-Sospecho que nos va a caer un chaparrón -dijo Cap, mirando hacia el cielo-. Eso son truenos, creo.
-Tambores -dije yo.
-¿Tambores?
-Por la noche pueden oírse en los montes -dije-. Los he oído todo este mes. Son ellos, se están preparando para el sabbath.
-¿El sabbath? -Cap me miró-. ¿Dónde has oído hablar del sabbath?

Entonces le conté algo más sobre lo que había ocurrido. Le conté todo lo demás. No dijo nada, y al poco tiempo no pudo haber contestado tampoco porque los truenos sonaban alrededor nuestro, y la lluvia azotaba la calesa, la carretera, todo. Ahora había oscurecido completamente, y sólo podíamos ver cuando surgía algún relámpago. Tenía que gritar para hacerme oír, contarle a voces los seres que se habían apoderado de Tío Fred y habían venido por Tía Lucy, los que se habían llevado nuestro ganado y luego enviaron a Primo Osborne por mí. Le conté a gritos también lo que había oído en el bosque. A la luz de los relámpagos pude ber la cara de Cap. Sonreía o arrugaba el ceño... parecía que me creía. Y noté que había sacado otra vez la pistola y que sostenía las riendas con una mano a pesar de que corríamos muy de prisa. El caballo estaba tan asustado que no necesitaba que lo fustigaran para mantenerse al galope. La vieja calesa saltaba y daba bandazos y la lluvia silbaba en el viento y era todo como un sueño espantoso, pero real. Era real cuando le conté a gritos a Cap Pritchett lo que oí aquella vez en el bosque.

-Shoggoth -grité-. ¿Qué es un shoggoth?

Cap me cogió el brazo, y luego surgió un relámpago y pude ver su cara con la boca abierta. Pero no me miraba a mí. Miraba el camino y lo que teníamos delante. Los árboles se habían como juntado cubriendo la siguiente curva, y en la oscuridad parecía como si estuviesen vivos... se movían y se inclinaban y se retorcían para cerrarnos el paso. Surgió un relámpago y pude verlos con claridad, y también algo más. Era algo negro que estaba en el camino, algo que no era árbol. Algo negro y enorme, agachado, esperando con unos brazos como cuerdas extendiéndose y contorsionándose.

-¡Shoggoth! -gritó Cap. Pero yo apenas le oí porque los truenos retumbaban ahora y el caballo soltó un relincho y sentí un tirón de la calesa hacia un lado y el caballo se encabritó y casi caímos sobre aquello negro. Pude notar un olor espantoso, y Cap apuntó con la pistola y soltó un disparo casi tan fuerte como el trueno y casi tan ruidoso como el estampido que se produjo cuando herimos a aquella negra monstruosidad.

Entonces sucedió todo en un momento. El trueno, la caída del caballo, el tiro, y nuestro choque al pasar la calesa por encima. Cap debía llevar las riendas atadas alrededor de su brazo, porque cuando cayó el caballo y se volcó la calesa salió de cabeza por encima del guardafango y fue a parar sobre la agitada confusión que era el caballo... y la monstruosidad negra que lo había atrapado. Yo sentía que salía despedido hacia la oscuridad, y luego que aterrizaba en el barro y la grava del camino. Hubo truenos y gritos y otro ruido que yo había oído antes una vez, en los bosques... un zumbido como de una voz. Por eso no miré hacia atrás. Por eso ni se me ocurrió pensar en el daño que me había hecho al caer... me puse de pie y eché a correr por la carretera lo más de prisa que podía, en medio de la tormenta y la oscuridad, mientras los árboles se contorsionaban y retorcían y agitaban sus cabezas y me apuntaban con sus ramas y se reían. Por encima de los truenos oí el relincho del caballo y oí el alarido de Cap, también, pero no me volví a mirar. Los relámpagos se sucedían a intervalos, y yo corría entre los árboles ahora porque el camino no era más que un cenagal que me sujetaba y me sorbía las piernas. Al cabo de un rato comencé a gritar yo también, pero no podía ni oírme yo mismo debido a los truenos. Y más que truenos. Oía tambores.

De repente, salí del bosque y llegué a los montes. Corrí hacia arriba y el rumor de los tambores se hizo más fuerte, y no tardé en ver un poco medianamente, aunque no ya por los relámpagos. Porque había fogatas encendidas en el monte; y el percutir de los tambores venía de allí. Me extravié en el ruido; el viento gemía y los árboles se reían y los tambores palpitaban. Pero me detuve a tiempo. Me detuve cuando vi con claridad las fogatas; eran unos fuegos rojos y verdes que ardían aun con toda la lluvia. Vi una gran piedra blanca en el centro de un claro que había en lo alto de una colina. Había fuegos rojos y verdes detrás y a su alrededor, de modo que todo se recortaba contra las llamas. Había hombres junto al altar, hombres de largas barbas grises y rostros arrugados, hombres que echaban al fuego unos polvos que olían espantosamente mal y hacían las llamas rojas y verdes. Y tenían cuchillos en las manos, y podía oírles aullar por encima de la tormenta. De espaldas, acuclillados en el suelo, había más hombres que hacían sonar los tambores. Poco después llegó algo más a la loma: dos hombres conduciendo ganado. Podría asegurar que eran nuestras vacas lo que conducían y las llevaron derecho al altar y luego los hombres de los cuchillos las degollaron como sacrificio.

Todo esto lo pude ver por los relámpagos y las llamas de las hogueras, y yo me agazapé en el suelo de modo que no me pudieran descubrir. Pero en seguida dejé de ver bien, debido a la forma de echar polvos en el fuego. Se levantó un humo muy espeso. Cuando este humo se lebantó los hombres empezaron a cantar y a rezar más alto. Yo no podía oír las palabras, pero sonaba como lo que escuché en los bosques la otra vez. No podía ver muy bien, pero sabía lo que iba a pasar. Dos hombres que habían conducido el ganado bajaron por el otro lado de la loma y cuando volvieron a subir traían nuevas víctimas para el sacrificio. El humo no me dejaba ver bien, pero las víctimas tenían dos piernas, no cuatro patas. Tal vez hubiera podido ver mejor en ese momento, pero me tapé la cara cuando las arrastraron ante el altar blanco y lebantaron los cuchillos y el fuego y el humo se avivaron de pronto y los tambores resonaron y cantaron todos y llamaron en voz muy alta a alguien que aguardaba en el otro lado de la loma. El suelo empezó a estremecerse. Creció la tormenta y redoblaron los relámpagos y los truenos y el fuego y el humo y los cánticos y yo estaba medio muerto de miedo, pero una cosa podría jurar: que el suelo empezó a estremecerse. Se sacudió y tembló, y ellos llamaron a alguien y ese alguien acudió como al cabo de un minuto.

Acudió arrastrándose cuesta arriba hasta el altar y el sacrificio, y era negro como aquella monstruosidad de mis sueños, como aquella cosa negra con cuerdas y en forma de árbol y con una gelatina verdosa de los bosques. Y subió con sus pezuñas y bocas y brazos serpeantes. Y los hombres se inclinaron y retrocedieron y entonces aquello se acercó al altar donde había algo que se retorcía encima, que se retorcía y chillaba. La monstruosidad negra se inclinó sobre el altar y entonces oí un zumbido por encima de los gritos al agacharse. Sólo miré un minuto, pero en este tiempo la negra monstruosidad empezó a inflarse y a crecer. Eso pudo conmigo. Perdí todo sentido de la prudencia. Tenía que correr. Me lebanté y corrí y corrí y corrí, gritando a voz en cuello sin importarme que me oyeran.

Seguí corriendo y gritando en medio de los bosques y la tormenta y huyendo de aquella loma y aquel altar y entonces de repente supe dónde estaba y que había vuelto aquí a la casa de mis tíos. Sí, eso es lo que había hecho: correr en círculo y regresar. Pero ya no podía continuar, no podía seguir soportando la noche y la tormenta. Así que corrí adentro. Al principio, después de cerrar la puerta me dejé caer en el suelo, cansado de tanto correr y gritar. Pero al cabo de un rato me levanté y busqué clavos y un martillo y unas tablas de Tío Fred que no estuvieran hechas astillas. Primero clavé la puerta y luego todas las ventanas. Hasta la última. Creo que estuve trabajando varias horas. Al terminar, la tormenta se había disipado y todo quedó tranquilo. Lo bastante tranquilo como para poderme echar en la cama y quedarme dormido. Me he despertado hace un par de horas. Era de día. He podido ver la luz a través de las rajas. Por la forma de entrar el sol, he comprendido que ya es por la tarde. He dormido toda la mañana y no ha venido nadie.

Calculaba que tal vez podía abrir y marcharme a pie al pueblo como había planeado ayer. Pero calculaba mal. Antes de ponerme a quitar los clavos, le he oído. Era Primo Osborne, naturalmente. El hombre que dijo que era Primo Osborne quiero decir. Ha entrado en el cercado gritando. «¡Willie!» Pero yo no he contestado. Luego ha intentado abrir la puerta y después las ventanas. Le he oído golpear y maldecir. Eso ha estado mal. Pero entonces se ha puesto a murmurar, y eso ha sido peor. Porque significaba que no estaba solo. He echado una ojeada por una raja, pero se habían ido a la parte de atrás de la casa, así que no he visto quiénes estaban con él. Creo que da lo mismo, porque si estoy en lo cierto, es mejor no berlos.

Ya es bastante desagradable oírlos. Oír ese ronco croar, y luego oírle a él hablar y después croar otra vez. El olor es un olor espantoso, como el limo verde de los bosques y del pozo. El pozo... han ido al pozo de atrás. Y he oído a Primo Osborne decir algo así como: «Esperad hasta que oscurezca. Podemos utilizar el pozo si encontráis la entrada. Buscad la entrada.»

Ahora ya sé lo que significa. El pozo debe de ser una especie de entrada al lugar que tienen bajo tierra, que es donde esos druidas viven. Y esa monstruosidad negra. He estado escribiendo de un tirón y ya la tarde se va yendo. Miro por las rajas y veo que está oscureciendo otra vez. Ahora es cuando vendrán por mí; cuando oscurezca.

Romperán la puertas y las ventanas y entrarán y me cogerán. Me bajarán al pozo, me llevarán a los negros lugares donde están los shoggoths. Debe de haber todo un mundo debajo de los montes, un mundo donde se ocultan y esperan para salir por más víctimas, por más sacrificios. No quieren que haya seres humanos por aquí, salvo los que necesitan para los sacrificios.

Yo vi lo que esa monstruosidad negra hizo en el altar. Sé lo que me va a pasar. Tal vez echen de menos a Primo Osborne en su casa y envíen a alguien a averiguar qué le ha pasado. Puede que las gentes del pueblo echen de menos a Cap Pritchett y vengan a buscarle. Puede que vengan y me encuentren. Pero si no vienen pronto, será demasiado tarde.

Por eso he escrito esto. Es verdad lo que digo, con la mano sobre el corazón, cada palabra. Y si alguien encuentra este cuaderno donde yo lo escondo, que vaya y se asome al pozo. Al pozo viejo, que está detrás. Que recuerde lo que he dicho de ellos. Que ciegue el pozo y seque las charcas. No tiene sentido que me busquen... si no estoy aquí. Quisiera no estar tan asustado. No lo estoy tanto por mí como por otras gentes; los que pueden venir a vivir por aquí, y les pase lo mismo... o peor. Tenéis que creerme. Id a los bosques, si no. Id a la loma. A la loma donde ellos hicieron los sacrificios. Puede que ya no estén las manchas y la lluvia haya borrado las huellas. Puede que no encontréis ningún rastro de fuego. Pero la piedra del altar tiene que estar allí. Y si está, sabréis la verdad. Debe haber unas manchas redondas y grandes en esa piedra. Manchas de medio metro de anchas.

No he hablado de ellas. Al final, miré hacia atrás. Vi a la monstruosidad negra aquella que era un shoggoth. La vi cómo se hinchaba y crecía. Creo que he dicho ya que podía cambiar de forma, y que se hacía enorme. Pero no podéis ni imaginar el tamaño ni la forma y yo no lo quiero decir. Lo único que digo es que miréis. Que miréis y veréis lo que se esconde debajo de la tierra en estos montes, esperando salir para celebrar su festín y matar a alguien más. Esperad. Ya vienen. Se está haciendo de noche y puedo oír sus pasos. Y otros ruidos. Voces. Y otros ruidos. Están aporreando la puerta. Y estoy seguro de que deben tener un tronco o tablón para derribarla. Toda la casa se estremece. Oigo hablar a voces a Primo Osborne, y también ese zumbido. El olor es espantoso. Me estoy poniendo enfermo, y dentro de un minuto...

Mirad el altar. Luego comprenderéis qué estoy tratando de decir. Mirad las grandes manchas redondas, de medio metro de anchas, a cada lado. Es donde la enorme monstruosidad negra se agarró. Mirad las marcas, y sabréis lo que vi, lo que me da miedo, lo que espera para atraparos, a menos que lo sepultéis para siempre bajo tierra. Marcas negras de medio metro de anchas. Pero no son manchas. En realidad, son ¡huellas de dedos!

Han derribado la puerta d...

Robert Bloch (1917-1994)